La Iglesia no es una institución sociopolítica como cree Redes Cristianas

Publicado: 5 mayo, 2012 en Iglesia

La renovación de la Iglesia siempre es desde el Evangelio; así sucedió en el Concilio Vaticano II. Sin embargo, hoy, como ayer, desde distintos movimientos cristianos se pretende una reforma eclesiástica a partir de propuestas ideológicas y políticas propias de la cultura contemporánea. Desde este pensamiento frívolo y mundano que erosiona el Evangelio y el testimonio de la fe se presenta un manifiesto que reivindica que: “los cristianos tenemos derecho a decidir que Iglesia queremos y cómo la queremos”.

¿Los cristianos tenemos derecho a decidir que Iglesia queremos? Antes de avanzar es importante señalar que estas reivindicaciones recuerdan a aquellas surgidas durante la década de 1960. Si las comparamos apreciamos el mismo deseo de revolución y el mismo universalismo comunista que relativiza la trascendencia al priorizarse la misión social de la Iglesia, la liberación del hombre – teología de la liberación – por encima del anuncio de Cristo y el Reino de Dios. Dicho esto es contrario al Evangelio afirmar que “los cristianos tenemos derecho a decidir qué Iglesia queremos”. La Iglesia no es una institución humana, no presenta la misma función ni la misma finalidad que una empresa humana. La Iglesia, de primeras, es, como bien dice San Hipólito, el lugar donde florece el Paráclito, es la comunidad de los convocados por Cristo ante el caos provocado por el pecado.

Los hombres no tenemos derecho a decidir qué Iglesia queremos ni podemos plantearnos su democratización porque, a diferencia del Estado donde el sujeto de la soberanía es la ciudadanía, en la Iglesia la soberanía recae sobre Cristo. “Para cumplir la voluntad del Padre, Cristo inauguró el Reino de los cielos en la tierra. La Iglesia es el Reino de Cristo presente ya en misterio” (Catecismo, nº 763). Por otro lado, el Estado tiene en sí mismo su propio fin, que no es otro que el bien común de sus ciudadanos, de este modo el funcionamiento democrático de sus instituciones es su por qué. En cambio, la Iglesia no tiene por sí misma ninguna autoridad más que la de su fundador que convoca a la humanidad entera en vistas a la salvación – realidad trascendente que ningún hombre, por muchas redes que tenga, puede proporcionarse a sí mismo –. La Iglesia no es democrática ni puede serlo porque su fin no consiste en la administración comunitaria de sus bienes sino de la administración de la verdad del Evangelio de Jesucristo como esperanza para el hombre de todos los tiempos. De este modo el régimen eclesiástico no posee el mismo fin ni el mismo funcionamiento que las instituciones y cargos estatales y, consecuentemente, no se puede establecer ninguna analogía. Dicho de otro modo: la jerarquización de la autoridad forma parte del orden mismo de la Creación y de la voluntad de Cristo. Exigir la democratización implica, nada más y nada menos, que algún espabilado mortal quiera equipararse en rango al mismo Dios.

Cuando se habla de ‘Pueblo de Dios’ no se da pie a abrir elucubraciones sobre la democratización de la Iglesia. Con ‘Pueblo de Dios’ se remarca, únicamente, la igualdad fundamental de todos los laicos que reciben el sacramento del bautismo. La jerarquización de la Iglesia no presenta una estructura gubernamental ni administrativa sino sacramental con un fin muy concreto: anunciar la muerte y resurrección de Jesucristo: “el gobierno de una diócesis es un acto de poder espiritual. Sería incomprensible que esto lo hiciese un laico. La responsabilidad de la autoridad eclesial está ligada al orden, al oficio ministerial en sentido propio” (Hans Maier). La Iglesia es apostólica porque permanece edificada sobre “el fundamento de los apóstoles” (Ef 2, 20; Hch 21, 14) que son escogidos y enviados en misión no por sufragio sino por Jesucristo (Mt 28, 16-20; Hch 1, 8; 1 Co 9, 1; 15, 7-8). Una misión que “tiene que durar hasta el fin del mundo, pues el Evangelio que tienen que transmitir es el principio de toda la vida de la Iglesia. Por eso los apóstoles se procuraron de instituir…sucesores” (Catecismo, nº 860-865).

