¿Quién debe renovarse la Iglesia o el creyente?

Publicado: 15 enero, 2013 en Ejemplos a seguir, Iglesia, Laicismo, Modos de vida, Religión

telegraph creu

Siempre causa asombro, al menos a este servidor, esa intención tan frecuente entre determinados católicos – y entre aquellos que la observan y juzgan desde la barrera – que suscita una – gran – renovación en la Iglesia. Pero, ¿ésta institución debe obrar dicha reforma? Si tenemos fe, afirmamos que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica, y que estos atributos, intrínsecos, no proceden de ella misma, sino de Cristo mediante el Espíritu Santo. Es cierto, y a la experiencia me remito, que en ocasiones, y no más bien pocas, la verdad, sino desconocida, resta oculta a los hombres, ya sea por un periodo de tiempo corto, largo o perpetuo. También es cierto que si la Iglesia es una, en ella vive la diversidad humana cuyos diversos modos de vida, afectados por la condición natural al pecado, pueden amenzar el don de la unidad que viene medida por el amor. Dicho esto, parece, al menos para la razón, que no es la Iglesia y, por ello, las cosas sagradas, la que debe ser cambiada por el hombre, sino que es éste quien debe dejarse renovar por el Paráclito del Señor.

La Iglesia no puede cambiar, sino que son los creyentes – también y sobre todo las personas ordenadas en el ministerio sacerdotal – que, en la medida en la que reciben el don de la fe, deben dejarse iluminar por una doctrina, simple y nada ritualista, que sostiene un fundamento estable: el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios, mediante el cual, el hombre alcanza la salvación y la plena comunión con el Absoluto. Esta y ninguna más es la unica y absoluta verdad de la Iglesia. No hay más, esto es simple y llanamente el cristianismo. Así, el hombre no puede hacer que ella vaya hacia un lado o hacia otro, sino que debe descubrir esta mencionada realidad, de lo contrario, por muy deboto que uno se considere, no logrará la afirmación de la persona en sí misma que exige el amor, cuyo modelo es la vida de Jesucristo.

Huelga decir que si el catolicismo es la historia de la salvación del hombre, el católico es hijo de su tiempo y vive el Evangelio desde esta coordenada temporal. Cierto, cada época presenta sus concretas preocupaciones y sus particulares intereses, sin embargo, hay una cuestión universal y fundamental que afecta a la naturaleza humana, el sentido y finalidad de su existencia que, mediante la fe, se descubre que va estrechamente ligada al misterio de la vida, de la muerte y resurrección de Jesucristo. Por tanto, insisto, carece de sentido que sea la Iglesia la que deba acomodarse a las preocupaciones e intereses de la sociedad contemporánea, sino que es el hombre que, por medio de la fe razonada, debe acomodar su coyuntura a la verdad que transmite la Iglesia para sacar luces nuevas que permitirán alcanzar un mayor sentido a la existencia y al ser del hombre en el mundo, pues el ser del hombre crece en la medida en la que aumentan sus relaciones personales, con sus semejantes (bien común) y, sobre todo, con Dios, con Jesucristo. “Él, el único que puede ayudar y ayuda con lo único necesario, que libera de la única enfermedad verdaderamente mortal; no espera a que alguien venga a Él, viene por su propia iniciativa, sin ser llamado, ya que es Él quien llama” (Kierkegaard, “Ejercitación del cristianismo”).

En una entrada reciente afirmé que quien ama realmente la verdad, quien busca una verdad halla un determinado pensamiento que satisface una necesidad intelectual que llena de una alegría tan profunda que no habrá frío que pueda apagarla; sentirá, al mismo tiempo, el goce por transmitirla con verdadero amor a los demás hombres. No obstante, ocurre que no toda creencia se fundamenta en la adecuación a la verdad, sino que, en muchas ocasiones, abunda la adhesión acrítica como un acto de fe a lo que dice un líder o determinada ideología. En ese instante no se ama la verdad, sino que se abraza irreflexivamente una idea que se dogmatiza; lo que es tan nocivo como la perenne duda convertida en método, pues nada repugna más el intelecto que el dogma en serie o la duda metódica. Es, pues, del fundamentalismo que el hombre debe desprenderse, pues no hay nada peor que ese pretendido evangelizador que no sabe inmiscuirse en los asuntos del hombre con un tono auténticamente católico, sino, que encerrado en su ceguera, en su incapacidad por iluminar su existencia con el modelo de Cristo, lo dogmatiza todo – convirtiendo la religión en ideología, en canon o regla y no en la religación de amor entre Dios y el hombre – y, con una actitud de misantropía y un deseo enfermizo bajo la apariencia de santidad, pretende descubrir y juzgar en los otros supuestas vilezas que en él procura que resten ocultas hipócritamente.

