El ejercicio de la política desde la virtud o desde la ideología

Publicado: 23 octubre, 2012 en Ética y Moral, Política

Todo plan de vida es moral en cuanto que todas las acciones libres son morales. Por esta razón no todos los planes de vida son buenos en sí porque no todas las acciones libres son moralmente buenas. No obstante, ocurre con relativa frecuencia, que la persona es amiga o detractora del modelo de vida del otro, no por un razonable juicio ético, sino por guiarse en sus manifestaciones más por la ilusión de la voluntad, y ya sabemos que en ocasiones los deseos del corazón son tan retorcidos como los sacacorchos (Hannah Arendt). Así, el modelo de vida del otro no es bueno o malo por el grado de simpatía que despierta en nosotros, sino, más bien, por la virtud que reside en él.  

Lamentablemente lo bueno y lo verdadero, que es a lo que tiende el ser por naturaleza, queda oculto en la persona por causa de una voluntad que se deja guiar más por el deseo, que es la tendencia hacia los bienes captados por la sensibilidad, que por el querer. Esto ocurre cuando no se conoce realmente en qué orden de cosas y bajo qué designio estamos destinados a vivir. Sin embargo, gracias a la inteligencia, el hombre está abierto no sólo a conocer lo que es fin – finalidad de algo –, sino también la razón de fin que conduce a elegir los medios para dirigirse hacia los fines previamente conocidos.

A menudo, en política sucede que la verdad y el bien es aquello que defiende la ideología y lo que sostiene la opinión pública. Así, el debate político – que nunca puede separarse de la ética, por lo que urge la recuperación del binomio ética-política, inseparables en el pensamiento griego y medieval – se desarrolla en un ámbito anegado de posturas pseudoéticas situadas en planos distintos y tan radicales las unas de las otras que sólo favorecen la presencia de la confrontación. Esta falta de conocimiento de la moral y de la existencia de un principio que la fundamenta lleva a la idea de pensar que la ética, que no es ideología, se arma del mismo modo que un rompecabezas, pero en este caso sin la existencia de un modelo patrón que es causa sui.

Es evidente que si no se comprende que la realidad y el hombre tienen un propósito cualquier sistema ético no es más que la edificación de una ciudad cuya política construye el bien común de manera arbitraria y despótica porque el fin que se desea es más bien el poder que la libertad y la realización de los ciudadanos. Por qué ocurre esto. Es sencillo de explicar, ya no tanto de entender. Bien decía Hölderling que el hombre moderno ya no tiene pasión por la verdad objetiva, sino que sumiso y subordinado por el peso de la ideología discierne que la verdad es aquello que defiende la mayoría o la mayoría de los que piensan del mismo modo. Sin embargo, y de eso ya nos advierte Machado, la conducta ética no es correcta por estar establecida por la mayoría, sino por ser coherente y respetuosa con la lógica de la realidad.

Derrumbada la autoridad religiosa no somos, no obstante, lo suficiente maduros para comprender la razón de bien y de verdad objetiva y, en cambio, somos demasiado atrevidos para remplazar la creencia en Dios por la creencia en la ideología, a la que dejamos que se convierta en el fundamento de nuestra existencia. Así, la vida de la persona está más determinada por el deseo de creer o de creerse que la ideología es la plenitud existencial que por la fuerza de la razón que es la que nos conduce a la vida virtuosa. De este modo, el bien y la verdad se suplantan por el deseo, el sentimiento egoísta y el interés particular de la ideología que actúa en el hombre a modo de seguridad firme y perfecta sobre la realidad.

El peligro evidente de la ideología es que no posee ninguna profundidad, sino que es extrema y puede crecer desordenadamente y arrasar el mundo porque se extiende como un hongo en la superficie. Por esta razón desafía el pensamiento, porque éste intenta alcanzar alguna profundidad y en la ideología no hay nada, motivo por el cual es sostenida, siempre, por un soborno del entendimiento. El escenario más doloroso en el que puede hallarse una mente no mediocre o lo suficiente sincera para no traicionarse a sí misma, y esto lo hemos visto los últimos días y semanas desde determinadas posiciones herméticas de determinados sectores de la Iglesia y del nacionalismo español, es el de verse deslizada en dirección contraria a los dos fines más sublimes: la verdad y el bien común. Por lo general, la persona altamente seducida u obnubilada por la ideología es excesivamente disciplinada y dependiente, es decir, obra con una fervorosa adhesión acrítica a los dictados del líder o de la ideología misma sin previa reflexión, por lo que no tiene ni siquiera un concepto claro y definido de cualquier cosa; la desoladora y vacía palabrería desprovista de una previa reflexión ha difuminado y disuelto su capacidad mental. Así, no sólo falta a las ideas de los demás, sino también a la persona misma mediante insultos y ofensas.

En cambio, una persona virtuosa, en democracia, presta todos sus servicios a la verdad y al mayor bien posible, que no es otro que el bien común, el de toda la humanidad, aceptando y reconociendo que “la autodeterminación es un derecho político del hombre. Ninguna población puede renunciar a determinar ella misma su forma de vida” (Karl Jaspers, “Libertad y reunificación. Tareas de la política alemana”), con el objetivo, insisto, de favorecer siempre el bien común como objetivo prioritario. Razón por la cual, recientemente, monseñor Taltavull afirmó que “la Iglesia debe estar con el pueblo. Si el pueblo decide una resolución así desde la democracia (la independencia), con deseo de paz y de entendimiento, la Iglesia debe servir este pueblo y estar con él”.

Es un deber ir al rescate de la inteligencia seducida y enajenada por la ideología, pues ninguna doctrina política puede aceptarse unánimemente como la verdad ni, mucho menos, imponerse con despotismo, amenazándose a otro con el uso de la fuerza. En democracia las ideas se ponen a discutir y se vencen mediante el voto, pues sólo en “los estados mal gobernados prohíben a los ciudadanos, bajo pena de muerte, tocar la constitución” (Platón, “La república”, IV, 426c). Pero si vivimos en democracia y buscamos el bien común hemos de obrar virtuosamente y no mediante el terror ni apelando a una falsa autoridad absolutista de origen divino. Es decir, las leyes, como instrumentos o medios para alcanzar el bien común, no pueden ser el impedimento para el desarrollo natural y necesario de la sociedad del momento, sino que como medios e instrumentos deben actualizarse constantemente en vistas a los bienes concretos de la sociedad, los cuales no son un simple conjunto de ventajas, sino que suponen la aspiración a la rectitud de vida de las personas (Aristóteles) y hacen posible la comunión en el buen vivir en la consideración de la incondicional dignidad del ser humano.

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comentarios
  1. Sigfrid dice:

    “Cuando las leyes son injustas, no obligan en el fuero de la conciencia”. Jaime Balmes. Filósofo y sacerdote español (1810-1848)

  2. Mariano dice:

    Muy buena entrada. Respecto a si no son legales los referéndums en la democracia española, si esto lo consideramos así estamos ante una ley injusta y “si una ley es injusta, un hombre no solo hace bien desobeciéndola, sino que está obligado a ello.” (Thomas Jefferson).

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