El fin del hombre no es navegar por la existencia, sino llegar a buen puerto

Publicado: 1 enero, 2013 en Ética y Moral

Decidir no nos hace libres, sino que decidir es una consecuencia de ser libres; del mismo modo, la moral no se limita en ser el conjunto de normas que posibilitan la convivencia en sociedad, sino que es el conocimiento que mediante la práxis nos permite vivir como es propio de un hombre. Pero, ¿cuál es la vida propia de un hombre? ¿No basta con vivir de manera espontánea cada uno de los instantes de la existencia? No. Cuando Aristóteles señala que el hombre es un zoon politikon que se abre a establecer relaciones de vínculo con los demás, no lo dice porque sí. Los animales no requieren aprender muchas cosas, menos determinado arte, sino que se sirven y se bastan con el instinto para desarrollar su existencia. El hombre, sin embargo, posee un patrimonio tendencial ridículo, por lo que necesita aprender lo propio de su naturaleza. Además, es un zoon logon por lo que precisa instruirse en el lenguaje para comunicarse (lexis) en esa segunda naturaleza (Paul Ricoeur) del hombre que es la sociedad, el único lugar donde podemos mostrar real e invariablemente quienes somos (Hannah Arendt, “La condición humana”).

 Ciertamente, el hombre es también un zoon y sus capacidades vienen proporcionadas por su naturaleza ontológica como acontece con los demás seres vivos. Sin embargo, no es sólo un animal, sino que ese animal admirable (Pico della Miradonla), es ante todo, un zoon politikon, que vive en compañía de sus sejemantes para organizarse y gobernarse en vistas a un fin último que es el bien común, y un zoon logon ekhon, un animal capaz de discurso, es decir, de alcanzar la que para Aristóteles es la mayor de las aptitudes humanas: la contemplación o apertura a la realidad. Y es que, no lo olvidemos, al ser humano no le es dada ni impuesta la forma de vida como le es dada e impuesta al universo y al resto de los seres vivos. El hombre está condenado a ser libre (Sartre, “El ser y la nada”), la existencia humana se encuentra siempre ante una decisión (Heidegger, “Ser y tiempo”): la persona tiene que elegir en todo instante la forma de su vida (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo). Esta libertad de elección radica en que el hombre se halla íntimamente requerido, por su estatuto ontológico y movido por su razón y no por el instinto, a elegir lo mejor: ser lo que debe ser. Circunstancia que no le permite dejarse llevar como puede hacer el perro o el orangután, sino que necesita aprender, sobre todo, a ejercer su libertad en vistas a su fin: alcanzar con sentido la plenitud mediante su proyecto personal.

Lo que un hombre debe hacer no es una cuestión abierta y opinable, por el simple hecho de que está en juego la propia vida. La nuestra no es una existencia que se reduce a estar en el mundo, sino que requiere, por su propio ontología, alcanzar la plenitud. Así, lo que es conveniente a la persona no descansa sobre las espaldas del libre arbitrio, sino que hay que aprender a ejercer la libertad mediante la adquisición de unos muy determinados hábitos que terminarán por fortalecerse con aquello que denominamos virtud, de modo que será justa la persona que realiza actos de justicia y despótica la que opera con violencia y opresión. Desde luego, la adquisición de la virtud no es tarea fácil – pero si necesaria para ser quienes debemos ser según una muy concreta forma de vida –, por lo que urge aquello que denominamos, vulgarmente, fuerza de voluntad. Su abundancia o su carestía es lo que diferencia al hombre libre del que es esclavo de las tendencias.

Al comienzo decía que decidir no nos hace libres, sino que lo que realmente nos hace libres es obrar como corresponde a un hombre, mediante el ejercicio de las buenas costumbres, que no son buenas porque nos apetecen, sino que nos apetecen porque son buenas, porque nos perfeccionan. Es curioso y simple que algo tan arduo como es la fuerza de voluntad y la virtud se reduzca a la costumbre, pero esto es la moral (mos-moris, costumbre): el arte de educar la libertad mediante la adquisición de buenas costumbres, que son las que nos permiten vivir del modo que le corresponde al hombre, que no es simplemente, como digo, un sujeto lanzado en el mundo, sino un alguien que necesita, por su naturaleza, alcanzar la perfección de su ser mediante el obrar, es decir, a través del proyecto personal, de esa nuestra vocación, la que sea. Así, no es buena la persona de buenas intenciones, sino de buenas costumbres. No se puede decir ni saber qué es lo bueno si antes no se practica, si no se adquiere experiencia y, sobre todo, el perfeccionamiento que nos hace cada vez mejores, no sólo para nuestra vida, sino también para la vida de los demás hombres.

Es muy importante, trascendente, la perfección de las costumbres, de lo contrario existe la posibilidad de persistir en el error, de adquirir una mala costumbre, un vicio. En consecuencia, no se es bueno de una vez y para siempre, sino que constantemente, en cada decisión libre se pone en juego la moral. Evidentemente la experiencia deja huella, un rastro de conocimiento por el cual sabemos razonar cada vez mejor qué nos conviene y qué no; qué es bueno para mí y los demás y qué no. Naturalmente, la moral no es una actividad biológica o física, por lo que no es tan fácil diagnosticar si algo es verdaderamente malo para nosotros como puede ser un dulce para la persona diabética o un plato en mal estado para cualquier sujeto. No obstante, todos tenemos experiencia de la disarmonía interior entre lo que nos apatece – deseo – y lo realmente valioso – lo que realmente debemos querer –. Además, hay en nostros una especie de ‘sensación’ por la cual el obrar bien nos deja un rastro de felicidad en el interior, al tiempo que suscita la aprobación de los demás y el deseo de reproducir esa bondad.

No es menos cierto, que el bien que la inteligencia presenta a la voluntad es asimilado por esta bajo la apariencia de bien, pero que no es necesariamente un bien, de aquí la posibilidad de errar. Así, el hombre gobernado por sus tendencias puede encontrar en una mala costumbre un bien, el bien a realizar, con lo que se deforma el sentido moral natural que emana de nuestro estatuto ontológico. Esta es la gran dificultad del hombre, descubrir que hay un modo correcto de vivir la moral que dignifica al hombre y que, consecuentemente, es necesario encontrarlo y practicarlo, pues en ello, insisto, va el sentido y la plenitud de la existencia humana – que se alcanza mediante la realización de los propios proyectos personales –, ya que llegar a ser lo que uno debe ser o no tiene mucho que ver con la consecución o no de la felicidad.

Así, recapitulando, la moral nace del buen uso de la libertad y consiste en el fortalecimiento de la virtud. Las distintas elecciones que realizamos nos configuran moralmente con un modo de ser determinado en vistas a la realización de nuestro proyecto personal mediante el cual podemos alcanzar la plenitud. Sin embargo, aunque uno sea virtuoso no tiene garantizado el buen uso de la libertad, pero con la repetición de las buenas costumbres si tiene mayor autodominio para elegir y obrar el bien e imponerse, como gobernante de su existencia, por encima de las inclinaciones tendenciales y la capacidad de querer cada vez bienes más arduos de conseguir a travez de la ya citada fuerza de voluntad.

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