Sobre lo eterno a partir de la homilía de Benedicto XVI

Publicado: 26 noviembre, 2012 en Pensamiento

La Iglesia nos llama a dirigir la mirada al futuro, o mejor aún en profundidad, hacia la última meta de la historia, que será el reino definitivo y eterno de Cristo”. Estas palabras de Benedicto XVI, vertidas ayer en su homilía dominical, son de especial interés si no las entendemos desde una óptica escapista, sino como un modo de pensar y de vivir en el mundo. En una cultura contemporánea en la que, en mayor o menor grado, se proclama y se experimenta la autonomía de lo temporal respecto de lo espiritual como efecto del poder económico y político que pretende, en palabras de Dostoievski, bajar el cielo a la tierra y crear una especie de paraíso que se halla en el horizonte y al que se llega mediante el utópico ‘progreso’ que nunca se resuelve sino que permanece en un eterno retorno, por qué no repensar la unión de los dos planos, lo sagrado y lo profano como aconteció hasta el comienzo del Renacimiento.

Si es posible pensar sobre la idea de eterno, por qué no puede ser posible que la consideración sobre lo eterno dote de sentido la vida presente y su realización en el tiempo. Es innegable que en el hombre, al margen de nuestro nivel espiritual y de nuestras creencias, se produce una religación con lo sagrado, ya sea fruto de una experiencia real o de un efecto de la psique. Esto es así porque el mundo de los hombres no se limita a las coordenadas espacio-tiempo en las que se desarrolla la existencia biológica; el hombre no es un animal más insertado en medio de la naturaleza, sino que construye su propio mundo, la cultura – la segunda naturaleza del hombre de la que tanto habla Paul Ricoeur –. Si el ser humano no sigue vías instintivas fijas, si se descubre a sí mismo teniendo que ser en todo momento y en todo lugar y si en cada instante se encuentra ante una decisión (M. Heidegger, “Ser y tiempo”), el hombre tiene que dar sentido a su existencia. Ante esto, ¿no es posible la existencia de un sentido objetivo y universal?

Es posible un sentido universal de la existencia si atendemos a una de las particularidades del hombre que lo diferencia del resto de los seres vivos, la capacidad de compartir con los demás humanos la interioridad, desde los sentimientos más primarios hasta las realidades espirituales más trascendentes y fundamentales. Si podemos compartir nuestro mundo interior es porque compartimos un mismo mundo exterior que, consecuentemente, es objetivo. Cierto, esto no es motivo para conferir al mundo un sentido religioso necesariamente. Sin embargo, el hecho de tener una experiencia compartida de la realidad exige la necesidad de entender que hay un sentido compartido por todos los hombres y de comprender este sentido. Esta segunda naturaleza del hombre se alcanza gracias – y por medio – de la razón y del lenguaje. Así, el conocimiento no sólo es mera sabiduría y ciencia sobre la realidad y el hombre, sino que más radicalmente ha de ser la elevación del alma en la búsqueda de la verdad en la que descansa el sentido existencial y que arranca de una irrevocable evidencia: por qué hay en absoluto un ente y no más bien nada (M. Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”).

No obstante, la reflexión sobre el ser no es un simple ejercicio filosófico, sino que responde a una exigencia de la naturaleza ontológica del ser del hombre que busca alcanzar en el desarrollo de su existencia lo que debe ser acorde a la verdad objetiva y universal, la cual, por su parte, se revela al hombre. Y se revela en primer lugar a modo de leyes, por eso afirma Popper que “si quieres conocer, tienes que ir a la búsqueda de leyes” (K. Popper, “Los dos problemas fundamentales de la epistemología”), pues son estas leyes las que nos hacen entrar en contacto y conocer la realidad mediante la falsación de nuestras suposiciones y el descubrimiento y la eliminación de nuestros errores. Por tanto, sólo hay conocimiento y sólo es posible la ciencia a la que tanto admiramos si hay una realidad objetiva contra la cual se pueden contrastar todas nuestras predicciones teóricas. En consecuencia la verdad se revela al hombre de manera humana y/o como objeto susceptible para el conocimiento humano, de lo contrario sería una verdad inverosímil.

En segundo lugar la verdad se revela únicamente a la razón humana. Por tanto y en consecuencia puede afirmarse o, al menos, considerarse que “el hombre puede pensar porque su propio logos, su propia razón, es logos del Logos, pensamiento del Pensador, del espíritu creador que impregna el ser” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”). Así, si decimos que el hombre no vive insertado en la naturaleza como el resto de los seres vivos, sino que como zoon logon (animal racional) construye su propio mundo (su segunda naturaleza) como una tarea común junto con los demás mediante una comunidad de diálogo, podemos decir que sin el logos no existe ni la humanidad ni el mundo que crea y habita el hombre, en el cual desarrolla su existencia en el tiempo. Del mismo modo, ¿no es posible que la existencia del mundo y del hombre se deba al Ser del Logos? – digo Ser y no existencia, porque Dios no sólo es existencia sino que es el Ser en grado absoluto –.

