La vinculación con el Ser y la manifestación de lo sagrado (I)

Publicado: 7 noviembre, 2012 en Pensamiento, Religión

La realidad del hombre tiene un alcance ontológico. En su existencia se manifiesta de manera fundamental y principal el sentido del ser; es decir, su existencia se halla, de continuo, ante una decisión, cada segundo es un estar, nosotros, haciendo nuestra vida de una muy determinada forma con el fin de dotarla de una unidad significativa, de un sentido mediante el cual se alcanza la autorrealización. La vida del hombre necesita la verdad porque sin ella no hay coherencia interna ni hay la posibilidad de alcanzar, propiamente, una vida lograda: “una vida agitada no es lo mismo que una vida lograda. El sentido es previo a la acción, es lo que escoge, orienta y coordina la acción” (José Ramón Ayllón, “Desfile de modelos”).

No se puede vivir plenamente y con criterio cuando la casi totalidad de las convicciones proceden de un asentimiento ideológico, cuando la existencia no se arraiga en un fundamento sólido, la verdad que se extiende a todo el tiempo, aunque para algunos pueda ser desconocida o permanecer oculta, y que apela al hombre en cuanto que en ella la persona halla la dependencia de su ser. Nadie puede eludir la cuestión de la verdad absoluta que ilumina el ser del hombre y el cual, por su estatuto ontológico, la busca de manera natural, aunque al no conocerla en su esencia puede confundirse y adoptar la búsqueda de una falsa verdad, por ejemplo la ideología.

La verdad es objetiva, en consecuencia no es una realidad abstracta, sino concreta, que de algún modo se revela o manifiesta en el mundo, de lo contrario, si no es susceptible de conocimiento humano, sería una verdad inverosímil. Pero la verdad es logos, de lo contrario no podría iluminar a otra inteligencia, la humana. Así, para no permanecer en la duda perpetua y estéril del escepticismo radical es necesario, primeramente, creer: “es necesario comprender para creer, pero es necesario creer para comprender” (Paul Ricoeur, “La symbolique du mal”), porque si la verdad es inteligencia, la verdad es personal, de ahí que diga que Dios es más real que el hombre, ya que todo ente, en cuanto ente, que no se explica por sí mismo, debe a otro la razón de su existencia.

¿Cómo se demuestra la existencia de la verdad (Dios)? Una de las muchas maneras de acercarnos a esta cuestión es el principio de causalidad (leer: “Dios es más real que el hombre (I)”). La misma existencia de Dios, como ya he dicho en muchas ocasiones, se impone como una exigencia misma de la realidad. El orden del universo, que corresponde a la quinta vía presentada por il buon fra Tomasso, es la prueba que mejor concuerda con el sentido común, que desmonta todo resquicio de casualidad. Al mismo tiempo, en el orden cósmico, en el mundo la realidad remite y manifiesta lo sagrado, así lo expresan Mircea Eliade (“Lo sagrado y lo profano”). El hombre descubre en su espíritu y en la realidad la idea de lo eterno y de lo absoluto como verdadera realidad ontológica que anhela y persigue por intrínseca necesidad de su ser. Cierto, lo eterno y absoluto, lo que denominamos sagrado, pasa muchas veces inadvertido y, sobre todo, desatendido por la persona que, lanzada en el flujo del tiempo, padece en sí misma la vivencia de la nada del ser. No obstante, aunque lo eterno y absoluto se percibe, la mayor de las veces, como lo radicalmente otro, no se halla en cualquier otra dimensión de la realidad, ni mucho menos cual invención de la psique, sino que presente en el tiempo, domina el tiempo y su transcurrir llenándolo de contenido y de sentido.

El ente es el primer concepto que capta el entendimiento y, en cuanto horizonte permanente de inteligibilidad, aquel en el que se resuelven todos nuestros conocimientos: que las cosas son lo que son y que existen (Tomás de Aquino, “De veritate”). Toda actividad humana está determinada por esta apertura al ser, que es su fuente y plenitud. “El sentido del ser se manifiesta manifestando el rostro del hombre” (Paul Ricoeur, “Fe y filosofía. Problemas del lenguaje religioso”), la realidad misma, desde una componente ontológica, teleológica y escatológica, muestra el vínculo entre el ser del hombre y el ser de todos los entes, el Ser en sí. El ser humano no sólo descubre que él no es el origen del sentido, sino que el sentido le es dado.

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comentarios
  1. […] La realidad del hombre tiene un alcance ontológico. En su existencia se manifiesta de manera fundamental y principal el sentido del ser. “El sentido del ser se manifiesta manifestando el rostro del hombre” (Paul Ricoeur, “Fe y filosofía. Problemas del lenguaje religioso”); la realidad misma, desde una componente ontológica, teleológica y escatológica, muestra el vínculo entre el ser del hombre y el ser de todos los entes, el Ser en sí. El ser humano no sólo descubre que él no es el origen del sentido, sino que el sentido le es dado. La existencia alcanza su sentido cuando el hombre se descubre a sí mismo teniendo que ser con la exigencia, siempre, de tomar una decisión para dotar de coherencia y significado su existencia en vistas a un determinado fin último que, de necesario, se entiende como aquello que es lo mejor para la vida de uno. Sin embargo, si bien no existe una universal coincidencia en señalar qué o quién es ese sentido al que todos nos inclinamos por naturaleza, no existe persona que gobierne su existencia al margen de una u otra cosmovisión. […]

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