Amar la vida implica amar al hombre

Publicado: 10 enero, 2013 en Pensamiento

¿Por qué no deberíamos realizar, de continuo, una alabanza de la vida misma en una época en la que andamos a la caza de metas contingentes que abandonamos en pos de otras y así sucesivamente? Del mismo modo que hay quienes cuidan su salud mediante la selección de muy determinados alimentos, es necesario que en la praxis cotidiana se exprese la grandeza del hombre, cuya finalidad, si bien misteriosa, es la magna tarea por la cual, muy presumiblemente, alcanzaremos la más perfecta plenitud.

Hay que amar la vida, aunque sea sólo por lo que posee de enigmatiga y trascendente, por “la sensación de depender de una voluntad ajena” (Wittgenstein, “Notebooks”) que empuja o exhorta hacia un destino en el que crecemos, mediante el obrar, en el orden del ser, que es muy distinto a lo que ofrece el mundo, que es en el orden del tener. ¿No es maravilloso que mientras el mundo nos agasaja con realidades con el fin de que ‘poseamos más’ y de crecer cuantitativamente respecto a los demás, la vida nos ofrece la oportunidad de escoger libremente la posibilidad de que ‘seamos más’, de crecer cualitativamente en nuestra relación con los otros y, sobre todo, con el Absoluto?

El ser del hombre crece en la medida en la que aumentan sus relaciones personales, con los hombres y, sobre todo, con Dios, con Jesucristo. “Él, el único que puede ayudar y ayuda con lo único necesario, que libera de la única enfermedad verdaderamente mortal; no espera a que alguien venga a Él, viene por su propia iniciativa, sin ser llamado, ya que es Él quien llama” (Kierkegaard, “Ejercitación del cristianismo”) insertando en el corazón y en el entendimiento del hombre esa necesidad por conocer más y amar más esa verdad que cada vez se revela más nítida en la mesura en el que se alza el velo gris de la contingencia; esa verdad que nos permite, a medida que avanza nuestra existencia, entender la vida en conjunto y percibir su coherencia interna, el de una totalidad dotada de sentido.

En el corazón del hombre se halla el deseo de conocer la verdad bien dice Juan Pablo II en “Fides et ratio”. Es innegable que el ser humano, por naturaleza, se encuentra movido por el conocimiento de sí mismo y de la realidad (Aristóteles, “Metafísica”); en definitiva, por esa verdad mayúscula que uno presiente y que al mismo tiempo nos sacude la existencia, que remite a su creador como a su fundamento necesario y explicación radical. Una verdad que no es algo sino alguien que viene al encuentro. Una verdad personal cuyo amor por ella aumenta en la medida en que la buscamos sin reservas y que sin reservas nos descubre que el amor por ella es nuestra mayor plenitud porque aunque el sufrimiento, por nuestra condición mortal, sea omnipresente, ese amor es tan puro que destruye toda nuestra vanidad y penetra en todas las hendiduras de nuestro ser elevándonos hacia un estado mayor (Wittgenstein, “Aforismos. Cultura y valor”).

No basta que el hombre crezca en lo que tiene, es necesario que crezca en lo que es” afirma, no sin razón, Pablo VI en su audiencia del 7 de enero de 1965. Crecer en el ser es abrirse al amor de la verdad que ilumina nuestro ser. En consecuencia, supone obrar del mismo modo que Aquel que testimonia en su vida el modelo de hombre para el hombre. En cambio, quien no crece en el amor decrece como persona en el odio que nace de desligarse de los demás y de vivir en esa soledad que lleva el ocultar el propio mundo interior a los otros. Quien odia mantiene una actitud de misantropía e intenta, con un deseo enfermizo, el mal o descubrir en los otros las vilezas que en él procura que resten ocultas. Sin embargo, el verdadero modelo de hombre nos muestra que lo propio del ser humano es la vocación al amor, la capacidad de poseerse y de darse a los demás y a Dios (la verdad, lo absoluto).

Amar la vida implica amarse y amar a los demás aunque en este mundo afectado por la avaricia y el deseo se enturvie esta relación con respecto a los semejantes. Pero el hombre es un zoon politikon, su bien es un bien común y su vivir bien es un vivir bien en comunión con los demás del mismo modo que la esencia de lo divino se halla y vive en la sociedad de las tres Personas, la Trinidad. Amar la vida es amar la humanidad, situar al principio y fin de todo el primado de la persona humana (Emmanuel Mounier, “Manifiesto al servicio del personalismo”), pues así lo demanda Aquel que es nuestro modelo: “os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado así os améis también vosotros los unos a los otros” (Jn 13, 34). Así, todo lo que no sea amar a los demás es una tergiversación del cristianismo. Así, para vivir y amar al pobre y necesitado, ¿no se tendrá “que vivir del mismo modo que ellos, pobre como los muy pobres, considerado insignificante como el más humilde del pueblo” (Kierkegaard, “Ejercitación del cristianismo”)? Evidentemente, si se quiere amar al otro realmente es posible que sólo pueda lograrse de una muy determinada manera: cambiando la propia situación para compartir la suya o cambiar las circunstancias del otro, que sufre y necesita, para igualarlas a las propias, siempre en vistas al bien común, a la mejora mutua.

Desde luego para amar hay que darse inevitablemente y, al mismo tiempo, eliminar el propio egoismo tan interiorizado en nuestro corazón – al menos en quien escribe estas palabras –. Y amar a los demás no sólo implica amar a las personas que nosotros consideramos merecedoras de nuestro amor, sino al mayor número posible de hombres y mujeres, pues Dios ama a todos y a cada uno de nosotros como si fuesemos el único ser de la faz de la tierra. Aunque esta parece una empresa difícil quien logra llevarla a su plenitud se convierte, intuyo, en la persona más rica y no en la posesión del tener, sino en la posesión del ser, que se da al vivir en comunión con el Absoluto: “el yo y el tú son el uno para el otro, a la vez, causa y efecto” (Maurice Nédoncelle, “La réciprocité des consciencies”). Es decir, el yo, mi yo, ¿no se ampliará cualitativamente alcanzando su plenitud en la comunión con el yo del otro? ¿No será, por tanto, la amistad con los otros la verdadera exaltación de la vida y, además, un reflejo de la comunión a la que estamos llamados todos los hombres con Dios en el cielo?

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comentarios
  1. Amar a los hombres con todas sus virtudes y con todos sus defectos, por más malos y asquerosos que nos parezcan.

  2. Saludos Malourdese, debe ser así porque esa impresión, la de que nos parezcan, en ocasiones, sólo se debe a nuestro prejuicio. Muchas gracias por su comentario.

  3. Jaume dice:

    Es muydifícil, por nuestro amor inmenso al ‘yo’ pero lo que dice Malourdese, aunque su final parezca crudo, es la única realidad posible ´para ser y para vivir humanamente, que es junto a los demás para lograr el bien social o aquello que reducimos a ‘un mundo mejor’.

  4. Saludos Jaume… cierto. Muchas gracias por comentar.

  5. Amor dice:

    Buen trabajo con este blog. Nunca lo había leído antes.

  6. Saludos Amor. Muchas gracias por comentar, espero leer más comentarios suyos. Gracias.

  7. Joaquín dice:

    Excelente entrada muy buena.

  8. Saludos Joaquín, muchas gracias por su comentario, me alegro que haya sido de su interés. Un saludo.

  9. Enrique dice:

    La medida de nuestra libertad es la medida de nuestra capacitad de dar amor.

  10. Saludos Enrique, muchas gracias por comentar. Un saludo.

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