En “El giro hermenéutico” Hans-Georg Gadamer señala que el logos manifiesta su verdadera naturaleza en la conversación, que el pensamiento, todo pensamiento, “es un diálogo consigo mismo y con el otro”. Consecuentemente, ¿la Verdad no será un diálogo del hombre con Dios? Un diálogo en el que el hombre, insertado en el tiempo, se abre y se ordena en el mundo de una muy determinada manera para dar plenitud en la verdad a su naturaleza ontológica. En el ser humano se halla de modo innato la cuestión sobre la existencia y encontrar su sentido es una exigencia para hacerla practicable en la comprensión del mundo y del hombre y en el modo en que nos relacionamos en el mundo y con los demás. Desde luego, en nuestra relación con el Logos habrá siempre un algo inaccesible e imposible de asimilar en cuanto que el Ser en sí es lo más radicalmente distinto a nosotros, sin embargo la Verdad (Logos) se revela única y exclusivamente a la razón (logos) humana. En este punto se hacen aconsejables las palabras de Blaise Pascal: “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, Pensées, 268). Sólo así entenderemos o podemos entender que El Logos es el centro en el que el hombre y el mundo aparecen en su unidad originaria, el punto de referencia absoluto en el que el logos insertado en el tiempo se une, en el tiempo, al Logos sin tiempo, la última meta de la historia de la que habla en su homilía Benedicto XVI.

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Muy buena reflexión, Joan. Me ha gustado especialmente la conclusión: “El Logos es el centro en el que el hombre y el mundo aparecen en su unidad originaria, el punto de referencia absoluto en el que el logos insertado en el tiempo se une, en el tiempo, al Logos sin tiempo, la última meta de la historia de la que habla en su homilía Benedicto XVI”.

  2. Bueno, Joan, la cita de Popper parece justificar su adhesión a la existencia de “leyes” pero esto no es así:

    “Así pues, la pregunta acerca de si hay leyes naturales cuya verdad nos conste viene a ser otro modo de preguntar si las inferencias inductivas están justificadas lógicamente. … La teoría que desarrollaremos en las páginas que siguen se opone directamente a todos los intentos de apoyarse en las ideas de una lógica inductiva.” [Karl Popper, “La lógica de la investigación científica” pg. 28 y 30]

    Y lo cumple, emplea gran parte del libro en demostrar lo que promete. Ya lo he dicho en otras ocasiones aquí, el hecho de que se hable de “leyes” no significa que se esté hablando de “Leyes” en sentido estricto sino tan sólo que se está empleando, por costumbre, un termino tradicional (decimononico de hecho) que no se corresponde verdaderamente con el significado de “ley natural” sino que corresponde a patrones y regularidades observadas de modo subjetivo.

    La opinión de Popper, por otro lado, con respecto al esos “ejercicios filosóficos” que se refieren como precedentes de la cita también está clara:

    “Lamentablemente, sin embargo, los filósofos han hablado habitualmente de sus ideas metafísicas no ya como si de una ciencia se tratara, sino como si constituyeran una superciencia. Por mi parte, considero que estas teorías metafísicas son más bien precientíficas, o en cualquier caso no comprobables, no criticables desde un punto de vista científico.” [Karl Popper “El porvenir está abierto” Simposio en Viena 1983. pg. 92]

  3. Saludos Cristina, muchas gracias por el comentario.

  4. Saludos Cayetano.

    Usted introduce una cita del primer libro de Popper, “La lógica de la investigación científica” para contradecir la de otro libro posterior, en la que ya ha madurado su pensamiento (y esto no lo digo yo lo dice él mismo). En este libro, ciertamente, dice que “las teorías son redes que lanzamos para apresar aquello que llamamos ‘mundo’: para racionalizarlo…”; sin embargo, ya intuye que este cosmos es independiente de nuestras ideas, de nuestras teorías para terminar afirmando “la existencia de regularidades en nuestro mundo”, es decir, atisba que se trata de una realidad estructurada que permite la existencia de la misma ciencia: “nuestras previsiones están guiadas por la fe en leyes, en realidades que podemos descubrir”.