En la hermenéutica de Schleiermacher leemos que lo clásico es aquello que no pasa, sino que determinada las producciones siguientes. Con la verdad ocurre lo mismo, pero en un grado mayor y más radical, pues ella ilumina el sentido y la finalidad de la existencia humana. Si no es el creyente que ilumina su existencia con Cristo, sino que, pensándose que se está en comunión con Él, se pretende transformar la socidad con una idea errónea de lo que supuestamente Dios puede querer ocurre que ese supuesto cristianismo se convierte en una simple actividad humana carente de trascendencia y de verdad última. Es en ese momento en el que podemos hablar de un cristianismo temporal, anticuado, arrinconado, con razón, por la sociedad – y a la experiencia me remito otra vez – porque no transmite ninguna respuesta para las cuestiones fundamentales del hombre, sino que ofrece, además, el desolador panorama de una hueste de fundamentalistas prestos a reinstaurar una especie de Santo Oficio.

La Iglesia no ha de cambiar, somos nosotros, quienes la habitamos, quienes nos hemos de dejar iluminar por ella. Si es así, el mensaje de Cristo recobrará en el corazón de los hombres todo su vigor y esplendor permanente e inmutable y las cosas humanas recibirán, alzado el velo que no nos dejaba percibir la verdad, la influencia salvadora de Cristo. Sólo así – aunque siempre hay el fundamentalista que cual virus anida en cualquier cuerpo, ya sea el cristianismo, el ateísmo… infectándolo –, sólo por el testimonio, sin pretender inculcar nada, el cristianismo llegará de nuevo, con mayor fuerza, a cada cultura contemporánea. ¿Por qué ocurre que el cristianismo, salvo excepciones, goza de escaso recibimiento en la sociedad?, ¿por qué está mal visto ser cristiano? Porque los fundamentalistas hacen más ruido; porque no se evangeliza mediante el diálogo, sino a través de la imposición y del juicio y la condena hacia los modos de vida ajenos. A esto, siempre es bueno recordar esas palabras de Pablo VI: “hace falta hasta cierto punto hacerse una misma cosa con las formas de vida de aquellos a quienes se quiere llevar el mensaje de Cristo; hace falta compartir —sin que medie distancia de privilegios o diafragma de lenguaje incomprensible— las costumbres comunes, con tal que sean humanas y honestas. Hace falta, aun antes de hablar, escuchar la voz, más aún, el corazón del hombre, comprenderlo y respetarlo en la medida de lo posible y, donde lo merezca, secundarlo. Hace falta hacerse hermanos de los hombres en el mismo hecho con el que queremos ser sus pastores, padres y maestros. El clima del diálogo es la amistad. Más todavía, el servicio. Hemos de recordar todo esto y esforzarnos por practicarlo según el ejemplo y el precepto que Cristo nos dejó” (Carta encíclica “Ecclesiam suam”). Ciertamente, no puede darse verdadera evangelización y, consecuentemente, una iluminación del mensaje salvador en la sociedad si no se produce antes una escucha de la cultura actual por parte del creyente.

Así, al margen del otro fundamentalista – el que persigue al cristianismo –, los cristianos no sólo no seremos mal vistos, sino que seremos buscados e imitados.

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comentarios
  1. Sigfrid dice:

    Me preocupa la creciente intolerancia o el encrudecimiento de los “cristianos” que ya lo erán. Hay un”fiel” que da miedo y no me extraña, a veces, que la gente esté harta de aquellos que sólo hacen que juzgar a los demás diciendo haz esto, esto no… Creo que si de verdad se quieren hacer bien las cosas hay que entender a la otra persona siempre, lo mismo que ocurre ahora con las uniones homosexuales, se puede defender una postura, pero no caer en la fobia.

    Me ha gustado lo que dices de los fundamentalistas, propiamente sólo son eso aunque utilicen para realizarse una religión, una filosofía o una ideología.

