Dios, el hombre y el conocimiento de la verdad

Publicado: 25 octubre, 2012 en Filosofía, Pensamiento

El conocimiento, lo que entendemos por sabiduría, no es una mera ciencia, sino que supone, ante todo, una elevación del alma humana en su perpetua búsqueda de la verdad en la que descansa el sentido del devenir existencial. En este sentido, no basta una filosofía racional abstracta, sino que es necesario un empaparse mismo de la realidad, y por realidad no solamente la física, y como lo más verdaderamente real es el ente – por qué hay en absoluto un ente y no más bien nada (Heidegger, “¿Qué es la metafísica?”) – la aproximación al conocimiento del ser en sí es lo que más anhela el corazón del hombre.

Sin embargo, en rigor, el ser en sí es lo más radicalmente distinto del hombre, que posee el ser por participación; en consecuencia, el reconocimiento del carácter absoluto del Ser conduce o puede conducir a la humanización del mismo, pues la mente del hombre, si bien puede dudar y juzgar, sólo puede permanecer en una perenne reflexión sobre el ser en sí si no entra en una relación directa y, fundamentalmente, personal, con el mismo Ser en sí. De lo contrario, el Absoluto se convierte, dispuesto en un plano del pensamiento, en una representación de la voluntad del hombre, y no sólo en aquella persona digamos atea o agnóstica, sino también en la creyente o, al menos, la que se dice creyente. Y esto es así porque si la verdad absoluta no se revelara al hombre de manera humana y como objeto susceptible para el conocimiento humano sería una verdad inverosímil o, como vulgarmente se ha dicho en muchas ocasiones, puro narcótico que, en palabras de Spaemann y Pascal, no conduciría más que al callejón sin salida que es la vivencia de la nada del ser o a una duda que sostiene la absolutización de una razón que por sí misma no es lo suficiente firme.

No obstante, a pesar de esta lógica aplastante, los hombres separan la fe y la razón por considerarlas radicalmente contradictorias mediante justificaciones intelectuales – o pseudointelectuales – que no parecen escasearles. Así, el pensamiento humano se torna, sin motivo aparente, en el conocimiento de la realidad misma en su totalidad. Sin embargo, por mucho que se pretenda hacer comprensible y razonable todo porqué, sólo por causa de un hechizo podrá afirmarse que por la sola razón el hombre puede alcanzar el sentido último de la realidad, su verdad más absoluta. Pero el conocimiento humano, por sí mismo, hoy y mañana, sólo es y sólo podrá ser provisional y altamente deficiente, a pesar de los magnos logros que se alcancen, de la auténtica verdad, de una verdad que, lejos de ser abstracta, es autoconsciente: Dios, la Inteligencia que se abre a otra inteligencia, la del hombre.

Aunque no sea razonable, al menos en el sentido intelectual, podemos plantearnos deponer a Dios. No obstante, si deseamos hacer auténtica filosofía, una filosofía altamente rigurosa que no apele a ninguna subjetividad, sino a la más pura evidencia, sin sombra de duda ni error, ¿podríamos, como Descartes, basarla en el entendimiento humano?, ¿podemos estar seguros de que todo aquello que se presente como conocimiento verdadero lo es evidentemente sin verter en él un solo resquicio de duda? No. No podemos. Nunca, nadie, puede dar por supuesta la racionabilidad de la razón; y no puede porque, gracias a la misma razón, somos conscientes de que el conocimiento humano, por sí mismo, no puede encontrar en sí mismo el fundamento de la verdad, aunque ese fuese su propósito, que desde luego no lo es porque la realidad misma es mucho más trascendente que la realidad de nuestro entendimiento y del cosmos, que es un microcosmos dentro del macrocosmos que es el Ser en sí, la verdadera realidad.

Siempre es importante tener presente las palabras de Pascal expuestas en sus Pensées: “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar”. Porque si no tenemos esto claro en nuestro entendimiento corremos el peligro, en nuestro reduccionismo, de caer en el error de Feuerbach, quien sostiene que el Ser en sí no da el ser al hombre, sino que es el hombre quien da el ser al Ser en sí, quien no sería más que una gran proyección de un gran proyector: el hombre. Es decir, el peligro de hacer depender la verdad del ser en sí de nuestro conocimiento según nuestra sola razón, altamente manipuladora cuando se interpreta su irrestricta racionabilidad.

Por otro lado, como ya he dicho en otras ocasiones, la fe no sólo no es irracionalidad, sino que ella misma afirma que todo ser es producto del Pensamiento: “El hombre puede pensar porque su propio logos, su propia razón, es logos del Logos, pensamiento del Pensador, del espíritu creador que impregna el ser” (Joseph Ratzinger, “Introducción al cristianismo”). Dios, por ser logos, garantiza la racionalidad del mundo y del ser del hombre, así como la adecuación de la razón humana a Él y viceversa aunque, evidentemente, la suya nos supera y trasciende de modo radical. Sin embargo, Dios, por ser logos, viene al encuentro del hombre, de la razón del hombre en Jesucristo.

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comentarios
  1. […] o manifiesta en el mundo, de lo contrario, si no es susceptible de conocimiento humano, sería una verdad inverosímil. Pero la verdad es logos, de lo contrario no podría iluminar a otra inteligencia, la humana. Así, […]

  2. […] del hombre que remite al Ser en sí, que es su causa y fundamento. Todo sujeto, sin excepción, es inducido a recorrer este camino cuyo acontecimiento último es despertar en la verdad y en el bien universales y eternos mediante […]

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