De la secularización a la trascendencia (I)

Publicado: 21 marzo, 2012 en Pensamiento

La principal consecuencia de la secularización es la ausencia de fundamento en los valores que orientan la vida de las personas, al margen de la humanidad que reside en éstas. La falta de fe no es inocua pues la razón confirma que cuando carece de principios absolutos se halla desorientada en cuanto que su acción no tiende a un fin, que es lo propio de todas las realidades que llegan a ser y son por naturaleza. Todos los pasos del hombre se dirigen a un fin, sin embargo el hombre contemporáneo es presa de la incertidumbre por no saber bien quién es ni adónde va.

Si bien la secularización reviste de incertidumbre – relativismo – la existencia del hombre éste descubre en sí mismo aspectos de su trascendencia; de ahí el interés cada vez más frecuente por movimientos místicos orientales, por mantener formas de vida con destellos de espiritualidad con el fin de dar respuesta o interpretar esas cuestiones existenciales que revolotean en el ser del hombre y que la vida secularizada no permite ni puede. Los signos de trascendencia no se traducen necesariamente en la fe en una religión pero si despiertan la convicción por una realidad última que atañe incondicionalmente en cuanto que se descubre que la plenitud del ser depende absolutamente del modo de relacionarse con ella. Cuando esto último se percata como una necesidad intrínseca de la propia naturaleza ontológica es cuando el hombre descubre su sentido religioso.

Ciertamente, la religiosidad ofrece más interrogantes que certezas, sin embargo ninguna realidad mundana se percibe como lo último trascendente que da sentido al hombre sino como posibles medios que apuntan hacia la Verdad a la que se tiende por naturaleza y en la que se espera alcanzar la plenitud. Dostoievski señaló que “si Dios no existe, todo está permitido”; sin embargo, a la luz de la razón, es más preciso lanzar una hipótesis positiva: por sí mismo este mundo carece de sentido y no responde a la verdad del hombre. Así, si el mundo contingente no da una respuesta última, ¿no querrá decir que no es la realidad última? En efecto, existe una realidad mayor que da sentido del mundo y del hombre. Por eso hay un principio en el universo, que no es él mismo, por el que se comporta de un modo y no de otro; y lo mismo ocurre con el hombre.

 Porque existe algo y no más bien nada (Leibniz), porque existe el ente (Heidegger), nos preguntamos por el mundo y por el hombre, por su devenir y destino y no por lo contrario. El hombre se descubre en el ser y no en el vacío de la nada. Y un ser que no procede se sí mismo en cuanto que el ser humano no se brinda a sí mismo el ser sino que procede de la mas real realidad hacia la que apunta.  

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