Ante el asombro de que hay un mundo, de que existe lo que existe, nos situamos en el umbral de lo trascendente

Publicado: 10 diciembre, 2012 en Pensamiento

El desapego a lo estríctamente contigente surge o puede surgir ante el asombro de que haya un mundo, de que existe lo que existe, que hay un ente y no más bien nada. ¿Qué ‘el ente es’ no es el milagro de todos los milagros? (M. Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”). Cierto, puede que a alguien no le resulte sorprendente la maravilla de la existencia; puede que perciba con indiferencia la salida del sol, que lo conciba estríctamente como un hecho aparentemente lógico o como un acontecimiento que bien podría no haber ocurrido. Sin embargo, más allá de toda conjetura no podemos dejar de extasiarnos por el hecho, empírico, de que hay un mundo, de que hay lo que hay.

Así, lo admirable no es ‘cómo es’ el cosmos, que es de lo que se ocupa la ciencia positiva, sino ‘que sea’. Su mera contemplación nos sitúa, de facto, en el umbral de lo trascendente. Que el mundo sea y que se muestre a sí mismo es lo verdaderamente místico y más fundamental que cualquier explicación, por razonada que resulte a nuestra lógica, porque incluso cuando todas las preguntas científicas y metafísicas han sido contestadas aún no hemos respondido por qué es todo esto, por qué es el ente y no la nada (L. Wittgenstein, “Tractatus logico-philosophicus”).

Que el mundo ‘sea’ es fascinante, pero lo que lo hace trascendente y, por ello, asombroso es que tras cualquier explicación – las teorías físicas como el Big Bang, la teoría cuántica, las teorías biológicas como el darwinismo – de por qué el mundo es como es o de cómo llega a ser como es no se alcanza una explicación última cuya base firme y estable permita alzar de manera inquebrantable una respuesta cierta a la mayor de las preguntas: por qué es. Quizá, pues no es insensato pensarlo en cuanto que no hay ninguna evidencia de que no sea así, el único alumbramiento o solución al enigma del mundo, del que no puede hacer frente la sola racionalidad de la razón – el saber humano – resida fuera del espacio y del tiempo.

La ciencia natural es una exposición de cómo es el mundo, pero no una explicación de por qué es el mundo y por qué hay ente en absoluto y no más bien nada. Admitida la existencia del ente y admitida la posibilidad, pues no hay evidencia de que no pueda ser así, de que su explicación resida fuera del mundo y, con ello, fuera del ámbito del método científico, hemos de admitir que muy probablemente las condiciones que hacen posible el ente – al mundo y al hombre – residan fuera del cosmos; que el ser creatural y las realidades existentes remitan a una realidad extrínseca al espacio y al tiempo que es su fundamento necesario y su explicación radical. De este modo, se alza razonable la ley de la causalidad, la interdependencia de las cosas y el principio teleológico del que habla el Estagirita en su libro de “Física” cuando señala que la acción que tiende a un fin está presente en todas las cosas que llegan a ser y son por naturaleza; y que cuando una serie tiene un punto de conclusión, todos los pasos anteriores van dirigidas a ésta.

La ley de la causalidad adquiere un significaco preciso gracias al desarrollo de la física y la matemática a partir de Newton y, pese a las modificaciones a las que se ha visto sometido por la teoría cuántica, este significado permanece intacto e inalterado. En el mundo puede existir una conformidad necesaria y no arbitraria con la causa del cosmos, que actuaría a modo de ley (S. Sambursky, “El mundo físico de los griegos”) – la concepción de la no causalidad no responde más que a un prejuicio o limitación de la razón humana que puede entenderla como carente de lógica; sin embargo, la idea de no causalidad no responde a una condición del mundo, sino a una visión de la persona sobre el mundo –.

¿Por qué la explicación del mundo no puede estar fuera de él cuando sentimos que aún cuando todas las posibles cuestiones científicas hayan recibido respuesta el por qué del mundo y del hombre no se han rozado en lo más mínimo? Si no hay respuesta por parte de la razonable razón, que no ha podido encontrar nada estable, ¿no cabe actuar cómo Pascal: “saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario”? Desde luego no es insensata esta consideración y menos cuando no hay evidencia de que no pueda ser así, insisto. Por otro lado, admitiéndose la posibilidad razonable y lógica de que la explicación última del cosmos – su Causa – esté fuera del espacio y del tiempo no cabe seguir con más preguntas, pues no podrán resolverse. Hay un mundo, y este mundo es porque es, y es como es, porque así es. No hay más, lo místico no puede exprasarse en palabras, se manifiesta por sí mismo (L. Wittgenstein, “Tractatus logico-philosophicus”). Ciertamente, esto incomoda a la inteligencia especulativa, pero el cosmos – el mundo y el hombre – no es sólo un fenómeno físico, orgánico, fisiológico, psicológico o social objeto de la ciencia natural, sino que es, sobre todo, la cuestión del Ser, de lo que es o puede ser: lo asombroso es que hay un mundo, de que existe lo que existe, que hay un ente y no más bien nada.

La ciencia no puede enfrentarse con lo absoluto, el hombre sí necesariamente.

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comentarios
  1. […] una entrada reciente afirmé que el desapego a lo estríctamente contigente surge o puede surgir ante el […]

  2. […] de Dios no se deduce del conocimiento del mundo, sino de la contemplación – lo que nos recuerda el planteamiento de Ludwig Wittgenstein –: “la suprema felicidad de la vida no consiste sino en esa […]

  3. Raquel dice:

    Felicidades por el escrito.

  4. Saludos Raquel, muchas gracias.

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