    No obstante, no se aventura a afirmarlo tajantemente (tampoco a negarlo) y señala que “me abstendré de argumentar a favor o en contra de la fe en la existencia de regularidades en nuestro mundo”. Pero ya en “Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico” se desmarca de esta posición para argumentar que es la posibilidad de conocer principios, leyes, lo que puede conferir la condición de científicas a las teorías. Así, dirá que “efectivamente, entramos en contacto con la realidad mediante la falsación de nuestras suposiciones” (Conocimiento Objetivo. Un enfoque evolucionista”); y aún con mayor claridad: “la discusión crítica en el interés por acercarse a la verdad, sería un sinsentido sin una ‘realidad objetiva’, sin un mundo que nos proponemos descubrir: desconocido, o ampliamente desconocido: un desafío a nuestro ingenio, coraje e integridad intelectual” (“Realismo y el objetivo de la ciencia”). Sólo es posible la ciencia, para Popper, si hay una realidad contra la cual se pueden contrastar las predicciones teóricas; es decir, el cosmos no es un caos de materia sin forma ni orden, sino que hay unas leyes y unas regularidades inherentes a él que permiten nuestro conocimiento sobre él.

    Como le decía si bien no lo señala en “La lógica de la investigación científica”, Popper afirma y defiende un nivel metafísico del mundo que la ciencia puede o intenta conocer. Y habla, naturalmente, de leyes que la ciencia intenta descubrir (leyes que permiten la propia ciencia). Así habla del principio de uniformidad de la naturaleza. Si el cosmos no estuviese provisto de estructuras, de pautas, de una determinada organización la ciencia y ninguna teoría serían posibles. Es decir, hay una inmutabilidad (leyes). Cierto, y así lo dice (yo también), no podemos alcanzar verdades definitivas, pero esto no es porque no exista una verdad objetiva con sus leyes, aunque, como es lógico por su agnosticismo, atribuye a la naturaleza un papel creativo (eso sí, contrario al materialismo).

    Muchas gracias por su comentario, Cayetano. Un saludo.

  5. Pablo F. dice:

    Interesantre reflexión. Como decía Kierkegaard, el hombre es una síntesis de lo infinito y lo finito, de lo temporal y de lo eterno…

  6. Saludos Pablo. Muchas gracias por comentar y por la aportación de la gran cita de Kierkegaard. Un saludo.

  7. Usted lo ha dicho, Joan, Popper era agnóstico, no creía en la existencia de una realidad diferente a la realidad que es susceptible de ser percibida y, en consecuencia, no está afirmando en ningún momento que pueda existir algo parecido a “leyes naturales” sino que las considera inventadas, somos nosotros los que creamos las leyes y después intentamos contrastarlas con la realidad para ver que parte de ellas es cierta:

    “Sin esperar pasivamente que las repeticiones impriman o impongan regularidades sobre nosotros, debemos tratar activamente de imponer regularidades al mundo. Debemos tratar de descubrir similaridades en él e interpretarlas en función de las leyes inventadas por nosotros. Sin esperar el descubrimiento de premisas, debemos saltar a conclusiones. Éstas quizás tengan que ser descartadas luego, si la observación muestra que son erradas.” [Karl Popper, “Conjeturas y refutaciones” pg. 72]

    Pero dado que la ciencia es perfectible, y siempre en proceso de construcción, no existe ninguna regularidad que se pueda considerar “ley” puesto que es esperable que el aumento del conocimiento cambie las formulaciones, afine las observaciones y modifique las teorías; por ello, el problema para él (y para mi), es cuando uno se aparta de la realidad, deja de usarla como “piedra de toque” y permite que sus creencias primen sobre los hechos observados, y esto, y no otra cosa, es la creencia de que existen “leyes naturales” emanadas u otorgadas por un ser o realidad sobrenatural de las que observamos sus consecuencias:

    “Nuestra propensión a buscar regularidades e imponer leyes a la naturaleza da origen al fenómeno psicológico del pensamiento dogmático o, con mayor generalidad, de la conducta dogmática: esperamos regularidades en todas partes y tratamos de encontrarlas aun allí donde no hay ninguna. Nos inclinamos a tratar como a una especie de “ruido de fondo” los sucesos que no ceden a estos intentos, y nos aferramos a nuestras expectativas hasta cuando son inadecuadas y deberíamos aceptar la derrota.” [Karl Popper, “Conjeturas y refutaciones” pg. 75]

  8. Saludos Cayetano, gracias por su comentario antes de nada.

    Sí admite la existencia de leyes lo que ocurre es que al ser agnóstico no afirma la existencia de Dios sino que señala que la naturaleza es creadora, pero como ya le indiqué ayer sí sostiene la existencia de leyes, de un orden, de una verdad objetiva y necesaria a la que podemos acercarnos mediante la ciencia experimental.

  9. […] a seguir el camino ya recorrido por el fundamentalismo, en especial el islámico y el judío – la religación con lo sagrado se da entre el hombre y Dios y no entre Éste y una determinada identidad nacional […]

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