Humildad

Publicado: 21 enero, 2013 en Modos de vida

El yo y el tú son el uno para el otro, a la vez, causa y efecto” (Maurice Nédoncelle, “La réciprocité des consciencies”). Si queremos que nuestro mundo sea mejor hay que apostar con decisión por el primado del hombre, pues la razón más alta de la sociedad es el reconocimiento de la incondicional dignidad del ser humano por el simple hecho de que sin él y sin la materialización de su bien mayor, que es común, no hay sociedad. De aquí que “es una obligación eterna hacia el ser humano no dejar pasar hambre a un semejante cuando se tiene la ocasión de socorrerlo” (Simone Weil, “L’Enracinement. Prélude à une déclaration des devoirs envers l’être humain”). Sin embargo, en nuestra sociedad aparecen, al menos, dos elementos que atentan contra este primado, a saber: el egocentrismo que conduce al abuso de poder y la soberbia que se traduce en el sometimiento del hombre a una ideología política, económica o religiosa.

El bien común, en democracia, para que no se convierta en simple demagogia, debe edificarse sobre la humildad que sustenta la virtud del hombre que opera con rectitud para acercarse a los bienes realmente queridos, que son siempre aquellos que elevan al ser humano a su excelencia en el reconocimiento de su dignidad incondicional (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, 2-2, q. 161, a. 5), y que son el amor por la verdad y el bien ya mencionado. En caso contrario florece la megalomanía que rompe la convivencia armoniosa entre las personas abriéndose la puerta a la injusticia social y a las desigualdades. Pero, en una sociedad que se precie de civilizada no puede construirse una vida moral buena si el valor supremo y el fin último no es, insisto, la primacia del hombre en el reconocimiento de su dignidad absoluta.

Decía, hace poco, que el amor exige la afirmación de la persona en sí misma. La virtud de la caridad es aquella por la cual amamos a los otros como a nosotros mismos; esto implica que, más allá de las cualidades que uno atesora y de la realidad de su ser que le hacen único ante los demás, la caridad, para existir, necesita de la humildad del mismo modo que el lisiado sus muletas para no caer presa de la vanidad y del orgullo que producen esa falsa alabanza cuando al compararse con los demás se obtiene una opinión elevada de uno mismo. Sin la humildad, “madre y maestra de todas las virtudes” (San Gregorio Magno, “Moralia”, 23, 23), la realización de nuestro bien mayor, el bien común, es tarea más bien imposible en la praxis, ya que no se entenderá que todos los hombres, por el mero hecho de ser personas, gozan de la misma dignidad, por la cual son y deben ser tratadas como un fin en sí mismas.

Para poder amar a los demás como a nosotros mismos y, en el caso del cristiano, por amor de Dios, es necesario salir de ese desordenado apego por uno mismo mediante la humildad por la cual la libertad del hombre ejercita una muy determinada actitud ética  entendiéndose que el fin último es la consecución del bien común en la contemplación de que ‘mi bien’ siempre es ‘tu bien’, el de la entera humanidad. “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13); es más, y en palabras de San Fransciso de Sales, “no saber mostrarse bueno con los ‘malos’ es una prueba de que no se es bueno del todo”. Es importante reconocer junto a las cualidades superlativas que uno atesora los propios defectos, que de bien seguro son igual de preeminentes o más, pues, “ni siquiera la nariz de un ídolo – de aquel que goza de cierta fama en su coyuntura – muy modesto puede mantenerse del todo indiferente al dulce olor del incienso” (Humphrey Carpenter, “J.R.R. Tolkien, una biografía”). La alabanza ajena conduce con facilidad al engrandecimiento desmesurado del ego, que sólo buscará, desde ese instante, su propia alimentación para crecer más al margen del bien del prójimo – o no tienendo ya el bien de los demás como el fin último –.

Sin embargo, y la experiencia es en ello maestra, es inevitable que el ególatra termine por ser pasto de la hoguera de su propia soberbia, que cierra al hombre las puertas de la perfección, la de su ser, a la que está llamado por su ontológica naturaleza mediante el obrar. En primer lugar, porque “el hombre no puede vivir almargen de la compañía de sus semejantes” sin perturbar su carácter personal (Hannah Arendt, “La condición humana”, p.38); en segundo lugar, porque es en este y sólo en este vivir en compañía que alcanza uno su bien mayor. En efecto, también es un bien personal, pero en la medida en que lo es para el resto de los hombres, en cuanto que es común. Así, “reconoce, pues, hombre soberbio, qué paradoja eres para ti mismo. Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil. Aprende que el hombre supera infinitamente al hombre y escucha de tu maestro tu verdadera condición, que ignoras. ¡Escucha a Dios!” (Blaise Pascal, “Pensées”). Ciertamente, intuyo, el hombre verdaderamente sabio y rico es el que entiende que su mayor bien es el ennoblecimiento mismo de la naturaleza humana, la de todos, permitiéndose, en el reconocimiento de la dignidad incondicional de la persona, la realización de los propios proyectos personales encaminados a la consecución de un bien que sólo puede ser compartido en el marco de una existencia y de un mundo que deviene al margen de la voluntad del hombre (Ludwig Wittgenstein, “Notebooks”) y cuya comprensión descansa en la apertura a una verdad, a la que buscamos con esperanza en el reconocimiento de que es el fundamento del existir y el bien de todos.

Sin duda, el enamorado de la verdad debe ser un sujeto humilde que ejercita esa recta prudencia que intuyo en aquel que afirma que “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, Pensées, 268). Sólo hay sabiduría donde hay humildad y hay humildad en el corazón de aquel que entiende que todos los hombres, sin excepción, gozan de una misma dignidad, por la cual están llamados a alcanzar su plenitud mediante el ejercicio de su vocación o proyecto personal, que es la vida propia del hombre, es decir, la búsqueda de lo bueno, que siempre es común a la entera humanidad.

En cuanto a los cristianos es necesario borrar ese deseo de sobresalir o esa actitud presuntuosa con ademán mesiánico y saber reconocer que Cristo es el modelo de cómo debe vivir un hombre: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida…” (Jn 14, 6). Sólo así, quizá, acertemos en la búsqueda de lo bueno y el juicio acerca de ello, reconociendo que la verdad no está en nosotros ni depende de nosotros – pues, cómo puedo conocer con certeza la Verdad si no me conozco ni a mi mismo con total infalibilidad – y que no puede haber un bien para mí que no suponga un bien para ti que comparta contigo.

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comentarios
  1. Amador dice:

    Buenas, muy interesante esta entrada.

  2. Saludos Amador, muchas gracias.

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