¿Sabemos cuándo hay que usar la razón y cuándo la fe?

Publicado: 1 febrero, 2013 en Pensamiento

La verdad no es aquello que queremos oir, tampoco es aquel pensamiento que se construye para adecuarlo a una creencia. Quien aplica la fe sobre cuestiones filosóficas y científicas sin un ajustado examen reflexivo, más que un crítico y riguroso buscador de la verdad es un archidogmático constructor de ideología. El creacionismo es el ejemplo más evidente, pero no es necesario acudir a este extremo. Lamento decirlo, pero cuántos cristianos hacemos un flaco favor a nuestra religión. Cuántos artículos de antropología, de ciencia o bien de moral, que pretenden ser académicos, introducen a Dios a la ligera, sin saber por qué razón y sin justificarlo. En este sentido, la ciencia no ofrece una explicación última de la realidad y del hombre, pero tampoco la Sagrada Escritura y la verdad revelada pueden emplearse, cual francotirador, como el único conocimiento para introducir o justificar las cuestiones sobre el mundo y el ser humano.

Decimos que hemos encontrado una verdad cuando hemos hallado un cierto pensamiento que satisface una necisidad intelectual previamente sentida por nosotros” (Ortega y Gasset, “Unas lecciones de metafísica”). Este encuentro, siempre, exige el mayor rigor y, sobre todo, una auténtica honestidad con uno mismo y para con los demás. Nada más pernicioso que divulgar un no-conocimiento y cuántos son los profetas que nos presentan, bajo la apariencia de verdades científicas, éticas, metafísicas…, embelecos de su dogmatizado prejuicio que imputan, lamentablemente, a la ciencia, a la filosofía o a la teología. En cuanto a los cristianos, qué razón la de Hans Küng cuando afirma, en “¿Existe Dios?”, que hay quienes alardean del nombre de Dios y hablan de Él como si lo tuvieran en sus manos. Está muy bien sentir la plenitud con Dios y ser un hombre o una mujer de fe, pero, por favor, no la usemos a la ligera para que hable de cuestiones donde su hermana la razón, otra facultad cognoscitiva, es más adecuada. Y esto, por la sencilla razón de que una académica antropología y una rigurosa ciencia, por ejemplo, pueden suscitar, ante la reflexión de las cuestiones últimas, un mayor acercamiento a Dios que la explicación del hombre y el mundo mediante citas bíblicas o mediante ese misericordioso amor del Todopoderoso que experimentamos. Dejemos esto último para el testimonio personal en la praxis de cada uno.

Es practicamente indudable que por los límites de nuestra inteligencia, que sin embargo se abre irreestricta a la realidad, son muchas las veces y bastantes las cuestiones, sobre todo las más radicales y trascendentes, ante las que nos vemos más forzados a volcar opiones que a mostrar certezas. Es en este momento, no antes, cuando la razón, siguiendo la maestría de Pascal (“Pensées”), debe someterse, sopena de mantenerse perdida en la duda metódica. Y digo ‘no antes’, porque lo que se puede conocer de forma inequívoca requiere de una determinada facultad cognoscitiva, la razón, y no de otra, la fe. Cómo es el mundo y cómo es el hombre es una patente realidad evidenciada por nuestra inteligencia. Esteril y errónea es la pretensión, bondadosa, de insertar la fe al respecto cuando basta apoyarse en la razón. Quien confunde cuándo hay que emplear una u otra facultad cognoscitiva es muy probable que se encuentre en la ignorancia y empuje a otros a ella por su error.

La verdad es la adecuación entre el entenidimiento y la realidad y no la adecuación forzosa de ésta a la creencia que uno pueda atesorar. Esto último es el error que comete el fundamentista de la religión, de la ciencia… el verdadero creyente se adapta a la realidad, la conoce y la reconoce mediante su razón y, tal vez, mediante ello, halle argumentos para sustentar su fe; nunca al revés, si no queremos abrir las puertas al subjetivismo, que no busca la verdad de las cuestiones que se plantean a la razón, sino que pretende que la verdad se ajuste a sus pensamientos establecidos mediante el prejuicio. Y no hay nada más triste que vivir en una realidad inventada por uno mismo, pues entramos en el terreno escabroso de los ‘ismos’: “un mal amor me hizo ver recto el camino torcido” (Dante Alighieri, “La divina comedia”).

