La presencia de Dios está inscrita en la naturaleza del hombre

Publicado: 15 octubre, 2012 en Filosofía, Religión

La presencia de Dios está inscrita en la naturaleza ontológica del ser humano. El hombre descubre en su espíritu no sólo la idea de lo eterno y lo absoluto, sino como verdadera realidad que anhela y persigue por intrínseca necesidad de su ser. Cierto, lo eterno y absoluto, lo que denominamos por sagrado, pasa muchas veces inadvertido y, sobre todo, desatendido por la persona que, lanzada en el flujo del tiempo, padece en sí misma la vivencia de la nada del ser. No obstante, aunque lo eterno y absoluto se percibe, la mayor de las veces, como lo radicalmente otro, no se halla en cualquier otra dimensión de la realidad, ni mucho menos cual invención de la psique, sino que presente en el tiempo domina al tiempo y su transcurrir llenándolo de contenido y de sentido.

Dije recientemente que “la pregunta por el sentido de la vida no es el capricho del sacerdote o del intelectual, sino que el hombre, quizá sin saber por qué o el cómo, se descubre a sí mismo teniendo que ser en todo momento y en todo lugar”. Al ser humano no le es dada ni impuesta la forma de vida como le es dada e impuesta al universo y al resto de los seres vivos. El hombre está condenado a ser libre (Sartre, El ser y la nada), la existencia humana se encuentra siempre ante una decisión (Heidegger, Ser y tiempo): la persona humana tiene que elegir en todo instante la forma de su vida (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo). Esta libertad de elección radica en que el hombre se halla íntimamente requerido, por su naturaleza ontológica y movido por su razón y no por el libre arbitrio, a elegir lo mejor: ser lo que debe ser.

Bien dice el Aquinate que el hombre percibe en la existencia un fin teleológico. Del mismo modo en el que Aristóteles señala que la acción que tiende a un fin está presente en todas las cosas que llegan a ser y son por naturaleza, el hombre, si quiere realmente ser, tiene necesariamente que adoptar una muy determinada forma de vida, que es aquella acorde a su estatuto ontológico, en la que el Ser en sí es el bien absoluto del hombre en cuanto que es su fundamento. Sin embargo, el hombre contemporáneo es un sujeto que se experimenta arrojado a la limitación del espacio y del tiempo, encerrado en una naturaleza sin trascendencia cuya dignidad zozobra en cada embiste. Y la motivación de esta tragedia no es una cuestión intelectual, aunque así pueda ser en alguien, sino en el desarraigo metafísico que conduce al culto a la humanidad, al abandono de Dios y a la consecuente pérdida de la conciencia de la trascendencia del hombre.

Así, indiferentes a lo divino y despreciadores de lo hondamente humano sólo resta la contemplación estética, que expresa con belleza y crudeza al mismo tiempo Fernando Pessoa en Libro del desasosiego, donde señala: “no tomando nada en serio, ni considerando que nos fuese dada, por cierta, otra realidad que nuestras sensaciones, en ellas nos refugiamos, y a ellas exploramos como a grandes países desconocidos”, y concluye con un grito desesperado: “No tengo fe en nada, esperanza de nada, caridad para nada. Abomino con náusea y pasmo de los sinceros de todas las sinceridades y de los místicos de todos los misticismos o, antes y mejor, de todas las sinceridades de todos los sinceros y de los misticismos de todos los místicos… me considero feliz de no tener que amar a alguien”. El hombre ya no cree tener ‘sobre sí’ su fundamento existencial y su judicatura moral que, al mismo tiempo, le hermana con la humanidad con la que comparte un mismo camino y una misma esperanza.

La contemplación estética de Pessoa es la vivencia de la nada del ser de la que nos habla Pascal en los Pensées, pues cuando el hombre ya no considera que el Absoluto sostiene y garantiza la existencia, el cual se busca, no por interés, sino porque confiere la auténtica felicidad del hombre (San Agustín, Retractationes), éste no puede vivir en sentido propio y se convierte en un ‘muerto viviente’. El hombre no es el ‘gran ser’ de Comte, ni el ‘último pensamiento’ en el sentido en el que lo expresa Feuerbach, pues conduce a la soledad, a la oscuridad y al vacío que produce el falso ídolo que no permite ser lo que uno debe ser.

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comentarios
  1. Cristina Bec dice:

    Muy buena entrada, Joan. La he imprimido, la leeré de nuevo en el tren de camino a casa.

  2. Saludos Cristina, muchas gracias, me alegro que sea de interés. Un saludo.

  3. […] y e…Miguel Angel García … on Wert mantiene los recortes y e…Joan Figuerola on La presencia de Dios está insc…Cristina Bec on La presencia de Dios está insc…La presencia de Dios… on San […]

  4. […] se deba, fundamentalmente, a la evolución de la cultura contemporánea que arrastra al hombre a la vivencia de la nada del ser y, al mismo tiempo, convierte a la religión en un fenómeno que nada o poco tiene que ver con el […]

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  6. […] veces inadvertido y, sobre todo, desatendido por la persona que, lanzada en el flujo del tiempo, padece en sí misma la vivencia de la nada del ser. No obstante, aunque lo eterno y absoluto se percibe, la mayor de las veces, como lo radicalmente […]

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