La religión fundamento de la sociedad

Publicado: 16 abril, 2012 en Religión

Entre las preguntas que se formula el hombre hay unas que son ineludibles y exigen una respuesta radical. La más inexcusable de todas es la cuestión por lo fundamental de la realidad, es decir, por la realidad misma en cuanto tal: la causa última y los primeros principios en los que se halla el sentido, la razón, de todo ente, en cuanto que éste, realidad originada, es efecto, de la realidad originante. Así, ante la realidad del hombre, creatura, surge la hipótesis de que su fundamento ontológico es el Ser en sí.

La relación de la realidad originada con la realidad originante se manifiesta de modo universal en la religión, que no sólo impregna todas las actividades humanas (A. Brunner, la religión) sino que es el cimiento de la misma sociedad (H. Bergson, Las dos fuentes de la moral y de la religión) y el soporte que otorga consistencia a la cultura, la segunda naturaleza del hombre (Paul Ricoeur), en cuanto que ofrece al hombre una cosmovisión mediante la cual se hace viable su obrar – moral – en consonancia con su modo de ser – estatuto ontológico –.

En la religión el devenir del hombre, lo aparentemente sinsentido y absurdo, se hace razonable en cuanto que el hombre se realiza según le corresponde a su naturaleza ontológica disponiéndose hacia el fin en el que halla su dependencia y plenitud. Es decir, en la religión la existencia se entiende como un todo unitario dotada de sentido en cuanto que hay una instancia superior, que es su soporte y ordenación (C. Geertz, Ethos, cosmovisión y el análisis de los símbolos sagrados). La religión, desde luego, no revela o muestra todo lo oculto e ignorado, pero sí da una explicación de porqué no se entiende al tiempo que ofrece sentido ahí donde no lo percibimos.

La religión otorga, pues, unidad de vida. Es decir, hace viable la existencia del hombre al ofrecer una interpretación de la realidad en la que se descubre nuestro para qué que origina el desarrollo de la cultura y las sociedades (José Olives Puig, La ciudad cautiva) entendiéndose todas las dimensiones de la vida social como un todo unitario que tienen su destinación o finalidad en su fundamento: “la fundación de la ciencia moderna, así como de la política, la economía, la tecnología, el arte, la industria y las correspondientes instituciones, tienen raíces religiosas y legitimidad religiosa. Eso significa que la fundación del mundo moderno, del mundo occidental, tiene la misma estructura que cualquier otra concepción del mundo, sobre la base de una religión, como los antropólogos y los sociólogos han mostrado hace tiempo. El problema surge cuando la complejidad produce por sí misma distanciamientos, incluso escisiones, y cuando todo ello hace que esos nuevos espacios sociales, y los hombres que los rigen pierdan pie, de tal manera que se vuelvan incapaces de referirse al origen y al todo. Entonces no hay raíces, no hay mundo, ni siquiera hay sociedad” (Jacinto Choza, Fundamento de la sociedad y fundamentalismo).    

Es por todo esto que hace un tiempo escribí sobre la necesidad de recuperar el sentido ético de la política, entendiendo que todas las esferas de la vida social gozan de un fundamento religioso en última instancia, que les otorga su sentido y unidad; un sentido y una unidad que descubren a la realidad originada su intrínseca dependencia con la realidad originante: Dios, que es el origen, centro y culmen de la historia de la humanidad. Quien se aparta de este fundamento religioso, quien hace una separación trivial entre ámbito público y privado es un sujeto expatriado, sumamente individualizado, que concibe la sociedad como un ente inverosímil y, en cierto modo, alejado de uno mismo – bien común –. El hombre nihilista es un hombre que desconoce su realidad ontológica y, por ello, establece la conexión con la sociedad estrictamente como una relación de interés en cuanto que su centro de gravedad es su yo – cuando el auténtico desarrollo del yo se da en sociedad, cuyo fundamento es la religión –.

Bien dice Dostoievski en Los demonios que “quien no tiene pueblo no tiene Dios. Sepa usted que todos los que dejan de entender a su pueblo y pierden su vínculo con él pierden asimismo, y en igual medida, la fe paterna y acaban siendo ateos o indiferentes” subyugados a ideologías que sumergen en la angustia en cuanto que la plenitud existencial se desarrolla en un presente que nunca se alcanza.

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comentarios
  1. Sigfrid dice:

    Excelente entrada, Joan. Muy interesante La ciudad cautiva y el sentido sagrado de la fundación de la ciudad.

  2. Saludos Sigfrid. Es un libro muy recomendable. El doctor Olives fue profresor mío en la Universidad y fue muy interesante. Gracias por comentar.

  3. Jaume dice:

    No hay sociedad sin religión y sin sistema de creencias. Recomiendo la lectura de “La religión como sistema cultural” de Clifford Geertz. Es importante reflexionar sobre la capacidad comunicativa de lo religioso para regular las relaciones sociales. Buena entrada Joan.

  4. Saludos Jaume, muchas gracias por la recomendación. Totalmente de acuerdo.

  5. Diego dice:

    Hola Joan. Me viene a la memoria la cita de San Josemaría: “No se puede separar la religión de la vida, ni en el pensamiento, ni en la realidad cotidiana”.

  6. Mauricio dice:

    Saludos Joan.

    Todos esos son resultados del buen o mal uso de la religión como método organizador del intelecto. Si es bien utilizado, termina haciéndonos sentir parte de una sociedad, y si lo utilizamos incorrectamente terminamos sintiéndonos aislados de ella causando todo tipo de inadaptaciones etc, es ahí donde surge el problema como dices; “cuando la complejidad produce por sí misma distanciamientos, incluso escisiones”

  7. Saludos Diego y Mauricio, muchas gracias por vuestros comentarios. Desde luego es perjudicial separar la religiosidad de la persona de su hacer en cuanto que la primera empapa y dota de sentido el segundo y el modo de acercarse a la realidad. Como bien expresa Mauricio, el “método organizador del intelecto”.

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