El ‘ser’ muestra la religación ontológica entre el hombre y Dios

Publicado: 6 septiembre, 2012 en Pensamiento, Religión

El ente es el primer concepto que capta el entendimiento y, en cuanto horizonte permanente de inteligibilidad, aquel en el que se resuelven todos nuestros conocimientos: que las cosas son lo que son y que existen (Tomás de Aquino, “De veritate”). Sin duda, toda actividad humana está determinada ontológicamente por esta apertura al ser, que es su fuente y plenitud. Todo desarrollo, perfección y actualización de la persona se realiza mediante el conocimiento y el amor al absoluto, a la infinitud del ser, al ser en sí. Es por esta razón que la religión es, en sentido riguroso, la relación dialógica del ser humano con Dios.

La naturaleza humana alcanza su máximo y pleno desarrollo en su irrestricta apertura al absoluto. Es decir, a la verdad, al bien y a la belleza sin límites, pues la experiencia misma ratifica que ningún bien particular harta plenamente al hombre. Del mismo modo que el mayor bien de uno es el amor a otra persona, ante la realidad de los bienes contingentes se vislumbra que sólo una realidad incondicional y trascendente confiere plenitud, sentido y destinación al ser del hombre mediante el ejercicio de la libertad y de la razón.

El deseo del Absoluto no es ficción, sino que responde a una intrínseca necesidad de la naturaleza ontológica de la persona, contenida en toda experiencia humana, en la que descubre que su existencia sólo puede y debe ser guiada, para alcanzar su sentido y perfección, por Dios. El hombre, todo hombre, quiere ser feliz, pero esta felicidad no es cualquier cosa ni puede alcanzarse progresivamente de cualquier modo, sino que “ha de conocer naturalemente lo que naturalmente desea” (Tomás de Aquino, “Summa Theologiae”) que no es otra realidad que la plenitud del ser que, evidentemente, sólo puede alcanzarse y sólo puede ser donada por el Absoluto, que es el único Bien y la única Verdad que puede saciar el deseo ontológico de trascendencia.

La existencia de la verdad es conocida por sí misma. En efecto: el que niega la existencia de la verdad, concede que no existe; porque, si la verdad no existe, es cierto que no existe; y, si hay algo verdadero, es preciso que exista la verdad. Pero Dios es la verdad misma, según estas palabras de Juan (14,6): Yo soy el camino, la verdad y la vida. Por consiguiente la existencia de Dios es conocida por sí misma […] pero la existencia de la verdad primera no es una cosa que sea conocida por sí misma con relación a nosotros” (Tomás de Aquino, “Summa Theologiae”).Es evidente que se impone una realidad absoluta, con halo de misterio, sobre el velo de lo contingente, si bien “la existencia de Dios no puede demostrarse, porque la existencia de Dios es un artículo de fe, y las cosas que son de fe no son susceptibles de ser demostradas” (Tomás de Aquino, “Summa Theologiae”).

 Aquí, muy atinadamente, Pascal dice que hay que eliminar, pues es una falsa creencia, la racionabilidad de la razón que tan fácilmente se da por supuesta: “hay que saber dudar donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón. Los hay que pecan contra estos principios: o bien aseverándolo todo como demostrativo, por no entender de demostraciones; o bien dudando de todo por no saber dónde hay que someterse; o bien sometiéndose a todo, por no saber dónde hay que juzgar” (Blaise Pascal, “Pensées”). También es muy acertada y procedente la reflexión al respecto de Jean Guitton, que recuerda a Pascal y el Aquinate: “Creo en Dios porque me cuesta creer en Él. Si no me costase creer en Él, pienso que no creería en Él. Si Dios fuese fácil, estaría al alcance de la mano. No sería trascendente y no sería Dios. Pero si Dios es Dios, hay una desproporción entre Él y nosotros […] Me gustaría poder deducir su existencia a partir de mí. Compruebo que es imposible. En este sentido, me duele. Pero si creyese así, no creería en Él, y el Dios al que me adheriría no sería Dios. Así, pues, no poder creer de esa manera me ayuda a creer, pues, si no creo en un absoluto que no es Dios, creo forzosamente en un Absoluto que es Dios” (Jean Guitton, “Mi testamento filosófico”).

Sólo el escéptico que abdica de pensar dejándose convencer de que con la sola certeza racional de su entendimiento puede adjudicarse la base firme sobre la que se asientan todas las demás certezas negará lo expresado por Aquino, Pascal y Guitton. Sólo el que vive en constante contradicción en su dogmática duda radical negará la presencia de una realidad absoluta y trascendental que no sólo impregna de sentido sino que hace que las cosas sean lo que son, que existan y que entren en relación entre ellas. Desde luego, es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas, pues si hay una evidencia de que la vida es la batalla contra la nada del escéptico, esa es la radical apertura ontológica del hombre al conocimiento del ser, que libera de la insubstancial vivencia de la nada del ser en la que se halla ancorado el sofista. Y puesto que hay algo y que ese algo o alguien existe resulta necesario que sea por sí mismo, que sea el Ser en sí, la razón – principio de causalidad – de los demás seres que poseen el ser por participación (Étienne Gilson, “Trois leçons sur le problème de l’existence de Dieu”).

Así, cada ente ‘es’ y participa en el ser según un determinado modo, el orden ontológico que descubre y traza la unidad trascendental y absoluta del ser que contiene en sí todos los seres participados que no agotan en ellos toda la realidad. De este modo, conocer a Dios no es conocer a Dios en sí mismo, sino en tanto que conocemos esta relación de dependencia ontológica del ser participado con el Ser en sí.

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comentarios
  1. Sigfrid dice:

    Buena entrada. Pienso que es más racional pensar, por ejemplo, que la materia está organizada en función de la vida que ha de llegar que de una independiente no-coordinación de distintas causas.

  2. Francesc dice:

    Cierto, a Dios no le conocemos directa e inmediatamente, sino por medio de unos conceptos que son los propios de las criaturas.

  3. Paula dice:

    Para añadir algo sobre lo dicho, Ratzinger señala que la verdad es expresada por el hombre al modo humano; lo que significa que éste mira al Absoluto a través de un limitado punto de vista.

  4. Lo que más me llama la atención es ese contrasentido de que el “escéptico” “abdica de pensar” ya que se está suponiendo que el que duda, haciendo uso de su razón en dudar de lo que de ningún modo es evidente ya que si lo fuera no existiría la posibilidad de dudar, ese, precisamente es el que no piensa, al tiempo que siendo que rechaza los dogmas, pasa a ser dogmático; mientras que el que acepta sin ningún tipo de prueba lo que le dicen que es la verdad, el que acepta los dogmas, ese piensa y, en cambio, no se dice de el que sea dogmático. Creo que no soy capaz de seguir estos milagrosos trueques semánticos.

  5. Saludos Cayetano. Respecto al escéptico quise decir que abdica de pensar en el instante mismo en el que se asienta en una duda radical, que en sí es una contradicción a la que somete a la razón. Por otro lado, sí, la duda es necesaria, de lo contrario no existe el juicio, pero no se puede permanecer eternamente en la duda, de lo contrario se produce una crisis de la certeza. Gracias por su comentario.

  6. […] puede crear ídolos, pero esto no implica que cree realmente a Dios como tal, pues recordemos que el deseo del Absoluto no es ficción, sino que responde a una intrínseca necesidad de la naturaleza ontológica de la persona, […]

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