¿Ante los desahucios la moral cristiana puede procurar el bien común y la justicia social?

Publicado: 14 noviembre, 2012 en Ética y Moral, Política

Cuando Europa está en manos de los financieros y no de las personas, cuando los gobiernos democráticos no alcanzan su fin último que es el bien común, cuando se reivindican los derechos humanos y se olvida el inseparable deber de reconocerlos y respetarlos, no sólo cabe preguntarse si es posible sino quién puede situar en la palestra la necesidad de la ética en la política y en la economía indispensables para la justicia social y el bien común en una cultura, la contemporánea, en la que abundan un sinfín de concepciones éticas, en especial las de corte utilitarista por las cuales una acción no es querida porque sea buena, sino porque es elegida libremente, y donde el humanismo, desprovisto de su sentido ulterior, se convierte en una especie de salvación última del que deben emanar un conjunto de supuestos valores carentes de fundamentación al margen de que se les impute una dimensión universal.

Ante esta coyuntura relativista de la cultura contemporánea donde los dos grandes sistemas de la organización sociopolítica y económica, el liberalismo y el marxismo, no son capaces de procurar el bien común, ¿es posible que el agente que haga entrar en diálogo la política y la economía con la ética – inseparables en la cultura clásica – sea la moral cristiana? Para que esto sea posible es necesario reconocer de modo unánime la naturaleza social del ser humano, que el crecimiento y el desarrollo de la sociedad así como el de las instituciones tiene como sujeto y fin a la persona humana, la cual, por su estatuto ontológico, sólo es viable en sociedad: “Ninguna clase de vida humana, ni siquiera la del ermitaño en la agreste naturaleza, resulta posible sin un mundo que directa o indirectamente testifica la presencia de otros seres humanos” (Hannah Arendt, “La condición humana”).

El hombre es social por naturaleza. Sin los demás es inviable y no sólo en el sentido más interesado y utilitarista, que es lo que interpreta el capitalismo al entender que el mercado es la realidad que da respuesta a las necesidades últimas del ser humano, sino porque el amor una de las facultades fundamentales de la persona junto al conocer es siempre respecto a otro. Sí, un proyecto personal consiste en cubrir las necesidades materiales, pero también y, sobre todo, las necesidades espirituales por las cuales se puede de dotar de sentido todo un proyecto vital: quién soy y adónde voy, que siempre se busca junto con los otros, con la entera humanidad. Aparte de reconocer la naturaleza social del supuesto individual de naturaleza racional – el hombre –, que al mismo tiempo es el fin de la sociedad y de las instituciones, es necesario, antes de nada y por encima de todo, reconocer – y respetar – la incondicional dignidad de la persona humana, que emana de su estatuto ontológico y de un principio ético. A nivel ontológico la dignidad del hombre es un valor absoluto por el mero hecho de ser persona; a nivel ético, la acción humana tiene como fin el bien común porque su objeto no es otro que el reconocimiento y el respeto a la dignidad de todas las personas.

Dicho esto y antes de proseguir es necesario recordar que el sujeto de la moral es la voluntad libre. Una acción humana es moral porque es elegida por el propio sujeto que se presenta como responsable de la misma; es decir, toda acción moral es susceptible de juicio ético. Así pues, todas las acciones libres, y sólo ellas, son morales; y todas las acciones morales, y sólo ellas, son libres. Sin embargo, y esto es lo realmente importante, no todas las acciones libres son moralmente buenas, sino que la bondad de la acción reside en que se respete y reconozca la dignidad incondicional del ser humano procurándose el bien común. Así, el fundamento de la ética es el valor absoluto del hombre y toda acción humana es buena si se ordena a tal fin.

No obstante, si interpretamos que el mercado es la respuesta a las necesidades últimas de la sociedad, si el bienestar material es el fin último del hombre y de las relaciones interpersonales, si todo tiene un precio no sólo es difícil plantear que el hombre es un valor absoluto, una incondicional dignidad, el sujeto y fin de la sociedad, sino que no existe ninguna obligación ética para con nadie, pues el valor de la persona ya no descansa en ser un fin en sí misma, al contrario, se convierte en un medio, en una mercancía, su dignidad es equivalente a un determinado precio y su valor es sinónimo de una necesidad ajena. Y esta es la situación predominante en la sociedad occidental contemporánea. Por esta razón, si realmente queremos hablar de justicia social y de bien común es necesario reconocer todo lo dicho hasta ahora, que el fin de la sociedad es, de modo exclusivo, el respeto y el reconocimiento de la dignidad absoluta del hombre. Este es un principio ineludible, de lo contrario, ¿qué sentido tiene tachar de inmoral una acción que atenta contra un principio cuyo reconocimiento no es incondicional?

