San Jerónimo

Publicado: 10 septiembre, 2012 en Patrología

San Jerónimo nació en Estridón, una ciudad perteneciente al imperio romano de la provincia de Dalmacia (Croacia), cuya ubicación exacta se desconoce, alrededor del 347. Perteneciente a una familia acomodada se traslada a Roma para desarrollar sus estudios que compagina con una vida más bien licenciosa, cargada de sensualidad y de fuerte orgullo. Al concluirlos, en el 366, recibe el sacramento del bautismo de manos del Papa Liberio y, motivado por la vida monástica, se retira al desierto de Antioquía donde vivirá cual anacoreta renunciando a su carrera de funcionario.

Gran amante de la literatura compagina a los clásicos latinos – Cicerón y Virgilio – con los autores cristianos. Sin embargo, durante una Cuaresma padece un sueño, que narra en una carta que remite a Santa Eustoquia, en el que se ve ante Jesucristo para ser juzgado: “De repente, arrebatado en espíritu soy arrastrado al tribunal del juez, donde había tanta luz y era tan grande el resplandor por el brillo de los presentes que, echado en tierra, no me atrevía a mirar hacia arriba. Al ser interrogado sobre mi condición respondí ser cristiano. El que presidía dijo: ‘mientes. Eres ciceroniano, no cristiano; porque donde está tu tesoro ahí está también tu corazón’. Entonces me callé y entre los azotes – pues había mandado que me golpeasen – me sentía más atormentado por el ardor de la conciencia, considerando para mí el versículo: ‘Quien te confesará en el infierno’. Entonces empecé a gritar gimiendo: ‘ten piedad de mí, Señor. Ten piedad de mí’. Esta voz resonaba entre los azotes. Por fin los asistentes, de rodillas ante el presidente, le rogaban que excusase mi juventud para dar lugar a la penitencia por el error y que se cumpliese el tormento si alguna vez volviese a leer libros de literatura pagana” (San Jerónimo, Epístolas).     

Desde ese momento y, al menos, durante los siguientes quince años abandonará la lectura de autores paganos para centrarse en el estudio de la Sagrada Escritura retirándose, en el 375, al desierto de Calcis (Siria) con el propósito de expiar sus pecados. En 380 es ordenado presbítero en Antioquía. En 382 participa en el Concilio de Roma y gracias a su inmediata amistad con el Santo Padre Dámaso I se quedará en la capital del Imperio como su secretario particular realizando apostolado en los ambientes aristocráticos. Durante esa etapa, breve, conoce a Santa Paula, con la que partirá a Tierra Santa con la muerte del Romano Pontífice, a la postre su único valedor en Roma. Fundará dos conventos en Belén, uno mara religiosos y otro para religiosas, en el que, precisamente, fallecerá la santa, patrona de las viudas, el 26 de enero de 404.

San Jerónimo es, entre muchas de sus virtudes, un excelente traductor, de modo especial destaca su versión latina de la Sagrada Escritura (Vulgata), aunque también se ocupa de textos patrísticos que traduce del griego al latín, desde la Chronica de Eusebio de Cesarea a homilías de Orígenes. Por otro lado, también dejará constancia por escrito su ideal monástico en Vita Malchi y Vita Hilarionis inspirándose en San Atanasio. No obstante, en cuanto a obra se refiere, lo más destacado de este insigne Padre de la Iglesia son sus epístolas en las que escribe de temas diversos desde el ministerio sacerdotal hasta la vida monástica. En cuanto a su doctrina, destaca más que sorprende el énfasis en señalar que la Escritura es un excelente lugar de encuentro con Jesucristo y que no acudir a la lectura bíblica es ignorar al mismísimo Señor.

Al mismo tiempo que es un riguroso lector de la Biblia, a la que considera signo y misterio de la Creación y de la Redención, como asceta exhorta a la persona religiosa sea un sujeto intelectual que alcance a contemplar y comprender la realidad de Dios en la creación para dejarse, con sentido, perderse en Él mediante el alimento que ofrece la Palabra: “¿Hasta cuando te oprimirán las sombras de un techo? […] Es cosa dulce dejar la carga del cuerpo y volar al puro fulgor del éter. ¿Temes la pobreza? Pues Cristo llama bienaventurados a los pobres. ¿Te espanta el trabajo? Pues ningún atleta es coronado sin sudores. ¿Te preocupa la comida? ¡La fe no tiene hambre! ¿Tienes miedo de estrellar sobre la dura tierra los miembros extenuados por el ayuno? Pues a tu lado se acuesta el Señor. ¿Te horroriza la descuidada cabellera de una cabeza escuálida? Pues tu cabeza es Cristo. ¿Te aterra la extensión sin límites del yermo? Pues paséate en espíritu por el paraíso” (San Jerónimo, Epístolas).

San Jerónimo fallece el 30 de septiembre de 420.

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comentarios
  1. Sugel dice:

    San Jerónimo es un exponente vital de un principio teológico que dice “la gracia no suple la naturaleza, sino que la perfecciona”, es decir, Dios obra en nuestra naturaleza pero no la cambia, la eleva, cada cual es el que es, posee una forma de ser y un carácter que la santidad no modifica sino que eleva. ¿Por qué esta afirmación? San Jerónimo posee un carácter rudo, áspero, demasiado fuerte, que lo lleva a tener conflictos con todos por sus salidas fuera de tono, su correspondencia casi insultante. En la primera experiencia de eremitorio, su carácter hizo imposible la convivencia y se disolvió. Su íntimo amigo Rufino de Aquileya, que trabajó con él y lo acompañó durante años, se tuvo que distanciar y acabaron enfrentados; algo semejante le ocurre con san Agustín mediante las epístolas que intercambian, siendo san Agustín el que prefiere suavizar y contemporizar ante las violentas respuestas que Jerónimo le envía…Pues sí, se puede ser santo con un carácter tan difícil. La gracia eleva el corazón, pero cada uno conserva el temperamento natural que recibió y el carácter que se forjó. No todos los santos son dulces en sus formas, ni comedidos en sus palabras, ni con una sonrisa permanente en sus labios; también los hay duros, fuertes, secos, ásperos, bruscos: ¡pero es que amaron a Jesucristo con pasión!, y en eso consiste la santidad.

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