Ante el drama humano de la crisis unos “arriman el hombro” para salvar a un club de fútbol

Publicado: 16 noviembre, 2012 en Ética y Moral

Orgulloso de haber comprado 20 acciones del Real Oviedo para ayudarle a salir adelante. Los 215 euros mejor invertidos en mucho tiempo”. ¿Vivimos en Matrix? Ante el drama del desempleo, que afecta al 25% de la población en edad activa; ante el drama de los desahucios, y ante el drama de la exclusión social, ¿es posible que una persona manifieste públicamente que su contribución económica a la salvación de una entidad deportiva es su mayor inversión realizada en la vida? Hoy, 1.814.000 de personas con nombre y apellidos se encuentran en una situación de privación material extrema, es decir, en la más absoluta indigencia. Además, otros 11.675.000 se dirigen hacia el mismo destino.

Mientras una persona desempleada realiza una peregrinación a pie hasta Madrid para protestar ante el Congreso de los Diputados por la actual situación económica y por las dificultades para encontrar un empleo, un determinado medio de comunicación, muy católico según reconoce en su ideario y según recuerda constantemente, realiza, desde hace unos días, una especie de maratón solidario para salvar la existencia de… un club de fútbol. Desde luego, no critico la desinteresada ayuda para salvar a un club deportivo o a un museo, pues esta no tiene por qué ir en detrimento de la ayuda a las personas necesitadas. Sin embargo, sí critico este surrealismo por el cual el hombre es visto como un qué y las cosas como un quién: “arrimar el hombro para que un club histórico y tan nuestro no desaparezca es ahora una urgencia”. ¿Nos hemos vuelto locos?

La incondicional dignidad del hombre y su bien no parece ser el fin último de la sociedad. Al contrario, ésta avanza olvidándose de la persona. El fin de la sociedad, de la política, no es otro que la búsqueda común de los bienes a los que aspira la entera humanidad, en especial la justicia, que facilita la realización del bien común. No obstante, “sin justicia, ¿qué serían en realidad los reinos sino bandas de ladrones?” (San Agustín, “La ciudad de Dios”). ¿Hay justicia plena cuando una persona carece de empleo, de comida o de hogar?, ¿no es esperpéntico que se remplace la realización del bien común fundamentado en el valor de absoluto de la persona – la persona es un quién y no un qué (Hannah Arendt, “La condición humana”) – por una especie de solidaridad que, lejos de ser una exigencia del hombre como ser político, se convierte en una ayuda arbitraria según el sentimiento o la apetencia que despierta una emoción? La fuerte individualización del hombre contemporáneo y la ausencia de imperativos morales absolutos muestran perfectamente que la persona ya no es el sujeto ni el fin propio de la sociedad.

Cuando la moralidad y el fin de las acciones libres descansan, simplemente, en una ética de los buenos sentimientos, en qué situación resta la virtud. Un acto es moralmente bueno cuando se asienta en el absoluto moral de reconocer como fin último de la acción la incondicional dignidad de la persona. Los actos humanos no son individuales y reducidos a un contexto, sino que la realización de todos los actos se encaminan a reconocer esta dignidad, pues sin su reconocimiento y sin el deber de respetarla es imposible alcanzar el bien común y, con ello, la realización de los proyectos vitales del modo que corresponde a un ser humano. Todas las acciones que no se encaminen a tal fin deben ser consideradas moralmente malas.

En una sociedad en la que por activa y por pasiva se vende la imperiosa necesidad de recuperar los valores – a saber qué valores – urge, en realidad, recuperar el amor por la virtud, un concepto ético perdido en el tiempo en beneficio de la ética del sentimiento y de la ética utilitarista. En efecto, hoy, repito, la moralidad del obrar humano viene medida por la emoción o por el beneficio propio, bien explicitado en la aserción “dum ego salvus sim pereat mundus” – mientras yo me salve ya puede perecer el mundo – (Schopenhauer, “Parerga y Paralipómena”). Y cuando no existe la exigencia del absoluto moral, irremediablemente, ya no existe la exigencia de la responsabilidad y el juicio de toda acción se convierte en arbitrario y subjetivo. Esto se ve en el reciente drama de los desahucios, el deber de afrontar su injusticia ha llegado en el momento, no antes, en el que los sentimientos se han sentido sacudidos, heridos, conmovidos y no, lamentablemente, por un razonamiento moral universal y objetivo compartido con todos los hombres.

¿Queremos recuperar y fomentar eso que denominamos valores? Bien, pues en primer lugar, para que esto sea posible es necesaria la posibilidad de justificar racionalmente la existencia de una moral verdaderamente universal y objetiva y de un telos (Aristóteles, “Ética a Nicómaco”), es decir, que la moral y la organización de la sociedad no sean realidades distintas ni equidistantes, sino que su fin sea el mismo, que permita a la persona “saber lo que hay que hacer y saber cómo hay que juzgarlo” (Homero, “La Ilíada”). Y lo que hay que hacer es el bien que apunta al reconocimiento de la incondicional dignidad de la persona y al pleno desarrollo de su existencia – de la existencia de los hombres y de las mujeres reales, de carne y hueso, que hoy padecen las consecuencias de una crisis a la que se ha llegado por emisión de la virtud –. Todo lo que no sea procurar este bien, que es interno al hombre – estatuto ontológico y dimensión ética –, es malo e injusto en cuanto que supone la privación de dicho bien.

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comentarios
  1. Negro dice:

    En verdad cuando la ética de una persona no hay moral se puede esperar cualquier cosa. No hay nada de malo en salvar a un club deportivo o cualquier otra institución, pero a veces falta cierto humanismo en las cosas, una jerarquización de los fines de la sociedad. Por otro lado me sorprende ese canal de la derecha española, aunque sea en un programa deportivo mer sorprende que se dediquen a solidarizarse con un club de fútbol y no con los parados y las familias que no tienen ni para un plato caliente.

  2. Saludos Negro, muchas gracias por comentar.

  3. Jaume dice:

    A veces, y no me gusta lo que voy a decir, pienso que Hobbes tiene mucha razón, el hombre es un lobo para el hombre. Cómo vamos a arreglar las cosas, cómo vamos a poner el bien por encima de todo cuando predomina, sobre todo en la política y en la economía, el enriquecimiento personal de modo ilegal.

  4. Saludos Jaume, gracias por el comentario. Podemos empezar por nosotros mismos siendo ejemplo, aunque, ciertamente, hay momentos en los que pienso lo mismo.

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