Decidir no nos hace libres, decidir es una consecuencia de ser libres. Lo que hace libre es la autorrealización como persona humana

Publicado: 26 septiembre, 2012 en Libertad

El hombre, al ser el principio de sus operaciones, experimenta la libertad, en un primer orden, ante la ausencia de coacción; así, la interpreta como la capacidad para hacer algo que previamente ha decidido sin la presencia de obstáculos. No obstante, ésta una definición muy limitada de la libertad, pues olvida que la dimensión fundamental de la libertad, que nunca es un fin en sí misma, apunta al dominio de los actos humanos, que son todos aquellos susceptibles de una valoración ética. Así, en su sentido último la libertad y la moral son inseparables, pues, como decimos, la libertad apunta hacia el autodominio de los actos por los cuales la persona se dirige, mediante una muy determinada forma de vida, a alcanzar su verdadero fin: la autorrealización.

La libertad, por tanto, no es el simple ejercicio de la voluntad sin límite, sino que donde sucede el ejercicio de lo libre y voluntario interviene, de modo natural – intrínseco –, lo propiamente moral. Es decir, el sujeto de lo moral y de lo inmoral es siempre y exclusivamente la voluntad libre y racional, que es dueña de sus actos y que, al mismo tiempo, puede responder, responsablemente, de ellos. Por tanto, la moral designa el modo de gobernar las acciones libres, pues, todas las acciones libres, y sólo ellas, son morales, y, todas las acciones morales, y sólo ellas, son libres. En consecuencia la libertad, en primera y última instancia, no es la autonomía absoluta de la voluntad, sino el autodominio de las acciones de la persona por las cuales, insisto, se dirige a su propia realización.

Hoy, es frecuente ver a personas que sostienen a modo de bandera de la libertad el ‘derecho a decidir’. Sin embargo, el hecho simple de decidir no nos hace libres, sino que decidir es una consecuencia de ser libres. Lo que nos hace libres es escoger el bien – el fin hacia el que nos dirigimos y por el cual ordenamos nuestra existencia – ningún derecho se fundamenta en la libre elección, pues, como ya hemos dicho, todas las acciones son morales porque son libres y todas las acciones son libres porque son morales, pero todas las acciones morales y libres no implican por sí mismas que sean necesariamente buenas por el simple hecho de elegirlas. Si el derecho a decidir justifica las acciones, debería permitirse todo, lo moral y lo inmoral, ya que cualquier acción se realiza en virtud de una decisión libre.

Así, la libertad, que es el autodominio de las acciones orientadas al fin último del hombre – fin que no es objeto de su elección, la felicidad, en la que se vive parcialmente desde el momento en que uno se orienta mediante sus acciones hacia ella –, también supone, en cuanto que moral, la necesidad de desprenderse de aquellas pasiones que impiden o pueden impedir el ejercicio del bien mediante la adquisición de la virtud, ideal de la vida buena que nos desprende de la falsa libertad: el libertinaje propio de una vida desordenada cuyo fin, erróneo, no apunta al bien común, sino al falso goce de una pasión contingente y particular de un yo que se ve impedido de ajustarse a la verdad de la perfección de su ser, que se alcanza mediante una muy determinada forma de vida por la cual somos, en todo momento, quienes debemos ser en concordancia con nuestro estatuto ontológico.

Que el ‘derecho a decidir’ sea la bandera y el fundamento de la libertad es, en sentido estricto, lo mismo que decir que las tendencias – los instintos en los animales – son el fundamento de la libertad. Pero el hombre, nunca, puede gobernar sus acciones contra la razón mediante impulsos irracionales dejando total autonomía a la voluntad, sino según la razón con la que es revestida su naturaleza ontológica y por la cual tiene dominio de sus actos; unos actos que apuntan a un fin, el bien. Un bien, que hay que añadir, que es, en última instancia, el bien común: el bien del hombre es un bien eminentemente social, consecuentemente hay que anunciar a aquellos que sostienen el ‘derecho a decidir’ que nunca pueden olvidar que el bien reside y descansa en la promoción y perfección del bien de persona de los demás hombres – su dignidad ontológica – y que todos tenemos el deber de respetar la libertad de los demás – dignidad moral –. Y, como vemos, el derecho a decidir, por ejemplo, que una mujer puede abortar, atenta contra la perfección del ser humano a quien se le coarta la existencia de manera radical y definitiva y de la misma humanidad, al no concebirse a la persona como lo que es, un fin en sí misma.

 Así pues, la libertad humana es la afirmación y la reafirmación de la singularidad del hombre que mediante la autoposesión y dominio de los actos libres puede autorrealizarse desplegando en el obrar la dignidad de su ser. Y esta es una exigencia moral intrínseca en el hombre pues si esto no se cumple la persona, de inmediato, deja de ser un sujeto viable, pues no puede ser, en este caso, quien debe de ser; y ser quienes debemos ser no es sólo una necesidad humana, sino también un imperativo de autenticidad.

Bibliografía:

Ortega y Gasset. “El tema de nuestro tiempo”

Ortega y Gasset. “El hombre y la gente”.

Antonio Millán-Puelles. “El valor de la libertad”.

Anuncios
comentarios
  1. guy dice:

    Persona humana!!! Qué gran intelectual! Por cierto escribe en tu lengua propia!!

  2. Saludos apreciado Anónimo. Gracias por comentar, por el piropo y por el consejo. Un saludo.

  3. […] recientes Joan Figuerola on Decidir no nos hace libres, de…guy on Decidir no nos hace libres, de…Joan Figuerola on Infocatólica: “un […]

  4. […] por la verdad, que arranca siempre de una postura libre ante la realidad, exige, irremediablemente, una postura moral pues, como decimos, la vida del hombre no es una mera reflexión, sino un tener que hacerse en cada […]

  5. […] Decidir no nos hace libres, sino que decidir es una consecuencia de ser libres; del mismo modo, la moral no se limita en ser el conjunto de normas que posibilitan la convivencia en sociedad, sino que es el conocimiento que mediante la práxis nos permite vivir como es propio de un hombre. Pero, ¿cuál es la vida propia de un hombre? ¿No basta con vivir de manera espontánea cada uno de los instantes de la existencia? No. Cuando Aristóteles señala que el hombre es un zoon politikon que se abre a establecer relaciones de vínculo con los demás, no lo dice porque sí. Los animales no requieren aprender muchas cosas, menos determinado arte, sino que se sirven y se bastan con el instinto para desarrollar su existencia. El hombre, sin embargo, posee un patrimonio tendencial ridículo, por lo que necesita aprender lo propio de su naturaleza. Además, es un zoon logon por lo que precisa instruirse en el lenguaje para comunicarse (lexis) en esa segunda naturaleza (Paul Ricoeur) del hombre que es la sociedad, el único lugar donde podemos mostrar real e invariablemente quienes somos (Hannah Arendt, “La condición humana”). […]

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s