Blaise Pascal y la fe

Publicado: 13 agosto, 2012 en Pensamiento, Religión

Blaise Pascal aunó en una misma persona el genio filosófico-matemático y la hondura espiritual. Este niño prodigio da cumplimiento a la célebre introducción de la Carta Encíclica Fides et Ratio del sumo pontífice Juan Pablo II. En su breve existencia “la fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Pascal fue una inteligencia profundamente racional, un verdadero hombre de ciencia. Con apenas doce años, alejado por decisión paterna del mundo de las matemáticas para centrarse en el estudio del griego y del latín, se dedica, a escondidas, a pintar con carbón en las baldosas, mediante el apoyo de triángulos y circunferencias, las leyes fundamentales de la geometría, hasta que es descubierto por su padre y su hermano en el axioma 32 de Euclides (Vida de Monsieur Pascal, escrita por Madame Périer, su hermana, en B. Pascal, Obras, Madrid, 1981).

Su portento no se detiene aquí sino que avanza con la edad. Con 16 años desarrolla un tratado sobre secciones cónicas que lleva su propio nombre, teorema pascaliano; por medio del juego de dados contribuye a asentar las bases del cálculo de probabilidades y gracias a sus explicaciones sobre el problema mecánico-matemático de los cicloides se aproxima al cálculo infinitesimal. Con 19 años inventa la primera máquina calculadora para ayudar a su padre, que era el presidente del tribunal de cuentas del cardenal Richelieu. Todos estos hechos y otros más le valen el calificativo de “Arquímedes de París” (Hans Küng, “¿Existe Dios”). Sin embargo, también es un maestro en el campo de las letras, hasta el punto de que se le considera uno de los principales artífices de la gloria de la prosa francesa.

Pascal, que jamás pisa la escuela y mucho menos la Universidad, es un sujeto ávido de conocimiento, motivo por el cual se conduce de modo autodidacta hacia las verdades más impenetrables – quizá también con la máxima de Kant por bandera: ten el valor de servirte de tu propio entendimiento – con suma sinceridad. Con el fin de “conocerse a sí mismo” (Lettres de Pascal à M. le Pailleur, au sujet du P. Noël, Jésuite, en Oeuvres Complètes) y de entender la posición del hombre en el mundo halla el orden central que no sólo existe sino que impulsa. La adhesión a este orden no es la filosofía sino Cristo, un asentimiento que no es ningún salto al vacío, sino la única y verdadera respuesta a los jeroglíficos existenciales de la confusa naturaleza humana.

Hay una verdad, afirma Pascal, que se recorre por el camino que revela el Evangelio y que cierra las puertas a todo escepticismo y a todo absolutismo de la razón, pues no es cierto que todo sea incierto ni que todo sea cognoscible por medio de la sola razón: “hay que saber dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario, sometiéndose donde es necesario. Quien no lo hace no escucha la fuerza de la razón” (Pascal, Pensées, 268). Así pues, la fe es la base de la razón y juntas son las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. La credibilidad de la fe tampoco debe darse por supuesta pues no persiste por sí misma ni reside en ninguna autoridad humana. La fe, que abarca todas las dimensiones del ser personal, se dirige a la razón; así, siempre tiene que ser pensada de nuevo y, de nuevo, manifestada (Pablo Blanco, “Joseph Ratzinger: razón y cristianismo”). Así, considera Pascal, ni en la razón ni en la fe se da una certeza exenta de duda, en ambas hay que entregarse a algo incierto desde la perspectiva humana.

Aquí, ante esta situación, aplica el cálculo de probabilidades a la cuestión de la existencia de Dios, la célebre apuesta. Dios, o existe o no existe y “la razón no puede aquí determinar nada. ¿A qué quieres apostar? Por motivos de razón no podéis hacer ni lo uno ni lo otro. Por motivos de razón tampoco podéis impedir ninguno de los dos […] hay que apostar; esto no es voluntario, estáis embarcados”(Pascal, “Pensées, 233). Hay mucho en juego, en palabras de Leonardo Polo, la vida misma (Leonardo Polo, “Presente y futuro del hombre”) y ambas posibilidades no gozan del mismo valor: creyendo en Dios, en todo caso, nada se pierde, pero se puede ganar todo. Desde luego se confundirá quien advierta en esta ‘apuesta’ el intento de la demostración de la existencia de Dios, pues es más bien el recordatorio de que la cuestión de Dios no depende tanto de un juicio de la sola razón – lo que supondría que la razón es más que Dios al atraparlo – como una decisión del hombre entero, que sí posee una justificación ante la razón (Hans Küng, “¿Dios existe?”).

