La verdadera revolución es la encarnación honesta del Evangelio

Publicado: 14 diciembre, 2012 en Política, Religión

 

En España una de cada cuatro personas se encuentra en riesgo de pobreza o de exclusión social; 1,7 millones de hogares tienen a todos sus miembros en paro y se producen más de 500 desahucios diarios. Además, la oligarquía económico-política acusa a los ciudadanos de haber vivido por encima de sus posibilidades cuando sólo el 9% del impago de la deuda de los bancos corresponde a hipotecas de ciudadanos, mientras que el 91% corresponde a empresas y bancos. Intermon Oxfam se pregunta hacia dónde vamos. Simplemente hacia una sociedad desigual en la que no sólo será mayor la distancia entre ricos y pobres, sino que estos serán una inmensa mayoría: para 2022 se prevé 18 millones de personas en el umbral de la pobreza y la exclusión social.

Esta desigualdad es un verdadero atentado contra el bien común y la justicia social. Más allá de las recomendaciones para revertir esta dramática situación es necesario indignarse contra la injusticia de un sistema democrático defectuoso liderado por una oligarquía políticaen manos de los financieros y no de las personas responsable de que posiblemente en menos de diez años las personas ricas tengan un sueldo 15 veces superior al de los pobres. Para garantizar los derechos fundamentales de las personas y evitar la desigualdad distribución de la riqueza sólo cabe una medida, recordar y hacer recordar que la democracia es un instrumento que se ordena a la consecución del bien común entendiendo que su fin es la persona humana y el reconocimiento de su incondicional dignidad.

El Santo Padre Benedicto XVI arremete contra la mentalidad egoista e individualista que se expresa en un capitalismo financiero no regulado que provoca la creciente desigualdad entre ricos y pobres y asegura que para salir de la actual crisis económica y financiera se necesita de personas que promuevan la vida. Los católicos, sobre todo, no podemos pasar página en nuestro compromiso con el ser humano.  Pere Casaldàliga dice, y hay que reflexionar sobre ello, que “El Evangelio es para los ricos, pero contra su riqueza, sus privilegios, su posibilidad de explotar, dominar y excluir. Si cada semana voy a la casa de un rico y no pasa nada, no digo nada, no sacudo aquella casa, no sacudo aquella conciencia, ya me he vendido y he negado mi opción por los pobres”. No podemos denunciar la injusticia y el agravio contra el bien común con la boca pequeña, en una situación de connivencia con esa oligarquía causante del drama.

Es necesaria la autocrítica y la reflexión dentro de la Iglesia, empezando por uno mismo. Sí, Cáritas y las distintas ONG’s hacen una encomiable labor, pero ellas no son toda la catolicidad. Hay que asumir, por mera honestidad y coherencia, que no se hace lo suficiente para erradicar la pobreza, sino que en ocasiones, muchas o pocas, se calla o se omite por desidia o miedo real a comprometerse hasta la última consecuencia. “Dum ego salvus sim pereat mundus” – mientras yo me salve ya puede perecer el mundo – (Schopenhauer, “Parerga y Paralipómena”) no es una opción posible si uno quiere, realmente, ser testimonio del Evangelio. Si una quiere transformarse en Cristo, verdadero modelo de amor y de hombre, no puede olvidarse de las personas, y, evidentemente, de los más pobres. Sólo se ejerce la virtud de la caridad cuando realmente se ama al prójimo como a uno mismo. Yo no lo cumplo y, honestamente, pienso que tú tampoco.

El mundo no se puede transformar en amor si la transformación en el amor no empieza por uno mismo. Si no alimentamos nuestra vida interior con el Evangelio, encarnándolo en la vida cotidiana, es imposible que alimentemos a los demás obrando el bien común. Si no estamos con los pobres, si no vivimos con ellos, si no somos el fermento que anide en ellos la esperanza, somos cooperantes del capitalismo y de la oligarquía económico-política que denunciamos. Si somos o queremos ser verdaderos católicos sólo podemos ser misioneros del Evangelio y hacer del Evangelio el fundamento de la incondicional dignidad de todas las personas y de los derechos humanos por el cual, con esperanza, todos estamos llamados a la salvación. En consecuencia, no podemos ser complices de los ‘financieros’, pues nuestra misión no es salvar este o cualquier otro sistema, sino la entera humanidad recordando, ahora que se acerca la Navidad,  que Cristo continúa entrando en el mundo, pobre, alejado de la opulencia que se funda en la avaricia, en la ambición y en el ansia de poder sin medida; antítesis del amor.

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comentarios
  1. Querido Joan! Cómo va la vida? Busco tu correo para ponerme en contacto contigo pero no lo sé ver en tu blog! Un abrazo enorme desde el Norte!!!!!!

  2. ¡Hola! Cuánto tiempo. Muy bien… que alegría saber de ti. Te dejo mi correo jfiguerolaardanuy@hotmail.es. Escríbeme y pásame el tuyo y hablamos… Un abrazo enorme…

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