¿Es la nuestra una sociedad que apesta?

Publicado: 31 enero, 2013 en Ética y Moral, Derechos humanos, Pobreza

pobresEn Francia tres millones de niños viven por debajo del umbral de la pobreza. Uno de ellos, de 12 años de edad, visitaba el pasado sábado el Museo de orsay (París) junto a su familia y un voluntario de ‘ATD-Quart Monde’, un movimiento internacional cuya finalidad es garantizar los derechos de las personas más vulnerables y abanzar hacia la erradicación de la pobreza, hasta que fueron expulsados por miembros del museo tras las quejas de los visitantes por su olor desagradable. Más allá de si es un simple “accidente desafortunado” y del echo empírico de que una persona mal aseada puede desprender un olor corporal que hace molesta su presencia al lado de otras, merece analizarse el hecho de que nos causa más desagrado la suciedad de una persona que la miseria en la que se halla.

Que se expulse a un niño de 12 años de un museo por oler mal no habla nada bien de nuestra sociedad. Quizá alguien diga que no debe brindarse mayor trascendencia a lo que considera un hecho aislado. Sin embargo, si bien puede ser un suceso insólito su causa no lo es. La famosa Declaración de los Derechos Humanos corre el serio riesgo de convertirse en una simple serie de supuestos derechos carentes de fundamento y contenido cuando las éticas imperantes en la cultura contemporánea son el utilitarismo y el mero voluntarismo, que lejos están de asentarse en lo que se supone que es el antes lógico y ontológico para la existencia y especificación de todos los derechos, la incondicional dignidad de la persona humana.

De qué sirven los derechos humanos si no se reconoce el primado del hombre. ¿Quién es para mí la persona del prójimo cuando me molesta más el olor que desprende que la indigencia en la que habita? Ciertamente, la falta de higiene puede ser una ostensible falta de respeto hacia los demás, pero alcanza un mayor grado de inhumanidad el consentimiento de la pobreza que afecta a la persona del otro. Insisto, quién es para mí la persona del prójimo cuando falto a la caridad, que es la virtud por la cual uno ama a los demás como a sí mismo. ¿Hay un límite en el amor al otro?, ¿la Declaración de los derechos humanos debe contemplarse siempre salvo que alguien desprenda un olor desagradable? No basta esa concepción ética cuyo postulado es el manido “vive y deja vivir”, sino que es necesario ir más allá e interrogarse si uno ama verdaderamente, sin excepciones, comprendiendo que la persona del otro, siempre, es un fin en sí misma y no un instrumento o un objeto de mi voluntad o de mis intereses particulares.

Qué caridad – o qué solidaridad, como se la llama hoy – existe o puede existir si no amo realmente a los otros hombres como a mí mismo o como la razón más alta de la sociedad, que alcanza su mayor plenitud en el reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona. El amor verdadero por el otro mueve a la misericordia cuando su persona se ve afectada por una desgracia como puede ser la pobreza y no al destierro del espacio público porque su falta de aseo me resulta ofensiva. No puede existir verdadera solidaridad ni reconocimiento absoluto de todos los derechos humanos si no me hago prójimo, si no entiendo que tú y yo somos una verdadera dignidad y la finalidad de todas las acciones. Qué socidad construimos, en definitiva, sino se fundamenta en el primado del hombre, si no se entiende que la persona del otro, incluso al margen de las injurias que pueda volcar sobre mí, demanda siempre una respuesta de amor por el simple hecho de ser persona, de poseer un carácter absoluto, de ser un fin en sí misma y el fundamento de toda sociedad que se precie de ser humana.

Resultaré pesado, pero si la caridad no se asienta en el reconocimiento de la incondicional dignidad del hombre y no se traduce en una perenne respuesta de amor hacia la persona del otro, entendida siempre como lo que es, un fin en sí misma, mi caridad no es más que el apoyo de un bárbaro que se mueve por interés, ya sea por el sentimientalismo que despierta en mí una determinada situación o porque con ello obtengo un beneficio. Además, ninguna sociedad puede ser virtuosa ni humana sin la presencia real de la caridad como fundamento de las relaciones interpersonales y balanza de la vida moral de sus miembros, cuya acción, siempre, debe estar medida por la intención de procurar el bien común, que es el bien mayor del hombre, y que se hace efectiva mediante el amor. Así, la diferencia entre una sociedad humanizada y una mera colectividad de hombres radica en la presencia real de la virtud de la caridad, que es la donación y recepción del bien mediante el amor, que es el modo auténtico en que los hombres, y no las bestias, se relacionan entre sí.

