Una aproximación a la verdad en el pensamiento de Joseph Ratzinger

Publicado: 12 septiembre, 2012 en Pensamiento, Ratzinger

Es una obviedad que la pregunta por la verdad centra la obra intelectual y teológica de Joseph Ratzinger quien, para aquellos amantes de las curiosidades, nace el mismo año en el que Martin Heidegger, un enamorado por la cuestión del logos y la lógica de la verdad, publica Ser y tiempo. En su tesis La teología de la historia en San Buenaventura, el futuro Romano Pontífice de la Iglesia Católica señala o introduce una perspectiva importante a la hora de aproximarse a la verdad. Ésta, afirma, se manifiesta en la historia, el hombre es un ser abierto al conocimiento de la realidad; no obstante, la historia ni el hombre pueden atrapar la verdad pues, de lo contrario, se cae en un reduccionismo.

Ratzinger, que considera que la fe nunca puede darse por supuesta y que siempre tiene que ser pensada y nuevamente manifestada, se pregunta si las ideas son modificables o si, en cambio, la verdad es una realidad trascendente siempre válida en todo tiempo y en todo lugar de manera que una vez encontrada no necesita ser refutada. Ante esto, afirma, tras una profunda reflexión que no es la razón del hombre – a cuya racionalidad nunca puede darse por supuesta, dice con empírico acierto Blaise Pascal, ya que ella misma, la razón, reconoce que no ha podido alcanzar ni encontrar nada estable – la que debe juzgar a la verdad, sino que es la verdad la que debe domeñar al hombre. Así, Ratzinger afirma la existencia de una verdad absoluta: “La fe hace posible el acceso a la verdad absoluta, que sea conocida una única verdad en todo tiempo y que no sea creada en cada momento para amoldar la verdad a los tiempos que corren” (Joseph Ratzinger, Theologia Perennis?, 1960).  

La verdad se presenta al hombre mediante una forma que puede ser conocida y comprendida por la razón humana y aprehendida según sus límites y parámetros propios. Es decir, la verdad absoluta se manifiesta al hombre de un modo no absoluto, sino humano, para que pueda ser conocida y expresada por la persona humanamente. Esta verdad expresada de manera humana sí contiene el Absoluto pero no de manera absoluta, sino de la manera limitada en que lo está la razón del hombre.

La verdad se revela y el hecho de la resurrección es el mayor ejemplo para entender, en esa armonía de la fe y de la razón, la trascendencia de la verdad. Cristo resucita en la historia, se convierte en un pasado que, al mismo tiempo es el futuro que se transforma en eternidad. Aquí podemos comprender que la verdad se manifiesta de modo humano pero, a la vez, rebasa lo estrictamente humano. La verdad se manifiesta en la historia dando razón y sentido de una historia medida por una verdad hecha historia pero fundamentada en Dios que, al mismo tiempo, marca el destino al que debe dirigirse el hombre mediante las experiencias concretas de la existencia y en adecuación a una verdad que marca lo absoluto y que se manifiesta y vive en la Iglesia.

Si la verdad absoluta no se revelara al hombre de manera humana y como objeto susceptible para el conocimiento humano sería una verdad inverosímil o, como vulgarmente se ha dicho en muchas ocasiones, puro narcótico que, en palabras de Spaemann y Pascal, no conduciría más que al callejón sin salida que es la vivencia de la nada del ser. Pero la verdad no conduce a la zozobra, sino que abre las puertas de la salvación en la que el hombre alcanza la plenitud en el Ser en quien halla su dependencia ontológica. De este modo, la verdad en la historia es esencial al hombre en la medida que en ella está en juego su propia existencia pues la historia es la historia de la salvación del hombre.

Al hombre le es dada la vida, pero no la forma en que debe vivirla. La persona, sujeto racional y libre debe vivir de una forma muy determinada para resolver su existencia de la mejor manera posible y ésta no es otra que siendo quien debe ser entrando en diálogo con Dios, que es el único modo de conocer todos los aspectos de una verdad que se manifiesta en la historia pero que va más allá de la historia: “No es posible mantener por mucho tiempo la autonomía de la verdad si no se aprende a ver en todo ello la íntima fisonomía y dignidad del Dios viviente. Por esta razón, el respeto profundo de cara a la verdad no es separable en última instancia de aquella actitud genérica que denominamos adoración” (Joseph Ratzinger, Natura e compito della teología, 1993).   

Cuando el Estagirita señala en su Metafísica que el hombre anhela por naturaleza conocer, subraya lo esencial del ser humano pues, en palabras de Juan Pablo II “Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad” (Fides et Ratio, 1998). Al hombre no le es impuesta la forma de su vida por está razón, para que su libertad y su entendimiento, elija la mejor forma posible de vida acorde a su estatuto ontológico, que es vivir en correspondencia con el bien y la verdad absoluta. Así, el hombre, para ser, tiene que ser necesariamente lo que debe ser según una muy determinada forma de vida; consecuentemente, debe entrar en diálogo con Dios pues “en el hombre existe la presencia inexcusable de la verdad, de la verdad del Creador, que se ofrece por escrito en la revelación de la Historia Sagrada. El hombre puede ver la verdad de Dios en el fondo de su ser creatural” (Joseph Ratzinger, Verdad, valores, poder. Rialp, 2005). Evidentemente, por su libertad, el hombre puede dejar de querer ver esta verdad, pero, en ese momento, en palabras de Ortega y Gasset, se queda sin ser nada porque sólo puede ser verdaderamente quien tiene que ser, su auténtico ser (Ortega y Gasset, El tema de nuestro tiempo. Alianza Editorial, 2006).

Bibliografía:

Martín Heidegger, “La pregunta por la verdad”. Alianza Editorial, 2004.

Joseph Ratzinger, “La teología de la historia en San Buenaventura”. Encuentro, 2004.

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  2. […] consecuente toma de postura frente a la realidad se decide siempre teniendo que ser en el momento la pregunta por la verdad es una necesidad intrínseca de la naturaleza humana fundamental para el obra humano, pues el […]

  3. […] sino también en la creyente o, al menos, la que se dice creyente. Y esto es así porque si la verdad absoluta no se revelara al hombre de manera humana y como objeto susceptible para el conocimiento […]

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