El creyente, que busca salir de la duda y del escepticismo, puede caer y cae presa de este último cuando no se abre a la verdad, sino que adecua una verdad inventada a su pensamiento. Además, cae, por su subjetivismo, en el dogmatismo que no quiere ver las cosas como son, sino cómo quiere que sean. Si nuestro conocimiento no agota la realidad, imaginaos qué nefastas consecuencias puede acarrear el no-conocimiento: evidentemente, crea un dios a la medida de la voluntad humana. ¿Por qué ocurre esto? La respuesta es sencilla: el hombre, siempre, se encuentra ante una decisión (Martin Heidegger, “Ser y tiempo”); su existencia depende de modo radical de la respuesta que dé, pero su elección, y aquí radica el por qué del fundamentalismo – sea el que sea – no se ve materializada de una vez y para siempre, sino que a lo largo de su vida está requerido a elegir y a conducirla – la vida – acorde a tales elecciones; de aquí que la existencia humana, si realmente y con rigor pretende buscar una respuesta a las cuestiones que le son planteadas a su razón, es un auténtico drama porque se encuentra abocado a elegir continuamente, en la mayor de las veces en el océano de la incerteza y la indecisión, en la permanente lucha y tensión en la que toman partida la inteligencia y la voluntad (F. Dostoievski, “Los hermanos Karamazov”). Y sí, es más sencillo, aunque estúpido, vivir a partir de una realidad recreada por uno mismo.

La verdad es objeto del entendimiento. En cierto sentido, la mente es fundamento de la verdad porque sin ella la verdad no se da ni, consecuentemente, se puede conocer. De este modo, la verdad es lo que de lo real conoce la razón al confrontar con lo real lo abstraido por ella. De este modo, si Dios existe, podemos considerar que Él está al principio de toda reflexión y al final de toda investigacion; es decir, si Dios existe, el hombre, por la razón, puede conocer la verdad de las realidades físicas y ontológicas creadas por Dios y, consecuentemente, sobre el cómo del mundo y del hombre basta la razón sin necesidad de añadir o argumentar a través de la Escritura o de la revelación. En cambio, “la fe sólo se requiere, en sentido estricto, para conocer, para dar por ciertas algunas verdades reveladas más elevadas” (Hans Küng, “¿Existe Dios?”), y no sólo cuestiones de orden teológico como el misterio de la Trinidad o la muerte y resurrección de Cristo, sino sobre cuestiones tales como el por qué del mundo y del hombre; verdades que superan la razón humana y que sólo son cognoscibles, definitivamente, por revelación – de manera análoga a la revelación que el científico o el filósofo hacen, de verdades naturales, al ignorante como yo – (Ludwig Wittgenstein, “Tractatus Logico-Philosophicus” y “Notebooks”).

Es importante, no obstante, entender que la verdad no siempre es explícita; es decir, no siempre la conocemos como verdad sino como verosimilitud. Esto se debe a que los actos de la razón son jerárquicos, de aquí que hablemos de verdades naturales y verdades sobrenaturales. No obstante, la verdad siempre está presente en el acto de pensarla, porque el hombre puede buscarla y, tal vez, conocerla. Vivir en la verdad es una exigencia del ser humano si realmente quiere hacer practicable su existencia, de aquí que el Estagirita nos diga en su “Metafísica” que “todos los hombres desean por naturaleza saber”; para no vivir en la mentira ni en la ideología, que es una gran mentira convertida en patrón de vida. Es, por tanto, de capital importancia, comprender cuándo opera una u otra facultad cognoscitiva – la fe o la razón –: “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, Pensées, 268). Entendiendo que “in interiore homine habitat veritas” – en el interior del hombre habita la verdad – (San Agustín, “De la verdadera religión”) y que no hay que encerrarla en el prejuicio, sino abrirse a ella con honestidad y rigurosidad, sabiendo cuándo hay que usar la razón y cuándo la fe, así nuestra inteligencia obtendrá su pleno desarrollo insertando y ordenando la realidad del mundo y de él mismo en un todo universal necesario para alcanzar sentido y plenitud existencial.

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comentarios
  1. wil sanz dice:

    debemos reconocer que el mundo actual esta lleno de frasesitas conmovedoras…que llegan siempre en un momento de necesidad….pero lastimosamente nosotros lo cristianos nunca le ponemos atencion a la frase y solo nos dejamos llevar por el momento y el sentimiento……pero ya es hora que despertemos y demos frases alentadoras y llenas de verdad y para esto es necesario leer mucho y hacer uso de nuestro intelecto….y habilidad de entendimiento……seamos nosotros tambien portadores de frases que contengan verdad de vida…..

  2. Saludos Wil, muchas gracias por su comentario, para reflexionar. Gracias.

  3. […] ¿Sabemos cuándo hay que usar la razón y cuándo la fe? […]

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