La fe siempre al servicio de los demás

Publicado: 8 mayo, 2012 en Religión

 

Somos muchos los que tenemos fe en Dios, los que tenemos esperanza en la resurrección y los que creemos en la vida eterna. Sin embargo, vivimos asidos a la contingencia de las realidades mundanas con esa inquietud que transforma el hastío en angustia por la deconstrucción de las facultades procedentes de nuestro estatuto ontológico. Somos hombres de fe pero avanzamos extraviados sin percibir bien nuestro origen y sin enfocar correctamente nuestro destino.  

La fuerza del mal se muestra en la demasía con la que ahoga el bien. Una fugaz visión general de la prensa y hallamos una docena de cuestiones de fuerte calado moral que, al margen de la mirada enojada y el desacuerdo momentáneo de la lectura, no nos desvían de nuestro mecánico quehacer. Quizá alguien escriba un artículo, presente una denuncia o lo discuta con otro, pero nadie perderá el sueño mientras esa funesta inmoralidad no le afecte de modo personal. Así, me pregunto a mí mismo, ¿por qué limito el amor incondicional a Cristo?

El servicio no es para ocasiones extraordinarias. Cristo nunca dejó de satisfacer las cosas del Padre, nunca tuvo un no aunque alguien le requiriese en el ocaso de la jornada. El servicio es para vivirlo en el día a día, durante cada segundo – pienso en la madre Teresa de Calcuta – porque cada segundo es un instante de vida que puede cambiar cosas en beneficio de los siglos futuros. Porque como Cristo hemos de saber el para qué, para que todos los hombres salgan de la caverna en la que atan sus existencias y se acerquen a la verdad en la que uno alcanza la plenitud. Esta es la razón de la vida: descubrir que la nuestra es la historia de la salvación del hombre por Cristo y en Cristo.

Padecemos de relativismo moral por el abuso de la ideología que degrada al hombre hasta el extremo de que su última explicación se alcanza con una simple teoría de corte materialista-positivista. También los creyentes nos hallamos ensimismados por lo coyuntural con una alarmante desidia por lo trascendente; en ocasiones avergonzados, con razón, por los abusos que algunos cometen en nombre de Dios, pero es un error que por esta desgracia se niegue o se dude del carácter incondicional del bien y de la verdad que emanan de Dios y que fundamentan la dignidad absoluta del ser humano. Convertimos, con nuestro hacer pusilánime, la vida cristiana en una más de las posibles opciones del hombre para alcanzar aquella plenitud existencial del ser que sólo puede lograrse de una muy determinada forma de vida, la que nos mostró nuestro Señor Jesucristo.

La vida cristiana no es una opción más, no es una de las tantas ofertas que se pueden seleccionar en los estantes de los supermercados. La vida cristiana es real porque nace del descubrimiento de la llamada que nos hace Dios, fuente de toda existencia. Esto no supone que se desprecien las demás formas de vida ni las demás creencias sino que significa que la consideremos como la verdadera y que la transmitamos con humildad pero con fortaleza para el bien de todos. Con sencillez, sin ser soberbios, pero con firmeza, porque la verdad no es una moneda de cinco duros que a todos gusta ni una prostituta que se lanza al cuello de los que no la desean.

Hay verdad y hay que ponerla, en todo momento y sin silenciarla, al servicio de los demás, por el bien común, sin rendir tributo ni vasallaje a lo políticamente correcto porque ello no supone ninguna virtud heroica y si una muy flagrante falta de amor en cuanto se sabe que en la negación de Cristo se pone en juego la vida. La defensa de nuestra fe nos impone un deber de activismo, que es nuestra vocación al amor. No podemos, por el contrario, permanecer indiferentes, escondidos en las catacumbas, considerando nuestro bautismo una mera estética heredada pero sin contenido. Nuestra fe sólo puede ser, porque lo es, nuestra identidad, que hemos de transmitir con celo y convicción hasta el extremo, si es necesario, de salir a la calle, identificándonos por nuestra cruz, por el bien de la humanidad y en contra de esta falsa neutralidad que aniquila: sólo el que persevera hasta el fin es salvado.

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