Consagrarse por siempre

Publicado: 24 abril, 2012 en Amor

Cuando más se reflexiona sobre el mundo uno más se persuade de que los únicos que han entendido algo son los místicos y los ascetas. Digo esto porque en su vida no existe contradicción – ruptura – entre lo cotidiano y lo excepcional debido a la intensidad con la que despliegan su existencia y el compromiso que manifiestan con su forma de vida, que no se distancia un ápice del rumbo necesario para encauzarla con su propia finalidad.

El hombre es libre, sí, condenadamente libre; sin embargo, no puede escapar de su humanidad, de su ser en el mundo como hombre, de alcanzar su autorrealización conociéndose como hombre. El concepto de libertad quizá se entiende mejor cuando se relaciona con el viaje. Uno, por lo general, viaja por vacaciones, para descansar, para desconectar de su hacer cotidiano, para escapar en definitiva. No obstante, lo auténtico del viaje no es el estar fuera, no es la aventura ni el consumo de los momentos, sino aquello que se encuentra: el encuentro con uno mismo y con la realidad del otro que hace que queramos quedarnos. Es por esta razón que se entiende la vida a modo de viaje iniciático. Viajar no es huir, sino salir al encuentro para volver saciado.

Quizá muchos estén pensando, de qué habla éste. Hablo, sencillamente, de que muchos de nosotros nos pasamos años, tal vez ahora mismo, viajando, hiendo de un sitio para otro, consumiendo novedades que se agotan y nos llevan a desear otras. Sin embargo, hay personas que se encuentran a ellas mismas, que se encuentran con una realidad de la que no se quieren desprender, que les arrebata de tal modo que ya no quieren escapar porque el amor que experimentan no se agota sino que es eterno. Un amor que sólo consume a la persona misma en cuanto que está dispuesta, por ella, a donar todo su ser.   

Hay personas que experimentan esta especie de amor, el amor eterno que se alimenta de la donación del ser con exclusividad y con perpetuidad. Así es el amor de la Hermana Eulalia del niño Jesús, una amiga que, en Jesús resucitado, se consagrará por siempre a Dios dentro de la comunidad de las Carmelitas Descalzas de Igualada (Barcelona), porque ser cristiano es precisamente esto, una vocación al amor, a la verdad con el compromiso de otorgar el propio ser para vivirlo en plenitud. Una llamada, la del amor, que Dios inscribe en el corazón del hombre para que este alcance su plenitud y que, sin embargo, de modo alucinante, no todos somos capaces de responder.      

Así es. Algunos no somos capaces de responder la llamada de Dios, el Único en quien podemos hallar la plenitud del ser, sino que preferimos dirigir nuestro destino, creyéndolo insumergible, hacia ese iceberg en el que colisiona toda existencia carente de sentido, desgarrándose hasta hundirse en lo más profundo y oscuro. “Perder el sentido de la vida es insoportable” (Howard Mumma, El existencialista hastiado. Conversaciones del reverendo con Albert Camus), por eso Camus realizó su viaje iniciático, un peregrinaje que le condujo a entrar en la Iglesia, a desear responder a la llamada de Dios poco antes de su muerte.

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