Sin ética esto es una selva

Publicado: 18 abril, 2012 en Ética y Moral

Cuántas veces hemos oído que “sin ética y compromiso esto es una selva” y, sin embargo, no son pocos quienes ponen en duda la existencia de un sentido de lo moralmente correcto, objetivo y universal, que gobierne el obrar humano. No obstante, en el ser humano, en cuanto sujeto racional, con independencia de su cosmovisión, aunque sea escéptico o nihilista, toda acción deliberada reconoce la aceptación de un fin último y, en sentido absoluto, de un proyecto de vida, moral en cuanto su realización supone la felicidad o bien supremo, que permite comprender la existencia como un todo dotada de sentido.

Hay quienes discuten y discutirán la existencia del fin último; sin embargo, ellos mismos saben, aunque no lo reconozcan, que es imposible e inviable un acto humano que adopte una posición diversa. La acción que tiende a un fin está presente, siempre, en todas las realidades que llegan a ser y son. Y esto no es un invento del cristianismo, sino una realidad apuntada, ya, por Aristóteles que, en su Ética Nicomáquea, nos expresa que toda serie tiene un punto de conclusión, al que se ordenan todos los pasos. Por tanto, la acción humana es unitaria y totalizante, y queda gratificada cuando alcanza el objeto por el cual pone en funcionamiento su obrar, el fin último, el bien.

Si toda acción tiende a un fin podemos afirmar con certeza que el vivir del hombre es una continua acción que se entiende por el fin al que apunta: alcanzar la plenitud mediante el obrar que le corresponde por su naturaleza ontológica. Como el hombre obra mirando a un fin último todas sus decisiones son tomadas y todas sus acciones son realizadas, con acierto o no, en base al fin último, que otorga unidad y sentido a su proyecto personal. Pero la relación no sólo es de los medios hacia el fin, sino que éste los ordena y los incluye dentro del proyecto de vida en cuanto que son bienes relativos que apuntan al bien absoluto.

Es en este sentido es momento de desmentir la falsa idea, no de los que niegan un sentido teleológico, sino de los que piensan que el fin de la persona cristiana se encuentra en otro mundo. El fin último en ningún caso es un estado que se alcance después de, sino que es un modo de ser que exige una muy determinada forma de vida, una vida que ya participa, en sentido relativo, de lo que alcanzará de modo absoluto, en la consecución del fin último. Y esto es así porque la consecución del fin último exige una determinada forma de vida que se desarrolla a lo largo de la existencia. Así, cuando las acciones que arman el proyecto de vida según el fin último se realizan confusamente y no se ordenan a él como medios sino que se viven como fines, la vida humana deja de ser lo necesariamente buena para alcanzar su fin último según su naturaleza ontológica y se pierde en “una selva”.

La realidad se convierte en una selva cuando las actos humanos y, en última instancia, el vivir del hombre pierden de vista el fin último que confiere esa unidad que permite entender la existencia como un todo y, al mismo tiempo, reconocer e introducir en la cultura humana el espacio moral en el que pueden ser valorados las acciones humanas. Cuando se pierde de vista todo esto es cuando se tienen que introducir las leyes que regulen el vivir del hombre en el seno de la sociedad, que emanan de su fundamento último pero que no se entienden en vistas a él. Es decir, una persona no obra de un determinado modo porque sea moralmente malo, sino porque no es legal y está penado.

Desligado el vivir del hombre del fin último y finiquitado éste como ordenador de las acciones humanas es comprensible y hasta natural que uno se pregunte porqué tiene que ser un sujeto moral al margen de respetar una serie de leyes por simple interés y convivencia social. Y esto es así porque desarticulado el fin último también se ha desarticulado el poder normativo de la razón que guía la acción hacia ese fin: “tanto desde el punto de vista de la amplitud, como desde el de la motivación y fundamentación, el gobierno de la acción presupone, se hace comprensible y se justifica en el contexto del gobierno de la vida” (Ángel Rodríguez Luño, Ética general).

Es importante entender que toda acción humana apunta a un fin último, que es lo que permite el gobierno de uno mismo en cuanto ofrece el para qué de la existencia misma. Sin esto, las reglas o leyes, aunque sean racionales y evidentes, se convierten en realidades ajenas al desarrollo de acción humana en cuanto que éstas apuntan al fin último y ellas se erigen en un falso fin último. Es decir, el fin de la ética es el gobierno de la vida y no sólo de las acciones concretas que, en sí, sólo operan en cuanto existe un fin último.

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comentarios
  1. Bruno dice:

    Majo, por qué no te dejas de soltar chorradas e inviertes el tiempo en mejores cosas… seguro que la inteligencia te alcanza para ello.

  2. Cayetano Ripoll dice:

    Pues va a resultar que Aristoteles se equivoca; la serie de los números naturales (por ejemplo) es infinita.

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