De la secularización a la trascendencia (II)

Publicado: 27 marzo, 2012 en Pensamiento

La aproximación a la cuestión quién soy depende fundamentalmente de si se plantea, al mismo tiempo, la cuestión de Dios. El hombre, es una constatación empírica, no se da el ser a sí mismo, es decir, es un ser creado como el resto de seres vivos. No obstante, a diferencia de estos, se perciben unos rasgos en el ser humano que le distinguen radicalmente. El hombre, a diferencia de cualquier otra criatura, se pone a sí mismo como objeto de conocimiento – sin ir más lejos esta serie de estradas suponen una reflexión sobre el carácter trascendente del ser humano –; es decir, advierte el propio yo como autor de sus actos dotándolos, además, de una valoración moral.

El hombre, hemos dicho, no se da el ser, sino que su ser ya es dado ontológicamente desde el principio. Sin embargo, a diferencia de los animales, no le es dada la forma de su vida, sino que la configura, según su modo de ser, a través de sus actos mediante los cuales alcanza su realización. Unos actos que no son neutros sino que están revestidos de moralidad, de ahí que se pueda establecer en ellos un juicio ético. La moralidad de los actos es una evidencia empírica que constata la conciencia, que acompaña al hombre a lo largo de su existencia. El hombre se halla en la tesitura de tener que elegir en todo momento la forma de su vida – el hombre está condenado a ser libre (Sartre, El ser y la nada) – según su modo de ser, es decir, según una muy particular forma de vida por la cual alcanza el ser lo que debe ser o, dicho de otro modo, ser quien se pregunta que es.

En lo dicho hasta ahora descubrimos que al hombre no le es dada la forma de vida como le es dada al universo o a los animales, sino que tiene que elegirla según un determinado modo de ser que apunta a un determinado fin que escapa del orden material. De ahí la facultad de reflexión, de autoconciencia y libertad, que apuntan hacia su carácter de ser trascendente. El hombre, descubre en su interioridad, que es libre constitutivamente, que a diferencia de los demás entes no es sujeto paciente de su ser, de su instinto, sino que es dueño de sí mismo, que se abre a la realidad y puede plantearse como se plantea la cuestión que inaugura este escrito. Sin embargo, aunque el ser del hombre se abre irrestrictamente a la realidad descubre que su libertad es finita en cuanto que no todo está a disposición de la voluntad. El hombre no elige su origen, ni su tiempo histórico ni elige, fundamentalmente, lo que debe ser – su fin –, un fin que algunos, como el Estagirita, apuntan que es la felicidad. El hombre quiere, por su naturaleza ontológica, ser feliz, pero no puede elegir ser feliz o no serlo – la inclinación a la felicidad, como dice el Aquinate, no está a nuestra disposición modificarla, sin que tendemos a ella debido a nuestro estatuto ontológico –. Lo que sí está a disposición del hombre es elegir los medios que le acerquen a esa felicidad, que es la propia realización.

Así, descubrimos que la persona, que ya es algo dado ontológicamente desde el comienzo – razón por la cual es persona humana – es un ser que se configura en el obrar y que tiende hacia un fin como todas las cosas que llegan a ser y son por naturaleza, pero con una particular, que está en su disposición, mediante la libertad. Ahora, la pregunta – que desarrollaré en la tercera entrada – es: ¿Hacia dónde vamos?

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comentarios
  1. Pilar Nieto dice:

    Hola Joan. Muchas gracias por estas interesantes entradas. Dan para pensar y eso ya es de agradecer.

  2. Saludos pilar. Muchas gracias por tu comentario.

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