Dignidad contra utilidad del ser humano

Publicado: 8 febrero, 2012 en Antropología

Aunque no se alcanza la realidad en sí de las cosas cada vez tenemos un mayor conocimiento de los seres vivos. Sin embargo, pasan las centurias y el hombre es un misterio a resolver para sí mismo. La causa radica en la incomunicabilidad y la singularidad radical de su ser. Él, supuesto individual de naturaleza racional (Boecio, Contra Eutychen et Nestorium), posee voz por sí mismo; de aquí la declaración del Derecho Romano: “persona et sui iuris et alteri incommunicabilis” (la persona es sujeto de derecho e incomunicable para otro). Cada persona es única en extremo, irrepetible: “alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos” (Mt 10, 20).  Individualidad y dignidad son elementos constitutivos de la persona y causa de su singularidad con respecto a los demás seres vivos. Él, menos dependiente del medio, opera libre; dueño de sus actos, responde por ellos con total independencia.    

¿Qué sabe el hombre de sí mismo cuando no profundiza en esta señalada singularidad de cada persona con respecto a la humanidad en sí? La absoluta individualidad de cada ser humano lo hace único ante Dios y ante los demás. Cierto, los existentes no-humanos son singulares también – se pueden contar las cabezas de un rebaño –, pero según su modo de ser. Una mesa no se distingue de otra similar, incluso la cambiamos en la tienda si la primera presenta una tara; en las plantas y en los animales acontece cierto parecido puesto que su singularidad con respecto a los de su misma especie es prácticamente inexistente salvo en los accidentes. El hombre, aunque comparte con los de su especie una misma finalidad, su deber ser según una muy determinada forma de vida, es radicalmente otro en cuanto que es buscado por sí mismo: Sócrates no es intercambiable por Nietzsche, ni Sartre por Camus.

Urge, en una sociedad que fundamenta la importancia de la persona en su utilidad y dependencia, comprender el verdadero valor y dignidad del hombre, que se asienta en su estatuto ontológico, en su modo de ser humano que hace que sea radicalmente otro e insustituible por cualquier otro sujeto de su especie. La persona es única e incomunicable, tiene nombre propio, se pertenece a ella, es un fin en sí misma y no puede ser tratada – o utilizada – por ninguna otra ni por ella misma como medio, instrumento o cosa – pensemos en la esclavitud, en el aborto, en la eutanasia, etc. – en cuanto que cada hombre revela una particular y trascendente singularidad con independencia del resto de los miembros de la humanidad.    

La verdadera singularidad de la persona descansa en su origen, en que es obra  de un acto creador, libre y amoroso de Dios, que, en la libertad que Éste le confiere, halla su razón de ser, la posibilidad de su plenitud. Sin embargo, en el tiempo presente se tiende a una descarada despersonalización que termina por hacer indistinto a los hombres entre sí. Esta terrible igualdad que no distingue a la persona por su nombre sino por su función es contraria a la dignidad del ser humano, ya que no lo trata como fin sino como instrumento. De este modo la madre aborta a su hijo y el esposo extermina a su mujer que, a su propia voluntad, sentencia su destino antes de tiempo.     

Es posible que la nuestra sea la época de menor barbarie. Sin embargo, que la gran pasión de nuestro tiempo sea la utilidad – el desarrollo tecnológico – y que ésta alcance al mismo hombre, instrumentalizado, invita a la reflexión. ¿Buscamos el desarrollo real y trascendente de la persona según su modo de ser único e irrepetible, o bien individuos, trabajadores capaces de ejercer en el futuro una función en el sí de la sociedad? La realidad responde a esta pregunta antes de que lo hagamos nosotros. El sistema económico y de producción muestra que el valor y la dignidad de la persona no es lo radicalmente prioritario sino que al hombre se le concibe, de modo exclusivo, como obrero y consumidor de bienes materiales ajenos realmente a su desarrollo personal. La finalidad no es la persona, sino que ésta es exclusivamente un medio, pues la búsqueda de la verdad, la persecución del bien y la consecuente autorrealización del hombre no aparece en los fines de la industria ni se halla en el recuento de bienes; y sólo se mira el bien del ser humano por interés cuando puede contribuir a una mejora de resultados económicos.        

Obrero y consumidor es un retrato fiel del hombre de nuestros tiempos, que destaca el alimento contingente sobre el espiritual, el vestido corporal sobre el intelectual. ¿Dónde va la muchedumbre en su tiempo libre? No la hallaremos en las desiertas bibliotecas ni en los vacíos museos sino en el centro comercial. Me niego a aceptar esta realidad, me niego a no distinguir en el otro esa singularidad en la que se halla su razón de ser, me niego a que el hombre no pueda alcanzar su plenitud personal. El hombre es un absoluto ante los demás en cuanto que su singularidad es obra de un acto creador de Dios, a imagen y semejanza de Él. La imagen de Dios en el hombre es el amor, un amor que se dirige de modo especial hacia el individual e irrepetible ser de la persona del otro. Un amor que reconoce la dignidad del otro en cuanto existe una instancia mayor de la que todos dependemos, Dios, que la hace respetable ante los demás. Si no entendemos esta realidad difícilmente comprenderemos, por mucho que aseguremos que la persona es el fundamento del derecho, que el hombre no es un medio sino un fin creado libre por amor de Dios para alcanzar su perfección.    

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comentarios
  1. María José dice:

    Excelente artículo, está compartido ya en el muro de Instituto Dignitas y seguiremos dándole difusión. Felicidades!

  2. Saludos María José. Muchas gracias.

  3. […] embargo, en muchas ocasiones la cooperación entre los hombres se entiende desde una perspectiva utilitarista, ya sea el interés personal o general. Pienso, por ejemplo, en una idea vigente en el movimiento […]

  4. […] único “riesgo para la salud” de una sociedad es no velar por la dignidad incondicional de la persona y, en consecuencia, por el bien común. Lo que causa “alarma” no es […]

  5. Laura dice:

    Muy buen artículo, espero que lo lea mucha gente. Merece la pena reflexionar.

  6. Saludos Laura, muchas gracias por comentar. Esperemos que sí.

  7. […] que el hombre puede elegir para ser un imbécil. Sin duda, las personas no son normales, sino únicas e irrepetibles y sus acciones libres son moralmente buenas o malas, no hay más. Que los muchachos de Nuevas […]

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