Los jóvenes de la Puerta del Sol necesitan conocer a Dios

Publicado: 21 febrero, 2012 en Pensamiento, Religión

Benedicto XVI nos recuerda que la sociedad actual “que atraviesa por momentos de incertidumbre y duda, necesita la luz de Cristo”. En este tiempo oscuro y sombrío en el que parece predominar la injusticia social y la indignación, ilustrada en la Puerta del Sol, la Iglesia es la única luz que ilumina en la defensa del hombre, de su dignidad y de su libertad. No es esta la hora de la pesadumbre sino de la misión, de ser luz para el mundo.  

La vida social y política española no está exenta de tensión y dramatismo. Cinco millones de parados y un sinfín de familias sin ingresos económicos cuya única salida es acercarse a la puerta de Cáritas son razones suficientes para quienes reclaman no sólo la regeneración de la democracia, que consideran aprisionada por los partidos que la desempeñan, sino una nueva forma de pensar y vivir la política y la economía. Sin embargo se confunden quienes piensan que la esperanza se halla en la Puerta del Sol.   La esperanza pasa por construir la sociedad desde el humanismo cristiano, en el establecimiento de un orden justo en el que Cristo sea la cumbre de toda acción humana. Todo lo que no pase por esto es una batalla esteril que no conduce más que al derrumbamiento del hombre. La tribulación que afecta a millones de españoles desaparecerá en el momento en que predomine entre nosotros la vida ejemplar; la justicia social resplandecerá cuando se instaure la justicia moral.

Es evidente que no hay esperanza sin libertad personal. Es necesario por tanto que ésta, que entra en el ámbito de la moral, en cuanto que la libertad se consigna al bien o al mal, se destine al bien común y a Dios como su fin. Los hombres y mujeres de la Puerta del sol saben bien que el futuro sólo se construye con libertad; sin embargo ésta  no es un fin en sí misma si no que es el medio que tiene el hombre para autodestinarse hacia aquello que quiere por encima de todo, el bien mayor. No obstante, el hombre actual no reconoce su bien último – su bien personal – porque se desconoce a sí mismo. Su libertad nunca vendrá de realidades contingentes de carácter ideológico, económico o cultural sino que se halla inscrita en su ontología. La nuestra es una sociedad en crisis porque desconoce que la esperanza se construye en la persona – en la humanidad – y no en la ideología. Al no conocernos a nosotros mismos, al no reconocer nuestro fin último trascendente, la esperanza se vuelve una quimera. Las ideologías, el Marxismo por ejemplo, son utopia y no esperanza porque en sí no son susceptibles de respuesta personal. La ideología, que es la idea que mueven a la acción de cuantos deambulan por la Puerta del Sol, es un engaño pues precide que la felicidad del hombre se alcanzará en el tiempo borrándose en ello todo signo de trascendencia. La esperanza sólo es posible en el momento en el que el hombre se sabe criatura, que su esencia y acto de ser se destinan hacia el Ser en sí que es el fin y fuente de plenitud y quien dota de dignidad a la persona.

¿Queremos construir una sociedad mejor? Demos, pues, verdadero testimonio de Cristo en un mundo hondamente secularizado con cada una de nuestras acciones y en todos los ámbitos en los que nos movemos con el convencimiento de que no es en los ideales humanos sino en Cristo donde se traza la liberación y la esperanza. El humanismo cristiano ofrece una visión completa de la persona. Si el hombre se deja renovar por las realidades sagradas podrá fundar con solidez su existencia y, en consecuencia, hablar de un futuro iluminado por la Verdad última a la que el hombre se encamina con esperanza. Empresarios y trabajadores deben ser conscientes de que forman parte de una comunidad, la humana, que se asocia para llevar a término un mismo fin, el bien común. Las relaciones de reciprocidad, de donación y acojemiento, son resultas de este bien que concibe a la persona como un fin en sí mismo y no como un instrumento.  

Yo soy la luz del mundo: el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12). Descubramos nuestras raíces cristianas. Fieles a la alianza que Cristo ha sellado con su sangre derramada en la Cruz no hay cabida para el desánimo y la resignación. Embriagados del amor que es la imagen de Dios en nosotros y guiados por el Evangelio podremos iluminar a este mundo herido por el desempleo, la pobreza y la falta de esperanza.

Anuncios
comentarios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s