La vinculación con el Ser y la manifestación de lo sagrado (II)

Publicado: 8 noviembre, 2012 en Pensamiento, Religión

Todo esta lleno de lo sagrado, expresó Tales en un momento de su vida. Es muy difícil, casi improbable, que un hombre contemporáneo haga suyas estas palabras. Hoy, casi todo está vacío de Dios, incluso en los lugares donde se habla de Él y entre las gentes que abrazan una fe determinada. Lo sagrado y lo profano son, en nuestro presente, realidades inconexas. En un mundo tan desacralizado la existencia de lo sacro, en general, se entiende y se reserva al templo, sin embargo hubo un tiempo en el que el hombre asimilaba el cosmos entero como susceptible de convertirse en una hierofanía (Mircea Eliade, “Lo sagrado y lo profano”).

¿Lo sagrado se muestra?, ¿es posible una fenomenología de lo sagrado? Sin caer en el panteísmo, lo sagrado puede mostrarse en la realidad. En cierto sentido, la trascendencia de la religión no es la propia creencia, si bien la fe es un don indispensable, sino la religación que se establece entre el hombre y lo venerable, Dios. Esta simbiosis entre lo de arriba y lo de abajo, entre lo visible y lo invisible se pierde cuando el hombre se aleja de la espiritualidad y reduce la vivencia religiosa a un acto de mera creencia abstracta y afectiva cuando, en sí, existe la unión de los dos planos, de lo sagrado y lo profano, que permite establecer la correcta forma de pensar el cosmos, la sociedad y el hombre.

Los antiguos y así hasta mediados del siglo XIV entendían a la perfección esta unión de los dos planos. Lo sagrado, intuían, puede manifestarse en el mundo: en las piedras, en los árboles o en los ríos. Que estas realidades manifiesten lo espiritual expresa que incluso constituyendo una parte determinada de la realidad son transmutadas a lo sobrenatural; es decir, lo sagrado se deja describir como una manera de habitar el espacio y el tiempo. Estas realidades citadas, las piedras, los árboles y los ríos – puede haber muchas otras – hospedan y revelan lo que está más allá, lo invisible, lo que escapa de toda lógica humana y de toda percepción ordinaria de la contingente realidad y, fundamentalmente, aportan conocimiento de carácter trascendente o metafísico.

Lo importante no es el símbolo mismo. Venerar el soporte material por sí mismo sería panteísmo o idolatría. Lo realmente importante es lo simbolizado, que estas realidades constituyen la presencia real de lo sagrado del mismo modo que el lenguaje manifiesta o revela el pensamiento. Es en este momento que hablamos o podemos hablar de espacio sagrado; un espacio que no es homogéneo, sino que se halla delimitado – el templo – y orientado a partir de la centralidad del lugar sacro. Al respecto, “innumerables figuras, tales como el círculo, el cuadrado, la cruz, el laberinto, el mandala, tienen el mismo poder espacializante respecto de lo sagrado, gracias a las relaciones que tales figuras establecen entre centro, dimensiones, indicación de horizontes, entrecruzamiento de direcciones, etc.” (Paul Ricoeur, “Fe y filosofía”). Sobre esto último, es muy recomendable la lectura de “La ciudad cautiva” del Doctor José Olives Puig en la que, entre otros asuntos, muestra como la ciudad antigua fue considerada una imagen del hombre y del cosmos en la que interactúan lo sagrado y lo profano desde la dimensión más sociopolítica hasta la más espiritual.

Son estos fenómenos concretos y los fenómenos conexos que suponen el cruce o paso de lo profano a lo sagrado y viceversa – camino, puerta, escalera, puente, etc. – los que permiten entender la expresión de Tales apuntada al inicio de esta entrada, que en la realidad espacio-tiempo se percibía la conexión entre lo contingente y lo eterno que llevó a una determinada forma de pensar. No olvidemos, por ejemplo, que la simbiosis entre lo racional – entendiendo por racional el intelecto humano – y lo místico produjo en el seno de la escuela pitagórica la aparición de un luminoso conocimiento matemático basado en la creencia religiosa y teleológica de la existencia de un orden y de una armonía cósmica. Sólo así se entiende que se diga que “el Ser de las cosas es eterno y la Naturaleza misma requiere una inteligencia divina y no humana. Lo que es más, sería imposible para cualquiera de las cosas existentes incluso el ser reconocida por nosotros, si no existiese el Ser básico de las cosas, a partir del cual fue compuesto el universo, lo limitado y lo no-Limitado” (Filolao, “Fragmentos”).

Decía que la religión se percibe, desde fuera, como un mero asunto de creencia, cuando en sí es un acto de religación – religare –, una relación ontológica de total dependencia del hombre a Dios que se expresa propiamente en la dimensión cultural de la vida religiosa entendida como actitud. Ciertamente, de Dios no hay conocimiento intuitivo o radicalmente evidente de Él por lo que es preciso el conocimiento contemplativo del cosmos, la examinación de la propia conciencia y, con la revelación de Cristo, el Evangelio, que ofrecen el suficiente conocimiento para que el ser humano tenga a Dios como fin, pero no como materia u objeto, mediante la adquisición de la virtud, y como Creador. Es en cuanto Creador, que no existe, propiamente, lo radicalmente profano, pues en sentido amplio todo cuanto existe remite y refiere a Dios. Así, también, la dimensión religiosa del hombre pertenece a la estructura de la realidad personal misma, ya que en cuanto creatura su ser procede de Dios; es decir, como ser creado se halla afectado por lo divino. En sentido estricto, lo sagrado es, en palabras de Zubiri, lo que pertenece al Sancta Sanctorum.

Dicho esto, puede verse el mundo como sagrado, es decir, lo religioso, que afecta a todo el ser del hombre, supone un modo de comportarse y de habitar dicho mundo. Es en esta visión sagrada del mundo que se funda la ciudad antigua donde “todo en el cosmos y en la vida del hombre es visto como simbólico y como susceptible de una experiencia trascendente donde no existe un mundo llanamente material desgajado del espíritu, tal como tiende a creer la mentalidad moderna” (José Olives, “La ciudad cautiva”). Esta ciudad es diseñada mediante una representación geométrica – mandala – que representa el orden del cosmos y que desciende desde arriba a modo de Jerusalén Celestial. Por lo general, dentro del mandala se traza un cuadrado con una cruz o aspa en su interior que representa las dos calles mayores o principales – Cardo y Decumanus – que coinciden en el centro, que es el espacio propiamente sagrado, que representa el origen de todas las cosas y a las cuales llena de su presencia (Big Bang); un ejemplo es la Roma quadrata que bien describen Eliade y Ricoeur. Al mismo tiempo, la ciudad, que es una representación del macrocosmos que contiene lo sagrado y lo profano, simboliza al ser humano en comunión con Dios.

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comentarios
  1. Ana dice:

    Joan, me encanta esta entrada… da mucho que pensar, de la necesidad de recuperar el sentido de que la vida entera está empapada de lo sagrado, de que la vida misma es esa vinculación directa y necesaria con Dios… de que no hay un mundo sagrado y otro que no lo es, por la sencilla razón de que el mundo es obra de Dios. Muy buena entrada.

  2. Saludos Ana, me alegra saber que ha sido de su interés. Muchas gracias por el comentario. Un saludo.

  3. Pablo F. dice:

    Muy buena entrada, el hombre, como sujeto y como pensador en cuanto ser racional, es también y fundamentalmente un hombre real que no puede desprenderse de su caracter trascendente y, por ello, no puede obviar lo espiritual.

  4. Saludos Pablo. Muchas gracias por su comentario.

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