Otro de los aspectos más curiosos y sorprendentes del manifiesto es el siguiente: “los evangelios fueron elaborados por hombres… los narradores vertieron, necesariamente su perspectiva teológica. También puede haber errores de comprensión del mensaje, de traducción…”. Sin duda, no se quien es el firmante de estas palabras, lo que sí se es lo que no es: no es ni un teólogo de tercera. Cierto, la Palabra de Dios llega a nosotros por medio de determinados hombres, siempre de una forma humana y en un lenguaje humano. También es cierto que la narración del diálogo entre Dios y sus interlocutores privilegiados ha sido enteramente redactada por hombres. Dicho esto hay que señalar que la Sagrada Escritura no es reducible a mera función informativa sino que Dios nos habla: por esta razón el Magisterio de la Iglesia está a su servicio (DV 10).

También es cierto, como señala el manifiesto, que los escritores bíblicos son verdaderos autores. Los escritores veterotestamentarios y los evangelistas han llevado a cabo una labor de selección, de estructuración y de coordinación mediante anotaciones personales (Valerio Mannucci, La Biblia como Palabra de Dios). Lucas, por ejemplo, indica en el prólogo de su Evangelio que ha llevado a cabo una “cuidadosa investigación” y “una narración ordenada”. Sin embargo, la Biblia es Palabra de Dios en cuanto que ha sido escrita bajo la inspiración del Espíritu Santo (DV 9), que no sólo impulsa a la acción sino que es “el que reposa sobre Ezequiel y le hace hablar (Ez 11, 5); quien pone la Palabra de Dios en la boca de Isaías y en la de sus sucesores (Is 59, 21); el que llena a Miqueas de fuerza, de justicia y valor (Mi 3, 8), quien hace decir al profeta: “ahora el señor Dios me ha enviado junto con su Espíritu” (Is 48, 16); Oseas es un “hombre de Espíritu” (Os 9, 7); el ministerio de los profetas es obra del Espíritu (Ne 9, 30; Zc 7, 12). Por medio de estos elegidos se va preparando la era mesiánica en la que el Espíritu se derramará sobre todos (Jl 3, 1-2); efusión que San Pedro ve realizada el día de Pentecostés (Hch 2, 16ss)” (P. Benoit, Inspirazione e rivelazione).

Para la correcta evangelización en el mundo contemporáneo es necesario que los fieles tengamos presente que la misión de la Iglesia es trascendente – el anuncio del Reino de Dios – y no sociopolítica porque lo que ofrece al hombre es la liberación del pecado y la vida eterna ganada con la preciosísima sangre de Cristo. Esta meta es la que debe llevarnos a luchar sin cesar contra todas las formas de opresión e injusticia, pero siempre con el fin presente: la salvación en Cristo Redentor.

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comentarios
  1. Cristina dice:

    Hay gente que se piensa que la Iglesia no es más que una institución política con una labor social, borrando totalmente su misión divina.

  2. Es preocupante Cristina el modo en que viven la fe algunas personas cristianas, anulando todo signo de trascendencia enfatizando lo social. Es trágico. Hace unos minutos he leído en un blog de una persona que se define como “cristiano de base” que lo que más le preocupaba a Cristo era la salud de los hombres. Ese hombre, el del blog, olvida que esa salud que le preocupa es el pecado. Gracias por comentar.

  3. Sigfrid dice:

    Algunos pretenden adaptar la fe y la Iglesia a los tiempos más que adaptarse a la fe y a la misión de la Iglesia. Lo de redes cristianas es funesto: http://eclesalia.wordpress.com/

  4. […] sino sacramental con un fin muy concreto: anunciar la muerte y resurrección de Jesucristo: “el gobierno de una diócesis es un acto de poder espiritual. Sería incomprensible que esto lo hiciese un laico. La responsabilidad de la autoridad eclesial […]

  5. […] no encuentran la manera de frenar el declive”. Sin embargo, no es razonada ni debida, pues la Iglesia no es una institución sociopolítica ni su mantenimiento requiere una solidez cuantitativa. Si tan “poderosa confesión no paga […]

  6. […] es, pues, la Iglesia la que tiene que renovarse en vistas a una victoria sociopolítica sino que es el hombre mismo quien debe renovarse mediante la fe en el Evangelio en vistas a una […]

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