Cuando el deseo de una voluntad cierra las puertas al amor

Publicado: 10 noviembre, 2012 en Pensamiento

De bien seguro que es preferible hacerse acompañar de alguien que percibe sentido o el sentido en la realidad y no por el que añade su voluntad en las cosas. El primero puede ser un utópico, el segundo es un déspota. No obstante, es necesario guardar cuidado, pues entre los primeros hay de los segundos. Con frecuencia, a la realidad se la despoja de su valor, objetivo, susceptible de conocimiento, para otorgarle una significación ideal, ideológica. Hay hombres que rebasarán todo conocimiento, toda certeza, toda verdad con el convencimiento de su propia conciencia de que por encima de todo está la voluntad.

El valor y al mismo tiempo el peligro de la voluntad que quiere situarse por encima de la verdad descansa en que esta, del mismo modo que el sentido posee un propósito y un fin último al que se subordinan los medios y, en definitiva, toda acción, puede dotar de un aparente entidad a la existencia. Además, voluntad y sentido pueden entremezclarse, confundirse, hasta el extremo de que un honesto y riguroso buscador de la verdad es, también, susceptible de convertirse en un falso mesías que deriva, por lo general, en intolerante sembrador de ideas. Así, bajo cierta filantropía o amor desinteresado por el prójimo puede habitar, y de esto hay experiencia empírica, una cegadora y desmedida voluntad de poder cuya intención es dominar, subyugar al otro, pues el verdadero propósito es el creciente, incansable e insatisfecho deseo de más (Schopenhauer y el eterno retorno de Nietzsche).

 También, incluso sin quererlo a priori, es factible que la persona creyente se satisfaga en suponer que actúa por motivos de conciencia, por el bien debido evitando el mal que priva de dicho bien (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, II-II, q. 79, a. 1.). Sin embargo, en realidad, obedece a motivos inferiores que luego su conciencia aprueba. En este estado, en el que el yo obra en beneficio de una voluntad ciega, el amor desaparece y en su lugar resplandece su antítesis: el odio, el desprecio, el egoísmo, pues nunca una voluntad comparte ningún bien con otra, salvo si existe un determinado interés para hacerlo. Además, en esta tiniebla interior también desaparece la libertad moral; ya no cabe la elección, que es el fortalecimiento de la facultad humana de obrar siempre el bien debido o mayor mediante la virtud, sino que se está condenado (de un modo parecido a la libertad en Sartre) a decir siempre sí a todo por ese deseo inagotable de desear más.

Así, en el predominio de la voluntad sin elección no opera la acción justa por la cual se obra el bien dando al otro lo que se le debe. El bien común, que es una intrínseca realidad de la naturaleza humana por la cual el hombre se abre a establecer relaciones de vínculo con los demás buscando y disfrutando del bien de estos con la consideración de que su bien es el propio bien (Tomás de Aquino, “Suma Teológica”, II-II, 114, I, ad 2), se esfuma y, con él, la piedad, la observancia y el tratamiento que debemos a aquellos constituidos de una incondicional dignidad (primero a Dios y a los padres y luego a los demás hombres) por el mero hecho de ser personas humanas y, en efecto, la gratitud de devolver los beneficios de los que hemos sido favorecidos por otros y que por exclusiva cuenta propia nunca hubiésemos adquirido.

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comentarios
  1. Nando dice:

    Una voluntad que sólo desea para su propio yo siempre está al margen de la verdad y del amor. El desear y el querer desear más encierra a la persona en sí misma. Hay un tipo de gente que quiere el querer sin importarle lo más mínimo lo querido y es cierto lo que dices, en determinadas relaciones personales en las que parece que mueve el desinterés en el fondo hay un muy concreto interés.

  2. Saludos Nando, muchas gracias por comentar.

  3. Diego dice:

    El “matrimonio homosexual” hace del matrimonio una institución sin género que sólo se orienta a la satisfacción de los adultos sin abrirse al amor de la familia. Sí, pueden tener hijos por otras vías, pero no por medio del amor de la pareja sino de la apetencia de ambos o ambas de tener un hijo.

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