La economía y la política requieren un marco jurídico enraizado en una ética moral cuyo fundamento es la incondicional dignidad del ser humano. A excepción del comunismo es indudable que el interés – y el beneficio individual – es una realidad irrenunciable, es una exigencia de la naturaleza misma de la persona, pero este interés – y este beneficio – no puede ir nunca en detrimento del interés – y del beneficio – de los otros – la producción de riqueza no es ni debe ser inseparable de la realización del bien común –. Así, cuando una persona – o una familia – no dispone de los medios necesarios para su subsistencia, para desarrollar con todas las potencialidades su proyecto vital, nos encontramos ante una situación injusta sí y sólo sí realmente consideramos y reconocemos la incondicional dignidad del ser humano, sujeto y fin de la sociedad. Si la sociedad tiene como sujeto y fin a la persona humana y su bien, las instituciones que representan la autoridad tienen como tarea intrínseca a su naturaleza el servicio al bien común, facilitando que cada uno de los miembros de la sociedad pueda llevar una vida verdaderamente humana.

Es indudable e inevitable que existan personas más ricas que otras del mismo modo que existen personas con unas aptitudes intelectuales superiores a las del resto. Todos somos hijos de una circunstancia y todos nos movemos por motivaciones diferentes – los negocios, la poesía, la pesca, etc. – que reportan unos beneficios distintos. Dicho esto, abierta y reconocida la posibilidad de economías personales y familiares distintas, es irrenunciable, si reconocemos la igual e incondicional dignidad de las personas, el procurar que todas y cada una de las personas que configuran la sociedad puedan desarrollar una vida verdaderamente humana sin que las diferencias económicas existentes se opongan al bien común y a la justicia social. Al margen del porqué una persona se encuentra en vías de ser desahuciada de su hogar, e incluso bajo la circunstancia de que no exista ningún sujeto responsable de tal situación, estamos ante una realidad injusta que debe ser subsanada por la sociedad, principalmente por las instituciones, que es la responsable de procurar el bien común y la justicia social.

Insisto, si consideramos la incondicional dignidad del ser humano su reconocimiento es irrenunciable y, consecuentemente, el bien común es un deber ético de todo ciudadano y, también, de la política y de la economía. Consecuentemente, es inmoral toda sociedad y todo sistema de organización político y económico que no procura el bien común en el reconocimiento de la dignidad absoluta de la persona. La autoridad misma del Estado, del gobierno o de las instituciones esta basada y tiene como único fin el bien común; su ejercicio reside en promulgar leyes justas (Rousseau, “El contrato social”) y eficaces para que los ciudadanos se ordenen a ellas y, a partir de ellas, puedan alcanzar el bien común, el bien de todos los ciudadanos (Tomás de Aquino, “Suma teológica”, I, 96, 4.). es decir, es el bien común y la justicia social quienes realmente legitiman el poder – con la excepción, evidentemente, del poder despótico –.

¿Utopía? Dar a cada uno lo suyo porque es propiedad de alguien, en este caso el bien que merece la incondicional dignidad del ser humano no es utopía, es un deber ético. Desde luego, no hay hombres sin sociedad, no hay sociedad sin derecho, y no hay derecho si la fuente del bien no es, realmente y en exclusiva, la dignidad de la persona – sé que soy pesado con la dignidad incondicional de la persona, pero es la realidad que fundamenta el bien común y la justicia social –.

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comentarios
  1. Excelente reflexión que da cuenta de la necesidad de volver al fundamento “metafísico” de las cosas. Un “ordo social” que no se plantee como fin el bien de la persona humana y el logro del bien común, fundado en la verdad y en la justicia, corre el riesgo de traicionar sus fines que es garantizar el logro de la dignidad humana.

    La dignidad humana ese tiene que ser el eje de todo.

    Un saludo y felicitaciones

  2. Saludos Marcelo. Antes de nada, muchas gracias por comentar. Sin duda si no se recuerda que el fin del orden social (de un Estado de un gobierno…) es el bien común (fundamentado en la dignidad, como bien dices) la sociedad no será más que una banda de ladrones, como bien dice San Agustín en La ciudad de Dios. Esperemos que entre todos vayamos recordando la necesidad de reconocer la dignidad del hombre y que el bien común es el bien mayor de todos.

  3. Pablo F. dice:

    Coincido contigo y con Marcelo, pero en este mundo, y es triste decirlo, impera una cocepción ética hobbesiana donde no existe el bien y el mal objetivo, sino que este depende de la valoración de cada persona. Así, el bien común no es ningún fin y el fin de la política no existe más allá de mantener el gobierno como fin mismo.

  4. Saludos Pablo. Cierto, la problemática de la ética contemporánea, a diferencia de la ética clásica, es su fundamentación: la razón autónoma, que se desentiende de la naturaleza y de la virtud a la que se llega y se fortalece mediante los hábitos. Gracias por el comentario.

  5. Marcos dice:

    La esfera política surge de actuar juntos, de compartir un mundo en vistas al bien común. Si éste no se da es que algunos nos hemos dedicado a mirar por nuestros intereses sin importarnos el de los otros.

  6. Saludos Marcos, muy cierto lo que dice. Gracias por su comentario.

  7. En las fortalezas que presenta el articulo se encuentran por si mismos, los conceptos de dignidad, respeto, existencia, vida humana, derechos, bien común, solidaridad, libertad, principios morales, responsabilidad, autodeterminación económica o afectiva. Conceptos importantes para ser analizados y darle el valor que se merecen en la vida de cada persona.

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