A Dios no se accede por la sola razón, pero Dios sí se hace accesible a la razón. El error mayúsculo del pensamiento contemporáneo reside en ignorar que Dios apela al hombre. Así, se aniquila toda especulación metafísica y se encierra a la religión en el ámbito del sentimiento. Sin embargo, el terreno de la fe es la razón, pues Dios, el Ser personal – el Ser en Sí – solicita al hombre y sólo al hombre – ser participado –, que es el supuesto individual de naturaleza racional (persona est naturae rationalis individua substantia. Boecio, “Liber de persona et duabus naturis, contra Eutychen et Nestorium). La fe es un don de Dios y no un invento del entendimiento humano; por tanto, posee un carácter personal cuyo enunciado no es un “creo en algo” sino un “creo en ti” (Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo). La fe, pues, “no significa saber a medias, sino una decisión existencial. Es vivir referidos al futuro que Dios nos concede más allá todavía de las fronteras de la muerte. Esta dirección es la que le da peso, medida, sus leyes y, precisamente de este modo, su libertad. En realidad, una vida en torno a la fe se parece más a una ascensión a la montaña que a un somnoliento estar sentado frente a la chimenea. Pero quien se une a esta peregrinación sabe y experimenta cada vez más que la aventura a la que se nos invita vivir, vale la pena” (Joseph Ratzinger, Fe y futuro).

La fe no es un suceso simplemente intelectual, ni meramente voluntario, ni estrictamente emocional, sino todo ello a la vez y al mismo tiempo en todo momento. La fe es un acto entero del ser personal, la decisión de creer tiene lugar en el interior del ser humano: crede, ut intelligas (San Agustín, “Contra epistolam Manichaei quam vocant fundamenti”), pues es el único camino seguro contra todos los errores – el que permite dudar donde es necesario, asegurarse donde es necesario y someterse donde es necesario – y expresar: “Fuego, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no el Dios de los filósofos y los sabios” (memorial que se encontró cosido en el forro de la casaca de Blaise Pascal en la noche de su muerte, el 23 de octubre de 1654).

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comentarios
  1. Jaume dice:

    Muy buena entrada Joan. Me gusta mucho cuando Pascal afirma: “Reconoce, pues, hombre soberbio, qué paradoja eres para ti mismo. Humíllate, razón impotente; calla, naturaleza imbécil. Aprende que el hombre supera infinitamente al hombre y escucha de tu maestro tu verdadera condición, que ignoras. ¡Escucha a Dios! (Pensées, 78).

  2. Saludos Jaume. Muchas gracias por comentar.

  3. […] un acto de la totalidad del yo que exige siempre ser pensada de nuevo y, de nuevo, manifestada – no es un creer a ciegas – (Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo) existe la negación fruto de la libertad que […]

  4. Antonio dice:

    Pascal es una de las personalidades más interesantes y misteriosas de la historia. Una mente prodigiosa sin duda. Es la primera vez que entro en tu blog y no será la última. Un saludo.

  5. Saludos Antonio. Desde luego, Blaise Pascal es una figura intelectual que merece ser leída y reflexionada. Será un placer leer sus comentarios. Muchas gracias.

  6. Blaise Pascal, un desconocido muy interesante.

  7. Saludos Malourdese. Sin duda, es una personalidad a tener presente. Gracias por comentar.

  8. […] sentido, la figura de Blaise Pascal es un perfecto ejemplo de cuanto acabamos de decir (leer la entrada: “Blaise Pascal y la fe”). Cuando Joseph Ratzinger afirma en Introducción al cristianismo que […]

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