Encuentro con el Absoluto

Publicado: 8 enero, 2013 en Pensamiento, Religión

El hombre es el ser que, abierto de modo irrestricto a la realidad, halla su mayor actividad, por su naturaleza ontológica, en la contemplación y amor por la verdad (nous), alumbrándose y configurándose, desde ella, su vida a lo largo de la existencia através del concreto proyecto personal de cada uno. Respecto a la vida, uno se enfrenta a ella con la inevitable tarea de comprenderse a sí mismo para realizarse con sentido pleno en la forzosa y constante toma de decisiones, ante el peligro de zozobra a la que conduce la vivencia de la nada del ser y por la cual se llega a pensar que la vida carece de sentido.

Nada es más esencial para el hombre que la realización de su ser en el obrar para alcanzar una vida feliz al margen de la coyuntura. De lo contrario podrá justificarse el mundo de un modo determinado por el cual la vida no merece la pena ser vivida. De modo que en lugar de entregarnos a la verdad tal vez lo haremos a su opuesto radical, el suicidio. Pero, “no es natural poner fin a tus días antes de haberte demostrado hasta dónde puedes llegar, en qué medidas puedes realizarte […] Los suicidios son horribles porque tronchan un destino en lugar de coronarlo. Un final tiene que cultivarse como si fuera un huerto” (Cioran, “El ocaso del pensamiento”). ¿La vida merece la pena ser vivida? A pesar de la coyuntura, sí debe valer la pena cuando, irrevocablemente, experimentamos hambre de absoluto.

El hambre de absoluto no es forzosamente producto de la alucinación de un místico en ayunas, sino que bien puede ser la realidad de las realidades. Es una explicación, razonable para la razón, por la cual el hombre no sólo no puede dirigir el mundo según su voluntad, sino que depende de una voluntad que tiene sus designios para él (Ludwig Wittgenstein, “Notebooks”), y “esto no es en absoluto una idea religiosa, sino algo más parecido a una hipótesis científica” (Ludwig Wittgenstein, “Aforismos. Cultura y valor”). A la luz de la experiencia para comprender la existencia parece que hay que permanecer dentro de la vida. Aunque, quizá, quién sabe, sólo cuando ésta y uno mismo se encuentren en la muerte alcancemos una comprensión de la fuente de la que emana la vida del ser.

Vallamos más allá del “Dios existe” o del “Dios no existe”. El absoluto, dotado de realismo metafísico, no se limita a la existencia, sino que es el Ser por el cual las cosas son lo que son (Tomás de Aquino, “De veritate”). Ya que no hay ninguna realidad que no sea ente y puesto que ninguna de las realidades afectadas por la contingencia es puro ser, sino modos determinados de ser – el acto de ser se da en grados de menor a mayor intensidad desde las realidades más imperfectas hasta el absoluto –, ese Absoluto por el que poseemos un hambre incondicional, será y es el ser en esencia. ¿Este absoluto tiene nombre? Muchos hombres ponen nombre a esa ‘verdad’ que regula su devenir; la fe católica le reconoce por Dios. En este último caso hay una particularidad: es el propio absoluto quien apela al mismo hombre. Ante esta circunstancia no cabe más que esa exhortación pascaliana que tanto me agrada: “ Hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario”.

No diré, y puede que esto suene sacrílego y pusilánime a algunos, que el cristianismo sea, necesaria y/o exclusivamente, el camino de encuentro con lo absoluto. No obstante, sí es, como señala Wittgenstein, una hipótesis pausible pues deja en el interior de uno la sensación intelectual de sentido de la vida; un sentido que se deja encontrar como fin último de la persona – plenitud –. El ser humano puede abrirse, por su libertad, a la realidad sin más límite que el de su propio estatuto ontológico; al mismo tiempo, ¿Quién no ha experimentado que el absoluto se abre camino en su propio espíritu? Indudablemente afirmar el absoluto trascendente que los católicos reconocemos en Aquel ser que viene a nuestro encuentro presentándose a sí mismo como  “Yo soy el que soy” (Ex 3, 14) es un ejercicio que exige mucho esfuerzo por parte de la razón para deshacerse, con cuidado, de prejuicios y supersticiones al tiempo que nos reclama trascender los límites de la lógica humana (Jacques Maritain, “Carnet des notes”), inclusive cuando se comete el error de refugiarse en la supuesta seguridad de la fe renunciando a todo esfuerzo racional por buscar la verdad. “La vocación cristiana es una vocación contemplativa y no hay contemplación sin la inteligencia” (Maritain, “La philosophie bergsonienne”). Indudablemente en este cambio en el que se trasciende la lógica humana no se pierde, sino que, al contrario, se gana (Blaise Pascal, “Pensées”) el sentido en la adhesión en el absoluto que es la Verdad que anhelamos por naturaleza.

La apertura del hombre al conocimiento de la verdad exige que la aceptación de ese absoluto como fundamento de mi existencia sea mediante un ejercicio de fe en el que opera, necesaria, la afirmación de la razón, pues ella es “la facultad de lo real por la que nuestro espíritu se adecua a lo Real” (Jacques Maritain, “Antimoderne”). Escribir real en mayúsculas es una licencia que me tomo en la clara referencia a lo absoluto. La fe es siempre y únicamente de la razón y radica en la aceptación honesta y rigurosa de la verdad que confiere a la razón una certeza superior con respecto al sentido de la vida del hombre. Desde esta perspectiva la razón vence al escepticismo y, al mismo tiempo, con ella se vence también al fideismo y puede avanzar segura y confiada en el conocimiento y en el amor a la Verdad Real que es el Ser. Sin embargo, como ya he dicho, la inteligencia humana no está exenta del error, pues la gracia no otorga al creyente el don de la infalibilidad, pero si esa virtud por la cual uno camina por el recto camino de la unión vital con el Absoluto, sobre todo gracias a la revelación, pues al ofrecer información sobre la verdad de Dios, brinda un criterio para cierta seguridad de la inteligencia, tanto para avanzar como para rectificar a lo largo de la existencia.

Esta apertura de la inteligencia a la realidad y a la unión con el absoluto o Dios no es una mera proyección o representación del pensamiento, sino una experiencia interna del ser del hombre que, al mismo tiempo, es una exigencia de la verdad de las cosas y del mismo ser humano – realismo gnoseológico –. Sólo es posible el acceso a lo absoluto – trascendente – mediante la inteligencia que funda la unidad de nuestro ser con el de este Ser extramental. En consecuencia, la fe no es aceptar o limitarse a aceptar lo que han creído quienes nos precedieron ni afirmar lo que afirmaron si no hay una experiencia real con esa verdad revelada y manifestada, que es lo radicalmente real, que llena al hombre con total plenitud.

Entradas relacionadas:

¿Cómo vivo la fe?

Ante el asombro de que hay un mundo, de que existe lo que existe, nos situamos en el umbral de lo trascendente

La presencia de Dios está inscrita en la naturaleza del hombre

¿Feliz por quién eres o por lo que tienes?

Anuncios
comentarios
  1. Pablo F. dice:

    “La fe es siempre y únicamente de la razón”. Totalmente de acuerdo, sólo el ser racional, el hombre, puede tener fe, sólo él se da cuenta de cuanto ha hecho Dios por él.

  2. Saludos Pablo, muchas gracias por comentar. Ciertas estas palabras que expone. Sólo el hombre, dotado de razón, halla en la contemplación del absoluto, de Dios, su mayor actividad. El absoluto, Dios, sólo interpela y se relaciona con el hombre, logos del Logos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s