Los derechos humanos no surgen gracias al Estado

Publicado: 19 julio, 2012 en Pensamiento

 

Para afirmar que la dignidad incondicional del ser humano procede de su estatuto ontológico es necesario, en última instancia, reconocer que está creado a imagen de Dios. Quizá a algunas personas, y no pocas, se les rasguen las vestiduras, pero si el ser humano goza de determinado carácter absoluto es porque existe una instancia superior que le otorga tal condición y que, al mismo tiempo, le hace respetable ante los demás. Porque Dios ha querido al hombre como un fin en sí mismo, un absoluto que sólo es relativo en tanto que depende de Él – absoluto radical – es posible fundamentar la incondicional dignidad de la persona y el deber humano de reconocerla y respetarla.

No obstante, hoy prescindimos de esta fundamentación, de aquí que el concepto de Derechos Humanos resulte vacío, quedándose su contenido rehén de ideologías dictatoriales. Nos equivocamos y mucho – el vídeo que encabeza la entrada es un ejemplo de la violencia física y psíquica: desempleo, instrumentalización de la persona y agresión – si pensamos que los supuestos derechos humanos surgen por obra y gracia del Estado, democrático o no. Los derechos emanan de nuestro estatuto ontológico, no del consenso ni de la concesión de los gobiernos, de las instituciones o de la ley. La persona, su vida, es el antes lógico y ontológico de todo derecho. El Estado es posterior e inferior a la persona y su deber principal es reconocer, respetar y tutelar todos y cada uno de los derechos que corresponden al hombre. Lo contrario es despotismo.

Y sí. Lamentablemente no es la democracia lo que falla, sino los hombres encargados de darle funcionamiento; tanto los representantes como los representados. No es sólo el sistema lo que debe cambiar sino principal y fundamentalmente el corazón del hombre, de lo contrario nos destinamos hacia la deriva en un marco de totalitarismo disfrazado de democracia liberal en la que el hombre padece la eliminación de su libertad personal y social al erradicarse el objetivo fundamental de toda sociedad: el bien común en el que se alcanza el pleno reconocimiento de la dignidad incondicional de la persona al poder alcanzar ésta su plenitud mediante el desarrollo de su proyecto existencial.

Se habla de progreso, pero lo único que progresa es el Estatalismo, del que se benefician contadas almas de espíritu carroñero. El Estatalismo, que confiere el reconocimiento injusto de determinada oligarquía en detrimento del bien común general atenta, en consecuencia, de modo directo contra el reconocimiento de la dignidad humana de cada persona, de cada familia y de la sociedad. No utilizaré el Evangelio, para no resultar sospechoso; el avisó ya lo notificó Dostoievski: “Si Aliocha hubiese concluido que no hay Dios ni inmortalidad, se habría vuelto enseguida ateo y socialista. Pues el socialismo no es tan sólo la cuestión obrera, es, sobre todo, la cuestión del ateísmo, de su encarnación contemporánea, la cuestión de la torre de Babel, que se construye sin Dios, no para alcanzar los cielos desde la tierra, sino para bajar los cielos hasta la tierra”. La supuesta muerte de Dios por parte del hombre conduce, y es una evidencia, a la sacralización del Estado – de la ideología – y a la superstición, ciega, de las posibilidades infinitas del sistema. Para que el hombre recupere su puesto, para que se reconozca su incondicional dignidad no es menester cambiar el mundo sino transformar al hombre mismo. Los hombres tienen que ser renovados por las cosas sagradas, pues no son las cosas sagradas las que tienen que ser cambiadas por los hombres.

Nos hallamos en la zozobra porque hemos convertido la democracia en religión, pero la democracia no es un fin, sino un mero ordenamiento, un instrumento cuyo carácter moral depende indispensablemente de la conformidad con la ley moral a la que todo comportamiento humano debe someterse. La bondad de la democracia depende, pues, de la moralidad de los fines que se persigue y de los medios que se usan teniendo siempre presente el bien común como fin regulador de la vida política.

Si no reconocemos ni acatamos la ley moral natural nunca lograremos la instauración de una sociedad justa en la que la persona pueda alcanzar su plenitud mediante el uso correcto de la libertad y la razón. La revolución sólo es posible desde la verdad y desde el bien en referencia a la verdad y el bien de la naturaleza humana. El mundo justo, ese mundo perfecto es el Reino de Dios que empieza aquí en la tierra. Si pensamos, como hasta ahora, que el hombre y la sociedad pueden progresar prescindiendo de la verdad revelada nunca saldremos de este eterno retorno de maldad e injusticias. Pero es más fácil pretender cambiar al mundo que al hombre mismo aunque sea pagando el precio que supone convertir el sistema en una religión neopagana, tiránica y sin moral.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s