Sin moral vivimos en una democracia inhabitable

Publicado: 22 noviembre, 2012 en Ética y Moral, Política

En España cada cinco días muere una persona sin hogar, más de 2,2 millones de menores viven en familias que no pueden cubrir los gastos mínimos de alimentación, el 21,1 % de la población se encuentra por debajo del umbral de pobreza… Estos datos son consecuencia de las políticas públicas aplicadas en los últimos años. A esto se añade otro dato igual de turbio, 4.833.521 de personas carecen de empleo. Ante esta situación Cáritas alerta, quizá a oídos sordos, que “se está conformando un nuevo mundo donde los más pobres son aún más pobres”; una nueva clase social, la de los “trabajadores pobres” a quienes tener un empleo no les libra de la miseria.

España no sólo es el país con mayor desigualdad social de la eurozona, sino que año tras año aumenta la distancia entre ricos y pobres. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir la cohesión social en un Estado cuando son cada vez más las personas que no pueden llevar adelante una vida humana digna? ¿Puede mantenerse un sistema político bajo el pretexto de que es la forma menos mala de gobierno (Aristóteles, “Ética a Nicómaco”, 1160 b) cuando no garantiza, sino que incluso atenta contra el bienestar de los ciudadanos? ¿Cuándo se prioriza la economía en la política de un gobierno subordinándose la moral – el paradigma perdido de Niklas Luhmann – que debe regirla, no se sitúa la dignidad y el bien de las personas – fin de la democracia – en un segundo plano o en un plano tan lejano que sólo es objeto de atención cuando la injusticia se vuelve descarada y afecta a la popularidad de los dirigentes?

Los griegos entendían que el hombre sólo podía ser virtuoso y, en consecuencia, feliz si vivía junto con los demás con la existencia de unas leyes que orientaran la acción del gobierno al bien común. Es, a priori, de ‘sentido común’ que si se comprende que el fin real del Estado consiste en que cada ciudadano pueda desarrollar su proyecto vital – su bien particular –, fundamentado en la dignidad incondicional de la persona, se alcanza el bien de todos. Sin embargo, y creo que no es necesario aportar ejemplos, quien gobierna no siempre tiene dicha prioridad o esta se reduce al interés particular, el suyo o el de una minoría, en detrimento de la consecución de la vida buena para todos. Así, la democracia se convierte en un simple ejercicio de poder en el que restan desamparados los derechos propios del ciudadano, que son los que permiten que la persona pueda llegar a ser quien debe ser (Joseph Ratzinger, “Verdad, valores y poder. Piedras de toque de la sociedad pluralista”). Sí, el Estado no es el ente que debe procurar la felicidad de los ciudadanos ni ofrecer el supuesto paraíso que anuncia determinada ideología, simplemente tiene que promocionar y hacer que sean posibles, mediante leyes, los proyectos de cada individuo, ya sea disponer de un salario conveniente o de una vivienda digna; ya sea formar una familia o una empresa.

Si los proyectos personales no son posibles, si millones de personas no pueden llevar una vida humana digna, si la distancia entre ricos y pobres aumenta cada vez más a través de la injusticia, ¿para qué sirve la democracia? ¿No se convierte, más bien, en un subterfugio para, mediante el control del poder, alcanzar intereses particulares cuando la consecución del supuesto bien común no va más allá de ser una promesa presente en todo programa electoral? Democracia, justicia social, bien común se vuelven conceptos vacíos cuando puede cobrar sentido la idea de Adam Smith de que el auténtico fin del gobierno es procurar la riqueza y defender al rico del pobre. En efecto, que “uno de los objetivos principales de la vida de un hombre es obtener un buen nombre, destacar sobre sus semejantes…” (Ada, Smith, “La riqueza de las naciones”) se aprecia en aquellos que convierten la política en profesión y no en vocación, en aquellos que miran por su propio interés durante años de carrera política.

La democracia, es una evidencia empírica, pierde de vista que su fin es la persona humana y que se ordena, por tanto, hacia el bien común. Hoy, esta es la sensación que tengo, lo único que se procura es el respeto de la ‘libertad de’ (ausencia de coacción) del otro; es decir, no es necesaria la justicia ni tener, consecuentemente, al otro como una exigencia moral, sino que basta con no molestarle. Así, la asociación existente y necesaria a causa de la división del trabajo descansa en una simple ética utilitarista (Stuart Mill) que sólo busca el bien particular sin importar el bien común. Por tanto, no es evidente que el reconocimiento de la dignidad incondicional de la persona y la necesidad de promover los proyectos personales de los ciudadanos sea una responsabilidad compartida. Que “ningún hombre puede rechazar su parte de responsabilidad en aquellos asuntos de los que depende la existencia de la humanidad” (Andrei D. Sajarov, “Mi país y el mundo”) no es más que una cita hermosa de un brillante físico y Nobel de la Paz.

