El pilar de la Unión Europea no debe ser la economía sino el cristianismo

Publicado: 20 abril, 2012 en Política

 

La época actual, al tiempo que vive sin supeditarse a una moral absoluta, se desenvuelve a una vertiginosa celeridad. Esta idiosincrasia provoca que el hombre no entienda bien no ya qué sucede sino cómo disponerse ante la realidad, ante una crisis general que afecta a todos los países de esta vieja Europa que, lamentablemente, se reconstruye sobre soportes económicos – Unión Europea – olvidándose de aspectos más fundamentales e intrínsecos por los cuales todos los países constituían un mismo enjambre. Los modos se der y las ideas de Occidente se enraízan en la cultura grecorromana, base sobre la que se ha erigido el concepto de Estado; y la cultura judeocristiana, que ofrece una determinada cosmovisión a la cual los hombres ordenan su existencia, una existencia dotada del sentido y la unidad necesarias para alcanzar la propia autorrealización.

La idea de que la nueva Europa tenga en la economía el pilar fundamental por el cual se rigen las relaciones entre los distintos países que la configuran es sintomático. No se ha configurado una macrosociedad con una identidad común – la ya citada – sino una asociación con interes particulares que no ha tenido en cuenta a la persona. Europa ha desaprovechado sus bienes, la asequible posibilidad de desarrollarse a partir de esos atributos que han hecho de los países europeos, en líneas generales y con contadas excepciones, una sociedad con las mismas costumbres, la misma religión, el mismo derecho, el mismo sistema político y la misma cultura.

Se pretende la hermandad de Europa sobre algo artificial, la moneda, olvidándose de una realidad mayor, trascendente y común, el cristianismo, la gran herencia de los países de Europa. No debemos olvidar que el círculo de estrellas sobre fondo azul de la bandera de la Unión Europea representa la corona de la Virgen María; tampoco debemos olvidar que la bandera se aprobó un 8 de diciembre, día de la Inmaculada Concepción, y que su autor, Arsène Heitz, se inspiró en el libro del Apocalipsis. Porqué no aprovechar esta herencia. El hombre, la sociedad se miran desde su origen, desde algo previo al hacer. Que la vida sea un preciado don tiene que ver, y mucho, con toda la actividad humana. “La caridad es la vía maestra de la doctrina social de la Iglesia. Todas las responsabilidades y compromisos trazados por esta doctrina provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40). Ella da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas. Para la Iglesia —aleccionada por el Evangelio—, la caridad es todo porque, como enseña San Juan (cf. 1 Jn 4,8.16) y como he recordado en mi primera Carta encíclica «Dios es caridad» (Deus caritas est): todo proviene de la caridad de Dios, todo adquiere forma por ella, y a ella tiende todo. La caridad es el don más grande que Dios ha dado a los hombres, es su promesa y nuestra esperanza” (Benedicto XVI, Carta Encíclica Cáritas in veritate).

El hombre es un ser social, un zoon politikon. La convivencia recíproca que mantenemos revela como bien práctico social el hecho mismo de vivir juntos (bien común). Si convenimos ante esta evidencia y repudiamos la consideración de que se trata de un mal menor (Hobbes) esta realidad puede ser, de modo positivo, un bien político que arme una moralidad común ordenada al bien absoluto al que tiende todo hombre, en cuanto que en él halla su cumplimiento existencial. De este modo, en la convivencia europea, no habrá otro interés ni ningún pilar mayor que el intrínseco deseo de actuar acorde a este bien común en el que cada uno encuentra la realización de su bien. Un bien, que por común, no tiene su raíz en ninguna realidad relativa, arbitraria o construida, sino un estatuto ontológico en el cual cada sujeto encuentra la libre y necesaria obligación del desarrollo de su ser según su propia naturaleza.

El convencimiento del carácter absoluto del bien moral alentará, conocedores de la importancia de vivir juntos, a comprometerse con él a la hora de realizar los medios que hacia él conducen dotando de carácter ético las realidades sociopolíticas, económicas y culturales. Siempre, teniendo al hombre como centro y fin del bien, que es el propósito que Dios tiene con su creatura.

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comentarios
  1. Montse dice:

    Las raíces cristianas de Europa son innegables. Pienso que en parte sería bueno no olvidarlo, pero no sólo en un aspecto intelectual sino cosmológico para erradicar este egoismo económico entre los países que constituyen la Unión Europea.

  2. Silvia dice:

    Joan, eres un romántico. Los padres de la UE tenían algo de cristianos pero no ejercían de cristianos. La UE nunca ha tenido en su ideario el pensamiento cristiano salvo la bandera. De todos modos estoy de acuerdo contigo, pero es una utopía, al menos por ahora.

  3. Sigfrid dice:

    Coincido en tu planteamiento. Sólo los valores cristianos nos salvarán. Dejo un artículo interesante sobre el tema: “Constitución europea y cristianismo” del profesor de la Universidad de Navarra, Francisco Javier Pérez-Latre.

    http://www.unav.es/noticias/opinion/textos/op040903.html

  4. Saludos Montse, Silvia y Sigfrid. muchas gracias por vuestros comentarios y aportaciones.

  5. Alonso dice:

    El principal defecto y causa de los restantes en Europa es la falta de genuina convicción en los principios propios. Hasta que esto no se resuelva mal vamos.

  6. Saludos Alonso. Ese es el problema sí, pero es un gran problema. Cómo se resuelve a corto plazo. Gracias por comentar.

  7. […] Moreno sostiene que “no puede entenderse España sin el catolicismo”, y tiene razón, pero es toda Europa y el mundo entero que no puede entenderse sin el cristianismo. No obstante ni España ni ninguna […]

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