  2. Saludos Sigfrid, muchas gracias por comentar.

    Una persona de mi FB tiene una entrada titulada “Católicos y política”. En este artículo, ya de primeras leo: “la irracionalidad total del mundo apóstata”. En este punto, me he detenido. Sin saber qué seguirá diciendo su autor, concretamente un sacerdote, me sorprende semejante aseveración. He pretendido seguir para averiguar si argumentaba tal juicio. Así, añade: “los paganos tienen mucha más verdad que los cristianos apóstatas” porque “habiendo sido llamado a vivir según la razón, ha renunciado a ésta, y ahora no le funciona ni la razón, ni el instinto animal”. Desde luego no diré si tiene razón, que seguramente la tiene, o no, pero me sorprende el lenguaje, quien “se hunde voluntariamente en la apostasía, viene a ser un hombre excepcionalmente imbécil”. Supongo que los demás son imbéciles y el no se considerá así porque cree en Dios y obra, esperemos, en consecuencia a su creencia. Pero puede que piense que los apóstatas son imbéciles simplemente porque al compararse con ellos obtiene una opinión eleveada – ególatra – de sí mismo.

    Desde luego puede que tenga razón este sacerdote, pero me pregunto si con tales palabras llega a alguien que no sea igual que él: “Los Estados modernos, antes cristianos y ahora apóstatas, han quedado idiotizados, y generan continuamente leyes gravemente injustas”. Desde luego, a partir de aquí ya no he pretendido seguir. ¿No sorprende esta actitud con la exhortada por Pablo VI? Me parece que sí.
    http://infocatolica.com/blog/reforma.php/1008060116-98-catolicos-y-politica-iv-do-2

    Creo, sinceramente que decirle al otro, al apóstata, que “viene a ser un hombre excepcionalmente imbécil” por haber dejado de creer en Dios no es evangelizar. Suena duro, pero es lo que se percibe.

  3. Cristina Bec dice:

    A veces juzgamos demasiado a los demás sin ponernos en su sitio. ¡Vaya! Las palabras de este sacerdote no sabría ponerlas en boca de Cristo.

  4. Saludos Cristina, gracias por comentar.

  5. Sergi dice:

    Amar sobre todas las cosas, esto es lo que más olvidamos.

  6. Saludos Sergi, muchas gracias.

  7. Matilde Blasco dice:

    Una entrada para reflexionar. Afortunadas las palabras sobre los fundamentalistas. Hoy leo un titular que va en este camino, “Los islamistas radicales no son verdaderos musulmanes” http://www.abc.es/internacional/20130116/abci-religiosa-somalia-201301151959.html En el cristianismo y en cualquier otra religión o ideología los radicales no son más que radicales.

  8. Saludos Matilde, muchas gracias por la aportación, muy interesante para el tema en cuestión. Un saludo.

  9. Nito dice:

    La alegría es la señal más infalible de que se está en presencia de Dios, pero algunos cristianos tienen rabia en su rostro.

  10. Celtibero dice:

    Totalmente de acuerdo con usted.
    Desgraciadamente, creo que en la actualidad muchos de los llamados católicos priman la instituxión por encima del mensaje o, si lo prefiere, la forma sobre el fondo. Buena prueba de ello son alguna de las páginas católicas de más renombre en Internet.
    Creo además que la jeraquía eclesial tanto española como vaticana tiene buena parte de responsabilidad por su actitud oscurantista, anatemizando a buena parte de los mejores teólogos y asociándose con los sectores sociales más conservadores.
    Lógicamente, esto se traduce en el rechazo que genera en las generaciones más jóvenes la Iglesia como institución.

    Le agradecería que comentase su opinión al respeco
    Saludos

  11. Saludos Nito, muchas gracias por su comentario. Reflexionaremos sobre sus palabras. Gracias de nuevo y un saludo.

  12. Saludos Celtíbero.

    En líneas generales estoy de acuerdo con el contenido de su exposición. Desde mi punto de vista y a la luz de la experiencia no es falsa esa institucionalización de la fe por encima del mensaje evangélico que es bien sencillo y concreto. Considero que prima, quizá y sin ánimo de juzgar, por adquirir una fe más bien fundamentada en el deber y en la dogmatización de todo en lugar de enfatizar la alegría y el amor que uno experimenta por llevar a cabo, en mayo o menor medida, el Evangelio, encarnado en la cotidina praxis. Ocurre, tambíén, que hemos convertido la fe en una mera estética del comportamiento, juzgando todo como “esto es cristiano, esto otro no, por tanto, sin entenderlo, ya lo juzgo y critico, y si es necesario con animosidad”. Sinceramente, aunque quizá equivocado, hay que vivir más el Evangelio, interiorizarlo y que la gente lo aprecie y, si quiere, que lo imite, en lugar de emprender cruzadas por todas partes.

    Un saludo Celtíbero, y muchas gracias por su aportación al tema.

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