¿Es evolución para la humanidad que la ley permita la muerte asistida?

Publicado: 8 septiembre, 2012 en Eutanasia

El caso de Tony Nicklinson, una persona parapléjica que falleció tras negarse a recibir tratamiento médico por una pneumonía una semana después de que la justicia británica rechazara su petición de morir al entender que la eutanasia voluntaria es un asesinato, mantiene abierto el debate sobre la muerte asistida, secuestrado por un lenguaje ideologizado y esperpéntico hasta el extremo de afirmarse que “es ridículo y vergonzoso que la gente tenga que viajar al extranjero para poner fin a su vida en lugar de poder hacerlo en su casa”.

Anna Soubry, nueva ministra de Salud, considera que la ley sobre la muerte asistida es “ridícula” y “terrible” y que es necesario que la legislación “evolucione” para que la gente pueda poner fin a su vida sin tener que viajar a otro país. ¿Es evolución que la prática médica, cuyo fin es prevenir y proteger la vida del paciente, se destine ahora a procurar la muerte de una persona cuando ésta considere que su existencia carece de sentido? ¿No estamos más bien ante otro juego semántico de la manipuladora y nefasta cultura de la muerte que reduce la dignidad de la persona a su utilidad?

Me disculparan, pero no hallo en la argumentación de esta señora un solo atisbo de racionalidad, sino la terrible consecuencia del unánime desprecio a la incondicional dignidad de la persona. Ya he dicho en incontables ocasiones que al hombre le es dada la vida, pero le es dada vacía y él tiene que ir vivviéndola y ocupándola mediante el responsable ejercicio de su libertad para llegar a ser lo que tiene que ser según su ontológica naturaleza, y, así, hasta su muerte, pues ésta también forma parte d la vida. Sin embargo, la cultura contemporánea se encuentra inmersa en un proceso evidente de deshumanización hasta el extremo de que el hombre está esclavizado por su utilidad, así, cuando ya no es válido ni rentable se convierte en un despojo.

Hoy vivimos en una cultura contemporánea en la que uno se aventura a opinar con una terrible ligereza sobre los temas más trascendentes del ser humano relativizando el sentido y extensión de la realidad del hombre. No obstante, cuando la persona se empeña en ser lo que no es, no sólo vive en una sustancial mentira, sino que ejerce una omnímoda desmoralización olvidándose que uno, en cada instante, se descubre teniendo que ser, que es el mayor imperativo ontológico y ético, y teniendo que dar sentido a la existencia hasta el último suspiro. La persona puede ir en contra de su modo de ser, pero es una decisión éticamente reprobable en cuanto se niega a sí misma su propio bien, que es ser lo que debe ser. El dolor y la enfermedad sólo son signos que muestran la imperfección y la finitud a la que se aproxima el hombre y, en última instancia, el recordatorio de que el hombre es una criatura, alguien a quien se le ha infundido el ser. Así, el dolor y la enfermedad no son motivo para la desesperación sino para reflexionar y conocer mejor quién es el hombre y cuál es la verdad de su fin – un fin que se halla inscrito en su ontología –, que no es otro que el despliegue de su ser hasta alcanzar el bien final que configura su plenitud.

La vida posee sentido bajo cualquier situación. En cambio, la deseperanza es sufrimiento sin propósito: es “un destino peor que la muerte” ya que encierra al hombre en sí mismo y abre las puertas del suicidio. Si se alcanza a comprender y a dotar de sentido el sufrimiento, éste puede convertirse en un triunfo del hombre que logra encontrar un porqué y un sentido a pesar de su presencia. Sin embargo, el hombre, hoy, está manipulado por una cultura de la utilidad, donde el sentido es la misma utilidad y el fin la mera acción intrascendente. Sí, el ser humano está tan aborregado que no encuentra a faltar la libertad y cuando se le tilda de inútil encuentra en sí mismo el inalienable derecho a reivindicar que alguien le procure la muerte.

La ideología que postula la cultura de la muerte ejerce una mayor influencia que la verdad en el corazón del hombre contemporáneo si contemplamos la interminable lista de conciencias seducidas y confundidas que reclaman su autodestrucción. Sí, quienes solicitan la muerte asistida son esclavos, pues en un aciago proceso de deshumanización se convierten en objetos de una idoelogía que se desentiende de ellos cuando ya no les requiere. Son esclavos, seres alienados que aceptan su propia solución final revestida de una sentimentaloide dulzura.

Por miserable que pueda resultar la existencia propia nunca se pierde la dignidad y el sentido de persona humana porque la dignidad y el sentido no se fundamentan nunca en ninguna circunstancia, aunque esta se llame utilidad, sino en el simple hecho de ser, por razones ontológicas, de la especie humana. Sin embargo, cuando se anula la incondicionalidad de esta dignidad es con la pretensión de cosificar el ser humano. ¿Esta es la “evolución”?

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comentarios
  1. SO. ANDRÉS CASTELLANO MARTI. dice:

    La dignidad humana en el vivir y el morir tiene un parámetro muy largo de apreciaciones, siendo muchos los que opinan de lo que debe ser la vida y la muerte –sin que ellos vivan los condicionantes extremos de la vida y la muerte. Y como es lógico que sea son muchas las opiniones utópicas, que no siempre se pueden hacer realidad; siendo una de ellas la de la muerte feliz del humano enfermo o viejo. Apreciación humanista y también cristiana actual, utopía de los humanistas y deformación de la realidad cristiana.

    Pues si en humanista pensamos, que humanismo damos a los miles de humanos que en los hospitales enfermos, o en las residencias viejos, quedan abandonados de toda vitalidad y caminan a la muerte, sin que esta llegue; y solos, sin ninguna compañía y en largos periodos de tiempo, son sedados a la espera de que mueran. Siendo su muerte “hipocresías aparte” alivio para quienes los cuidan, y alivio material y espiritual del que muere. Y no se diga que dicha muerte es digna – es cobardía de la sociedad que no siendo capaz de dar vida alarga la muerte.

    Y si en cristiano pretendemos dar ejemplo, solo Dios da la vida y la quita, y todo cuanto sea ir a Dios es bendición. Cuando los humanos en egoísmo –o miedo, no queremos morir, o no queremos que los demás mueran cuando ese es su destino, estamos contra la voluntad de Dios.

    Pero no es cuestión de contradecir a nadie, me limitaré a recordar a todos que la cultura japonesa contempla en los mayores, y con gran respeto, su decisión de decidir cuando se van de esta realidad. Allí los adultos ya ancianos deciden el quedarse o el irse. Allí dicha decisión es sagrada.

    Y mira por donde en nuestra Península Ibérica, y en especial en la costa Mediterránea, también se vivió la misma cultura. Incluso son muchos los que aun la mantienen. Cosa que menciona como “Entrà”. Nombre que codifica la salida con dignidad de esta realidad y la entrada con gloria en la otra.

    Pero esto no se comenta, ni nadie lo enseña. Se transmite de abuelos a nietos, y son muy afortunados los que lo viven.

    Espero que a mí cuando me toque me dejen vivir la “Entra”.

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