El bien humano: desde Aristóteles a Tomás de Aquino y la filosofía contemporánea (III)

Publicado: 2 junio, 2012 en Aristóteles, Ética y Moral, Filosofía, Tomás de Aquino

Una de las vías acerca de la felicidad que encontramos es el escepticismo, que presenta diversas interpretaciones a lo largo de la historia. En líneas generales afirma que aunque existen distintas cosmovisiones, en última instancia no puede alcanzarse una comprensión incondicional de la realidad y, por tanto, es preciso detener el juicio (Sexto Empírico, “Esbozos pirrónicos”) antes de establecer, con posibilidad de error, una postura que conduzca al dogmatismo (Julia Annas y Jonathan Barnes, “The modes of Scepticism”). No obstante, es preciso señalar que la idea de que no hay posibilidad de alcanzar una comprensión última de la realidad y de establecer, consecuentemente, una posición ética no se halla en la realidad misma sino en la visión que tiene de ella la persona, en este caso la escéptica.

A diferencia del escepticismo que sostiene el hombre medio contemporáneo, el escepticismo antiguo defendido por Pirrón o Sexto Empírico sí considera la teoría del fin último, si bien de una manera particularísima: “Fin es ‘aquello en función de lo cual se hacen o consideran todas las cosas y él en función de ninguna’, o bien ‘el término de las cosas a las que se aspira’. Pues bien, desde ahora decimos que el fin del escepticismo es la serenidad de espíritu en las cosas que dependen de la opinión de uno y el control del sufrimiento en las que se padecen por necesidad” (Sexto Empírico, “Esbozos pirrónicos). Para los escépticos, pues, la felicidad descansa en mantener una postura serena, cercana a la ataraxia, ante la realidad contingente.

Esta ataraxia conduce, de modo inapelable, a la supresión del bien y del mal y el hecho de registrar cualidades buenas y malas a las distintas realidades. Por esta razón señala Diógenes Laercio que los escépticos “procuran aniquilar todos los dogmas de las demás sectas, y no definir ellos dogmáticamente cosa alguna” (Libro IX), ya que interpretan que “todo es opinable y relativo” (Sexto Empírico, “Esbozos pirrónicos”). Sin embargo, vemos, de inmediato, que el escepticismo cae en una evidente contradicción, la principal de ellas es que niega la universalidad de las afirmaciones filosóficas por ser dogmáticas, pero, al mismo tiempo, atribuye valor a sus propias consideraciones: “todo es opinable y relativo”. Así, el escepticismo batalla contra el dogmatismo mediante el empleo del dogmatismo.

Si como dice Pirrón nada hay realmente cierto (Diógenes Laercio, Libro IX), ¿por qué hay que considerar por equivocadas todas las teorías filosóficas a excepción de las ideas de los escépticos? ¿Por qué razón hay que negar la existencia de un bien último mediante el cual la persona ordena su vida y apunta su proyecto vital? Por otro lado, sin consciente de ello, el escéptico, en especial el contemporáneo, en su pretendido intento de ocultar todo dogmatismo, reconoce que el hombre a de actuar de una muy determinada manera para llegar a ser lo que debe ser.

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