El camino de mi constante conversión

Publicado: 30 noviembre, 2012 en Conversión, Pensamiento, Religión

¿Qué sé sobre Dios? A priori, no mucho para no decir nada en absoluto. No obstante, como señala Otto Neurath a un comentario del Tractatus de Wittgenstein, “aunque sin duda hay que callar, se puede hablar de cualquier cosa”, incluso de Dios; de ahí la sorprendente cantidad de adjetivos que se le añaden y que, sin embargo, no dicen nada realmente esencial de Él. En realidad, es el paseo sobre una circunferencia sin penetrar en ella. Dios no se puede expresar con palabras, es trascendental, es lo más radicalmente distinto del hombre. Pero, por qué hay en absoluto un ente y no más bien nada (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”), porque “no puedo dirigir los acontecimientos del mundo según mi voluntad” (Wittgenstein, “Notebooks”) y porque intuyo un sentido teleológico de la existencia que se desprende de mi ineludible orientación hacia unos fines, el último de ellos la propia realización que se experimenta como una exigencia intrínseca a realizar tanto por la presencia de esas cuestiones fundamentales que revolotean por la sesera – quién soy, qué he de hacer y hacia dónde debo ir – como por la seria amenaza de la vivencia de la nada del ser (Pascal, “Pensées”), Dios es el sentido de la vida y el sentido de la vida conduce a Dios.

Porque hay en absoluto un ser y no más bien nada, porque “únicamente el hombre entre todos los entes experimenta, llamado por el ser, el milagro de todos los milagros: que el ente es” (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”) puedo decir, sin miedo a equivocarme, que Dios es el sentido de la vida, que la necesidad de mi conversión responde a una demanda intrínseca de mi naturaleza antropológica ligada irremediablemente a la búsqueda de verdad y de sentido del que soy un sujeto dependiente. Ciertamente, podemos dar una explicación biológica, fisicoquímica, histórica, sociopolítica, psicológica del mundo y del hombre; sin embargo, el sentido y el significado del mundo y del hombre es aquello que lo hace inteligible y los hechos biológicos, fisicoquímicos, históricos, sociopolíticos y psicológicos no son inteligibles por sí mismos, sino por aquello que los hace inteligibles, el Ser, que es el único fundamento real de nuestra conversión y que conduce a la religicación que se establece entre el hombre y Dios.

La búsqueda del sentido de la vida, la búsqueda de Dios, es una experiencia universal de la entera humanidad y la fuente de la felicidad mediente la cual el logos insertado en el tiempo se une, en el tiempo, al Logos sin tiempo, pues “nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su verdad, se siente satisfecho” (Juan Pablo II, “Fides et ratio”). Y esta felicidad no es cualquier cosa ni puede alcanzarse progresivamente de cualquier modo, sino que el hombre “ha de conocer naturalemente lo que naturalmente desea” (Tomás de Aquino, “Summa Theologiae”). Así, creer en Dios quiere decir comprender el sentido y finalidad de la vida; sin embargo, esto no implica la conversión, pues si bien comprendemos el sentido teleológico de la existencia cuyo fin es la adecuación del ser del hombre al Ser de Dios, que es el Bien, la Verdad y la Belleza anhelada por nuestro estatuto ontológico,  bien sabemos que no nos son dados los fines intermedios ni los medios que nos conducen al fin, a Dios; de ahí que conocer y amar a Dios no implica estar en comunión con Él.

La experiencia de mi vida me demuestra que la libre voluntad puede torcer al hombre de su propósito existencial y trascendente – todo el mundo conoce su biografía (así que no daré detalles de la mía que se movió, se mueve y se moverá entre la volubtuosidad de la carne y la irremediable danza del alma con el ser de Dios) y bien sabe que esto es cierto –. Por tanto, la aproximación a Dios exige o demanda un muy determinado obrar ético cuyo ejercicio radica en el fortalecimiento de la virtud mediante la cual podemos alcanzar aquello que intrínsecamente deseamos, la vida perfecta desde nuestro estado de imperfección. Por tanto, la conversión no es un hecho que se materializa y culmina, sino que es una constante en el tiempo que quizá, quién sabe, sólo empieza a resolverse con la muerte.

El camino de la conversión lo recorremos todos desde el instante mismo en que nos abrimos al conocimiento de la verdad; a la vez se madura en la medida en que nos apartamos de las apariencias y regresamos a nosotros mismos para conocernos y nos impulsamos hacia nuestra verdadera Ítaca, la patría ontológica, el Ser. “¿Cómo debo entonces amar a Dios? No lo amarás tal y como es: no como un Dios, no como un espíritu, no como una persona, no como una imagen, sino como el uno absoluto y puro. Y en este uno nos hundiremos de la nada a la nada, y que Dios nos ayude”. Estas palabras del Maestro Eckhart son del todo reveladoras. “Y que Dios nos ayude”; la religación con Dios no es una mera teoría teológica ni la superstición del eunuco mental, no es tampoco una falsa ciencia, es un acto de absoluta confianza y de obediencia plena a Dios que se hace presente en Jesucristo: “un pensador religioso honrado es como un funámbulo. Casi siempre parece que estuviera andando por el aire. Su soporte es el más ténue que quepa imaginar. Y sin embargo puede andarse sobre él” (Wittgenstein, “Cultura y valor”).

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