Es una perogrullada, pero de la ‘crisis económica’ – ¿dónde están los responsables? – que afecta en gran medida a los países de Europa sólo se sale mediante una renovación de la moral. El empobrecimiento exterior sólo se subsana con el enriquecimiento de un interior que se muestra indolente ante el devenir de la humanidad cuando la política resta en manos de los financieros y no de las personas. Esta renovación debe nacer, insisto por enésima vez, del simple reconocimiento de la dignidad del ser humano. Si se entiende que el fin de la política somos las personas y, por ello, se procura el bien de cada hombre,  entendiéndose que el bien de éste debe ser la norma de toda actuación, aparecerán consecuentemente todos aquellos ‘valores’ de los que nos llenamos la boca, pero que no parecen tener una materialización concreta en la realidad cotidiana, porque si bien hay una incontable número de éticas todas ellas carecen de moral por el simple hecho de obviar el horizonte ético-político del ser humano, que es un ser ético porque, insertado en el tiempo, tiene que realizarse y autorrealizarse – alcanzar la plenitud de su proyecto vital – ordenando su existencia de una muy determinada manera acorde a su naturaleza ontológica; es decir, respetando su dignidad se persona humana.

Sin embargo, lastimosamente, el individualismo se encuentra bastante arraigado en la cultura contemporánea. La creciente y excesiva preocupación por el `yo’ corre pareja al paulatino desinterés por los demás o por la sociedad (Charles Taylor, “Ética de la autenticidad”). Sí, hay cierta empatía ante el sufrimiento ajeno, pero llegado el momento se plasmará la máxima schopenhaueriana, “mientras yo me salve ya puede perecer el mundo” (“Parerga y Paralipómena). En política se traduce en un sistema de gobierno que si bien conserva formas democráticas – las elecciones, por ejemplo – el Estado, en manos de una  oligarquía, ejerce un inmenso poder tutelar respecto del cual el ciudadano carece de suficiente control. Además, la injusticia no se transforma en una protesta activa – llamémosla si queremos revuelta – sino que, mayoritariamente, se traduce en una abrumadora falta de implicación y desinterés por resolver – no sólo tapando parches – una situación que afecta a la sociedad en general – la desafección política es comprensible sólo si se traduce en una respuesta y no en una indiferencia ante la injusticia –.

 No obstante, si queremos salir de la crisis, si queremos situar al hombre en el centro y fin de la política esta es una responsabilidad compartida que exige el trabajo y la solidaridad de todos. Sólo la virtud moral de la sociedad permitirá que el gobierno de la sociedad sea virtuoso.

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comentarios
  1. Ana dice:

    “La injusticia no se transforma en una protesta activa – llamémosla si queremos revuelta – sino que, mayoritariamente, se traduce en una abrumadora falta de implicación y desinterés por resolver – no sólo tapando parches – una situación que afecta a la sociedad en general – la desafección política es comprensible sólo si se traduce en una respuesta y no en una indiferencia ante la injusticia –”.

    En cierto modo, al menos es lo que noto, la gente cada vez se conforma con menos. Sí, sabe que se produce una injusticia, pero lejos de responder a esa injusticia la asimila y se conforma con vivir con unos mínimos… y estos mínimos cada vez lo son más hasta el punto de que ni trabajo, ni casa… Así es imposible hacer algo en la vida.

  2. Saludos Ana, muchas gracias por comentar. Sí, hay cierto conformismo, pero la incipiente indignación, bien dirigida y con un fin determinado es una llama hacia el cambio si entiende que la persona es el fin más allá de las ideologías que también han conducido al actual estado.

  3. Alku dice:

    Una pregunta Joan:

    No siente que quizás debió en su momento apoyar más a los “Indignados”. No digo que usted comulgue 100% con esos ideales pero no cree que quizás hubiese sido mejor apoyar es ese movimiento a fin de intentar evitar lo que sucede ahora?

    Le vuelvo a recomendar investigue sobre los sucesos de argentina del 95 al 2003…..

    Saludos
    Alku

  4. Saludos Alku. Antes de nada gracias por su comentario.

    Es posible que así sea, no se lo discuto. Ciertamente han sido ellos quienes, quizá, han despertado mayor concienciación entre la sociedad para modificar la actual situación. No obstante, lo que me separa de ellos es la impresión – y digo impresión – de que impera en ellos más un fin ideológico que humanista. Puede ser utópico, pero no es y ni será una ideología la que devuelva a la persona el ser el sujeto y fin de la política (que no puede desprenderse de su contenido ético) si no se descubre que el fin del hombre es su realización alcanzando por ello una vida verdaderamente humana acorde a su dignidad. Y alcanzar una vida verdaderamente humana es una exigencia ética que no puede reducirse a los postulados de una ideología, que en la mayor de las veces parece ser o entenderse como el fin de la democracia. El bien común no es una conquista es una tarea continua que se va logrando desde el ejercicio de la virtud; y la democracia no e sun fin como postulan los indignados (sus argumentos no van más allá de ello), sino que es un ordenamiento, es decir, una herramienta cuyo carácter moral depende de su fundamentación en la dignidad de la persona humana por la cual se opera en vistas a la consecución de su bien, del bien común.

    Un saludo, y gracias por su recomendación.

  5. […] al bien común. No es la sociedad que reclama su libertad, sino la codicia de unos la que hace que España sea el país de la Unión Europea donde crece más la distancia entre ricos y pobres. No es la reivindicación de la identidad la que imposibilita la habitavilidad en sociedad, sino la […]

  6. gold account dice:

    La distribución de la riqueza en México dista de ser homogénea. Por un lado, tenemos a 11 de los hombres más ricos del mundo, por otro, más de 50 millones de personas en pobreza.

  7. Gerardo dice:

    Muy buena entrada, vivimos en una sociedad inmoral de extremos, o mucho libertinaje o mucho fundamentalismo y ninguno de ellos busca el bien y la justicia. Pienso. Felicidades por el blog.

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