La caridad no es hacer el bien en ámbitos concretos y en determinados momentos puntuales, esto sería mero voluntarismo o simple limosnear. La caridad, además de todo lo dicho, es el centro de la vida moral de la persona e impulsa al hombre para que obre con perfección realizando todas las acciones en vistas al bien común, siempre y en todo lugar. Lo dicho anteriormente, por ejemplo el dar limosna, no es caridad propiamente, sino un signo de ella. La caridad exige siempre la realización del bien, que siempre es común, mediante eñ ejercicio del amor, que insisto, es el modo en que se relacionan las personas virtuosas que entiende que el otro es un fin en sí mima, es decir, la medida de todas las realidades existentes: el hombre debe ser reconocido como medida de todas las cosas que existen y restar al margen de toda relación medio-fin, puesto que es el único fin en sí mismo que puede emplear todas las realidades como medio para la consecución de su plenitud en la realización de su proyecto personal.

Por tanto, si la dignidad del hombre es el fundamento de todos los derechos, la caridad es la regla de la vida moral de la persona. Así, la caridad no es un atributo del hombre virtuoso, sino que es la dimensión ética que hace virtuosa a la persona. Por tanto, no hay hombre humanizado ni sociedad humana si el motor de sus acciones no es la caridad que se realiza con el amor que se brinda a los demás al ser una dignidad absoluta que debe tratarse como lo que es, una finalidad: “nada es don sino por razón del amor; en todo don lo primero que se da es el amor” (Alejandro de Hales, “Summa Theologica”).

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El amor exige la afirmación de la persona en sí misma.

El hombre, medida de todas las realidades existentes.

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Cada día estoy más asustada de la sociedad en la que vivo. ¿Cómo se puede vivir sin respetar a la persona del otro tratándola de manera tan humillante? Qué asco, perdona Joan por la palabrita, me ha dado al leer esta noticia.

  2. Natalia dice:

    Una noticia patética. Al margen de la inmoralidad, es preocupante que la cultura se convierta en un coto privado para gente bienestante. Muchas señoras pudientes deberían ser expulsadas por exhibir sus perfumes, eso sí molesta y no que un niño asista a un museo.

  3. Nito dice:

    Pues no estoy de acuerdo con lo que dices, pienso sinceramente que la pobreza no excluye la limpieza. No hay que ser rico para ir limpio.

  4. Saludos Cristina, no te preocupes, la verdad es que resulta indignante. Gracias por comentar.

  5. Saludos Natalia y Nito, muchas gracias por vuestros comentarios. Cierto Nito, pero eso no implica tratar a la persona de modo denigrante, insisto en lo dicho.

  6. Pau dice:

    Buena entrada. Lo que causa hedor es el comentario de Nito. No todo el mundo, por desgracia y por culpa de algunos a los que ahora estamos rescatando con nuestro dinero, tiene para una simple ducha… es más, muchos no tienen ni un hogar donde protegerse de la lluvia.

  7. Jorge dice:

    El problema en general de la sociedad es que nuestro interés personal y el bien de todos sólo coincide en nuestra vida ética cuando nos interesa.

  8. Saludos Pau y Jorge, muchas gracias por sus comentarios. Un saludo.

  9. Sigfrid dice:

    La sociedad está perdiendo el norte. Tienes razón cuando la persona no es centro de las acciones morales cabe cualquier cosa. Hoy me quejo porque hueles mal, mañana porque el tamaño de tu nariz no me deja ver… ¡Locos!

  10. Nito dice:

    Pau, me mantengo en lo que he dicho. Además, es necesario recordar que no les han hecho abandonar el museo por ser pobres sino por oler mal, que es otra cosa bien distinta.

  11. Saludos Sigfrid, muchas gracias por comentar. Es necesario que reflexionemos acerca de la moral respecto al bien común y el interés particular.

  12. wil sanz dice:

    si bien es cierto hoy en dia no existe la caridad…..la mayoria de las personas andan buscando siempre un premio a su supuesta caridad……y si bien es dicho ni los mismos politicos a quienes nosotros el pueblo les pagamos por administrar hacen bien las cosas…..creo que tampoco cualquier otra persona…pues en definitiva detras de una caridad se estara buscando el protagonismo ante los medios……luchemos por ser mas humanos sensibles..

  13. Saludos Wil, muchas gracias por su comentario y aportación al tema. Un saludo.

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