Filosofía para el bien común

Publicado: 29 enero, 2013 en Ética y Moral, Filosofía

filósofoLa filosofía es la reflexión sobre aquellas cuestiones que en la vida diaria permanecen enmudecidas o a las que no se presta demasiada atención, pero que tienen una fuerte repercusión en el devenir de la sociedad. Me refiero a las cuestiones últimas, aquello que de permanente hay en la realidad y en el ser del hombre con el fin de que la existencia humana goce de un sentido en su realización. La filosofía busca la verdad, si bien ninguna teoría filosófica la posee, y su trascendencia radica en que habla sin límites y argumenta en defensa o en contra de cualquier principio ético con el objeto de descubrir errores y certezas. La filosofía no tiene ninguna utilidad, pero “la verdad no tiene sustituto útil” tampoco (Leonardo Polo, “Sobre la existencia cristiana”). Así, si el hombre estima la realidad de su ser por mera coherencia no esquivará nunca aquellos temas más comprometedores cuya resolución le permiten alcanzar una comprensión general de su ser y dotar de sentido pleno a su vida, de lo contrario se convierta en un sujeto con el intelecto y la voluntad alienadas por múltiples y variadas coyunturas.

¿Por qué hay que ser filósofo? Porque la felicidad, que no es algo que escoge el hombre, si no una realidad intrínseca de su estatuto ontológico, no puede darse sin cierto conocimiento de la propia verdad personal, que se traduce en la praxis mediante un determinado comportamiento moral que permite alcanzar la plenitud en el ejercicio del proyecto o vocación de cada uno. De lo contrario, la persona tiene todos los números para convertirse en el ‘muerto viviente’ que opera según la voluntad de unas tendencias que no alcanza a controlar, sino que le gobiernan a él – y por tendencia entiendo tanto el instinto como la ideología –. Pero si hay que buscar la verdad es porque hay ser, “el milagro de todos los milagros” (Martin Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”), y éste exige el coraje y el esfuerzo de buscar respuestas sobre su presencia en una realidad que está lejos de ser ficticia.

¿Cómo ser filósofo? La búsqueda de la verdad no puede permanecer en la simple disertación teórica, sino que en la búsqueda de la verdad – si bien nunca se posee, aunque se intuye en el momento en el que hay un consentimiento de la razón, es decir, consideramos que hemos encontrado una verdad cuando se produce una satisfacción de nuestro intelecto – uno debe apostar decididamente para aplicar su filosofía mediante un comportamiento ético que le compromete en la configuración de su vida y, al mismo tiempo, le encauza para continuar en la perenne búsqueda de la verdad, en la que va adherida la intrínseca necesidad del sentido. Porque hay en absoluto un ente y no más bien nada (Martin Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”) y porque el ente es un acontecimiento real y no ficticio, habrá un sentido que es necesario descubrir y que, muy probablemente, será el camino hacia la verdad última.

La filosofía es necesaria en cuanto que reflexiona sobre esas cuestiones últimas cuyo resultado son piedras que aparecen a cada paso que damos configurándose un camino en medio del océano de lo incomprensible y sobre el cual podemos asentar con firmeza el devenir existencial siempre y cuando esas piedras sean pilares fundamentados en principios absolutos y no en realidades coyunturales y subjetivas. Si estamos próximos a la verdad o más bien al error es una problemática que sólo puede descubrir uno mismo si vislumbra que su vida cotidiana supone un vivir conforme a la verdad y el bien, que es lo conveniente en cuanto que le perfeccionan. No obstante, como la naturaleza humana es común a todos los individuos de la especie humana y como lo propio del hombre es vivir en compañía de sus semejantes, el bien del hombre, muy probablemente, será el bien de la humanidad.

En consecuencia, ser filósofo ya no es sólo una cuestión de beneficio personal, sino de interés general. Hay que buscar la verdad y el bien que perfeccionan a la entera humanidad mediante un determinado comportamiento ético que suponga el primado del hombre en el reconocimiento de su dignidad incondicional y que, consecuentemente, evite toda instrumentalización del ser humano, que es lo que acontece en el seno del relativismo cuando toda concepción moral se funda en la subjetividad – éticas del sentimiento – o en el beneficio propio – ética utilutarista –. Si los hombres somos capaces de ponernos de acuerdo y de comprender que hay una jerarquía de derechos, como ocurre, por ejemplo, en la prohibición del consumo del tabaco en espacios públicos, donde el derecho de los no fumadores a la salud se entiende que prevalece sobre el derecho de los fumadores a su placer, ¿no existirá un valor moral objetivo y universal que suponga la afirmación de la persona en sí misma y por el cual la entera humanidad se ordene a él para alcanzar el bien común, que es el bien mayor del hombre?

La declaración universal de los derechos humanos es una evidencia de la búsqueda de una ética universal. Sin embargo, para que estos gocen de fundamentación y no queden vacíos de contenido es necesario afirmar que la vida de la persona es el antes lógico y ontológico para su existencia y especificación. Así, si entendemos que la pesona humana es el fundamento del derecho y que, en consecuencia, la razón más alta de la sociedad es el reconocimiento de la incondicional dignidad del ser humano, la concepción moral universal debe tener este principio como fin. Sin embargo, aunque son muchos quienes reconocen esta radical realidad, no es menos cierto que predomina un determinado legalismo utilitarista al servicio del interés particular, en especial de los más poderosos, y no del bien común. Esto se visulumbra en aquella sociedad en la que los políticos y los intelectuales reclaman la presencia de valores universales. Pero estos valores universales no nacen cual fruto de un determinado árbol ni emanan de una fuente de agua, tampoco de la voluntad y del consenso, sino que proceden, precisamente, del reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona humana y de la consecuente necesidad del bien común en el que se plasma dicha dignidad.

Es necesario que todos seamos filósofos, que reflexionemos sobre lo que es auténticamente humano, sobre aquello que permite que cada hombre alcance su perfección mediante su proyecto personal y que deriva de la dignidad de la persona humana para terminar, teniendo esto como criterio, con ese positivismo jurídico que convierte toda legislación en derecho al servicio de intereses privados que se oponen drásticamente al interés común. Así, en la búsqueda del bien moral, el hombre debe descubrir – conocer – aquello que él mismo es, adquiriendo conciencia de las inclinaciones fundamentales de su naturaleza ontológica y no de las tendencias del deseo, reparando que el bien hacia el que tiende por su estatuto ontológico es necesario para su realización como persona moral y libre.

El auéntico progreso será aquel que revitalice los valores humanos que emanan de la incondicional dignidad de la persona y que con una consecuente ética objetiva y universal procure el bien común. La misión del filósofo es poner al descubierto esta realidad, la verdad del hombre para alcanzar el verdadero bien que es común a la humanidad.

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comentarios
  1. Pablo F. dice:

    Muy buena entrada Joan. Todo el mundo tiene preguntas filosóficas que hacerse. ¿Qué importante es la vida?, ¿existe Dios?, ¿tiene sentido hacer el bien?… La filosofía estimula el pensamiento y el diálogo entre las personas para mejorar la humanidad.

  2. Saludos Pablo, muchas gracias, me alegra que haya sido de interés. Un saludo.

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