La simbiosis entre la libertad, la belleza y el amor

Publicado: 19 abril, 2012 en Pensamiento

La pregunta de Hipólito, (Dostoievski, El Idiota) “qué belleza es la que salvará al mundo”, ha hecho reflexionar a muchos, entre ellos a Juan Pablo II, quien considera que “la belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente”. El príncipe Myskin, en quien algunos ven la figura de Jesucristo, no ofrece una respuesta verbal sino que, como Jesús ante la pregunta de Poncio Pilatos qué es la verdad, mantiene silencio dando a entender que es la cruz y más en concreto la contemplación de Cristo Crucificado, que manifiesta el amor incomensurable del Creador por su creatura, capaz de sacrificar a su Hijo. Pienso, y esto es una libre interpretación, que esta belleza y este amor descansan de modo fundamental en la libertad de Cristo, en cuanto que no le quitan la vida sino que es Él quien la entrega (Jn 10, 17-18).

La libertad está incorporada en la belleza con la misma exclusividad y perpetuidad con que lo está el ser en el amor. Sin donación del ser no hay amor, sin libertad la belleza no puede llamar a la trascendencia ni invitar a la contemplación del misterio de Jesucristo, en cuyo rostro el hombre se descubre a sí mismo, en toda su belleza, como imagen de Dios. La belleza se origina en el libre encuentro de los seres, de Dios y del hombre. Encuentro que invita a la unión, a la comunión con esa actitud sincera de Dostoievski, que doblega las rodillas ante el Nazareno con un confiado: ¡Abba!

Al hombre, a diferencia de las demás realidades creadas, no le es impuesta la forma de su vida. Podemos decir, en este sentido, que el ser del hombre no se halla dentro del orden causal del universo sino que se encuentra sobre él operando al margen según una muy determinada forma de vivir eligiendo en todo momento lo mejor, que es ser lo que debe ser. Esta condena a la libertad, esta apertura irrestricta a la realidad – solo limitada por su naturaleza ontológica – conduce, al mismo tiempo, a la curiosidad y a la contemplación y, en última instancia, a responder a la necesidad intrínseca de reconocerse en Jesucristo, en quien se alcanza la plenitud originada, metafóricamente, en la célebre exhortación esculpida sobre el dintel del templo de Delfos: conócete a ti mismo.

Conocerse a sí mismo conduce, irremediablemente, a reconocerse imagen de Dios (belleza) y a reconocer que ello responde a un acto creador (amor). Esta iluminación (belleza) de la razón conduce a la libertad a responder a ese acto creador de Dios, por el cual se nos invita a trascender y a participar, mediante la vocación al amor, a la contemplación de la Trinidad Santísima, que es el verdadero sentido de la existencia. Pero responder a ese Amor que sale a nuestro encuentro (1 Jn 4, 19) con amor dependerá siempre de la intensidad de nuestra libertad; libertad que sin cortapisas experimentará la belleza y el amor más intensa en la unión con Dios (San Juan de la Cruz, Llama de amor viva).  

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