¿Cómo aprender a vivir como debe vivir un hombre? Imitando a Jesucristo (II)

Publicado: 4 enero, 2013 en Ética y Moral

El sujeto de lo moral es siempre y solo la voluntad libre y racional. Sin embargo, la adquisición de la virtud no es tarea fácil. Así, la existencia de distintos y antagónicos modelos de vida muestra que o bien no sabemos en qué consiste ser hombre y por eso nos comportamos arbitrariamente de un modo u otro o bien sí lo sabemos, pero por falta de fuerza de voluntad hacemos lo contrario que habíamos decidido. Quien obra de este último modo termina por perder la dignidad moral convirtiéndose en un esclavo de sus inclinaciones sensibles o tendencias incapaz de discernir entre lo realmente valioso y lo que simplemente apetece.

Bien dice Aristóteles que el hombre desea ser feliz, pero no elige ser feliz, pues este no es un fin entregado al arbitrio humano, sino que es una disposición de nuestro estatuto ontológico. Si “el hombre está condenado a ser libre” dice Sartre (“El ser y la nada”), también lo está a ser feliz. Esto quiere decir, y la experiencia lo muestra, que el hecho de que seamos felices depende de que acertemos a vivir del modo que es propio al hombre, que no es otro que aquel que engrandece su dignidad y procura su plenitud mediante el desarrollo de su proyecto personal. Cierto, sin ánimo de hacerme pesado, la virtud es tarea ardua. No obstante, si por nuestro estatuto ontológico tenemos cierto conocimiento del modo de vivir moral, con Cristo tenemos la certeza de lo que debe hacer el hombre con su vida.

 Cristo es el libro de instrucciones de cómo debe vivir un hombre. Sí, quizá requiere bastante fuerza de voluntad, pero la experiencia muestra que su actitud ética ha iluminado la vida de no pocas de personas y ha otorgado al mundo numerosos hombres y mujeres de bien, anónimos la mayoría, y que consiste, simple aunque arduamente, en encarnar el Evangelio. Lo contrario, tal vez, conduce a la situación que describe Sartre en “A puerta cerrada”, donde tres hombres ejercen una “mala fe” que les lleva a enfrentarse y destruirse entre sí por la simple razón de que cada uno de ellos desea lo que no puede obtener de los otros y que se resume en la célebre quinta escena, “el infierno son los demás”, pues para la persona vanidosa, su perdición – falta de sentido – se debe a no abrirse con humildad a los demás en amor y confianza (bien común). Sin embargo, también ocurre que, del mismo modo que una persona puede encarnar el Evangelio con honestidad por motivos buenos abriéndose a los demás con amor, pueden existir personas que obren con supuesta rectitud por simple orgullo o por aparentar ser de un determinado modo ante los demás.

Aunque el hombre tiene una natural tendencia a abrirse, por su ontología, a lo ‘indecible’, sin Cristo es razonable el relativismo ético. Pienso, sin ánimo de caer en lo herético, que si la Revelación no hubiese alcanzado su plenitud con Jesucristo no habría, con claridad y evidencia, ningún criterio o principio moral, prevalente y absoluto, para encarar la existencia. Ciertamente, habría la presencia de las buenas intenciones de algunos hombres del Antiguo Testamento, así como lo que Dios ‘ordena’ moralmente, pero no tendríamos el ejercicio práctico de ese bien moral en una muy determinada ética que hay en el Hijo, sino sólo la interpretación subjetiva de cada uno de nosotros, que es lo que ya ocurre en ocasiones. Pero tenemos a Cristo y, con Él, un auténtico y perfecto manual de ética; una línea maestra que brinda al hombre la oportunidad de desarrollar su existencia sin dar palos de ciego – siempre y cuando uno no esté engañándose a sí mismo, y esto es algo que acontece – hablo de mí mismo – con bastante regularidad –, pues lo que Cristo quiere, lo que Cristo enseña, lo que Cristo testimonia, es lo bueno (Friedrich Waismann, “Ludwig Wittgenstein and the Vienna Circle”).

El hombre tiene conciencia, por su estatuto ontológico, de que goza de una libertad por la cual puede abrirse a todo lo real, con la capacidad de entender y querer, y que puede encaminar su vida hacia la propia perfección, pero no en el orden del ser – ya que el hombre no se ha dado su propia existencia –, sino en el orden del obrar a partir de su naturaleza humana ya recibida, tomando decisiones en cada momento (Viktor E. Frankl, “El hombre en busca de sentido”). Ahora, cabe preguntarse, de qué modo debe obrar el hombre para alcanzar su propia perfección. La respuesta, de nuevo, se halla en Cristo, en el Evangelio. Ya que ninguna clase de vida humana es posible sin la presencia de seres humanos (Hannah Arendt, “La condición humana”), el ser del hombre se desarrolla y consuma en las relaciones con sus semejantes y con Dios (Gabriel Marcel, “Ser y tener”) y se perfecciona en la medida en que se entrega con amor y no desde una perspectiva utilitarista en la que la persona deja de ser un fin en sí misma para convertirse en un objeto que se posee o utiliza. Entregarse con amor implica o supone ir al encuentro del otro y entrar, uno y otro, en comunión. Evidentemente, es un hecho empírico, cuanto más nos entregamos a los demás, cuanto más amamos, experimentamos una dicha que emana del fortalecimiento de nuestra personalidad, que se hace más auténtica, más fiel al modelo de hombre que es Cristo: “el modelo absolutamente supremo y trascendente de la persona y de la sociedad lo encontramos en Dios, en la sociedad de las tres Personas divinas (Jacques Maritain, “Para una filosofía de la persona humana”).

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El ser humano desde Cristo

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comentarios
  1. Pablo F. dice:

    Muy buenas las dos entradas, para reflexionar con detenimiento. La cita de Maritain es muy buena, digna de una gran obra muy recomendable.

  2. Saludos Pablo. Muchas gracias por haber leído las entradas, se agradece. Sin duda, la obra de Maritain vale mucho la pena. Un saludo.

  3. Saludos Jessica, muchas gracias por el comentario. Un saludo.

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