Qué debe comunicar la Iglesia y cómo

Publicado: 26 enero, 2012 en Iglesia, Religión

La Iglesia, los presbíteros y los fieles deben transmitir el mensaje cristiano con argumentos adecuados al Evangelio, con rigor y con inteligibilidad para el hombre contemporaneo. Cierto, la Iglesia no debe mundanizarse pero si debe abrirse al mundo. No olvidemos que la Iglesia existe porque Jesucristo entra en la historia de la humanidad para comunicar al hombre la salvación y el Reino de Dios. De la misma manera que Dios interpela al hombre, la Iglesia debe interpelar al hombre para hacerle partícipe de ese Reino y de esa salvación. Si Dios baja al mundo para que éste participe de su Gloria, la Iglesia debe abrirse también al diálogo del hombre, debe entrar en el mundo para que éste trascienda.

La Iglesia debe consagrarse al servir del plan de Cristo. Y esto no puede hacerlo encerrada en sí misma, sino abriéndose al mundo, al hombre, a lo largo de la historia de su peregrinación hasta el fin de los tiempos. La Iglesia sólo puede ser misionera si trasciende sus muros, si se abre al mundo y acoge en su seno al hombre con absoluta caridad y desde la fe. Desde la caridad porque debe ser humanitaria, y desde la fe porque su labor última no sólo es ayudar al hombre en el mundo, sino abrilo a la trascendencia, conducirlo hacia Dios. Los cristianos debemos procurar que el mensaje de Jesucristo se revele siempre nuevo para que permita responder a los interroganes del hombre contemporaneo – no sólo la de ahora sino al de cada momento histórico –, pues no olvidemos que la palabra de Dios siempre viva se revela al hombre real.    

Al mismo tiempo, los cristianos hemos de ser conscientes de que nos movemos en un mundo fuertemente secularizado donde la credibilidad de la Iglesia si no es nula es puesta a debate con absoluta reiteración. Esta circunstancia no debe conducir a una mundanización del mensaje cristiano o a cerrar filas, más bien a ser astutos y rigurosos a la hora de transmitirlo. No sólo hay que transmitirlo, sino que siendo fieles al mensaje, hay que lograr que interpele, pues no sólo hay personas contrarias al cristianismo, sino indiferentes que lo perciben como algo obsoleto. Hay que saber transmitirlo, porque, muy probablemente, no existe otra institución al margen de la Iglesia que aporte más a la sociedad y haga más por la defensa de la dignidad de la persona tanto en lo material como en lo espiritual. Y hay que saber transmitirlo porque esta realidad positiva no es apreciada o es desconocida por una amplia mayoría.    

En esta actitud es importante no sólo saber transmitir el mensaje cristiano al hombre contemporáneo. También es importante la forma en que se realice. Y cuando se habla de la forma de transmitir el mensaje la imagen ocupa un papel importante, más en un tiempo, el nuestro, donde ésta ocupa un papel relevante sino principal. Pensemos, por otro lado, que no hay otra realidad más bella y más dotada de beldad que el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. El mensaje es revelador, nos descubre a los hombres quiénes somos y nos anuncia nuestro destino respondiendo a cada una de nuestras cuestiones.  

Respecto a la imagen qué podemos hacer. Pensemos en qué dice el mundo sobre la imagen de la Iglesia. Es habitual que salte a la palestra la supuesta riqueza que atesora la Iglesia. Bien, evaluemos entonces que tiene esta apreciación de cierta y de errónea. De errónea los emolumentos destinados a los presbíteros y obispos que se mueven entre los 800 euros y los 1.200 euros en el caso de estos últimos o el dinero que ahorra la Iglesia al Estado en lavores sociales. De cierto la suntuosidad, en ocasiones excesivamente pomposa, que exhiben ciertos obispos y presbíteros, así como la relación con el poder y la participación en actos señoriales que no favorecen en nada la transmisión del mensaje cristiano.   

Recuerdo, visitando la parroquia donde vivía San Juan María Vienney, más conocido como el santo cura de Ars, la pobreza con la que vivía este buen hombre de Dios. Sin embargo, para las cosas de Dios, los utensilios destinados a la celebración de la santa Misa, reservaba todo el dinero que poseía o le donaban. Un buen sacerdote amigo me respondió que eso era para mayor Gloria de Dios, que se merecía lo mejor. No obstante, reflexionando, me pregunto si es necesaria esa opulencia, y no porque no sea necesario ofrecer a Dios lo mejor, sino para no mostrar una apariencia inapropiada. Como digo, vivimos en la época de la imagen y, por tanto, es necesario mostrar la misma imagen de sencilles con la que viven muchos millones de personas. No olvidemos tampoco, que lo único esencial es el mensaje y la fidelidad, en la fe, del contenido de éste.   

No obstante, más importante que la imagen es el contenido. La doctrina es la que es y no se puede variar bajo pena de cuestionar los dogmas, pero si mostrar el mensaje, como decía anteriormente, de una manera inteligible al hombre contemporáneo y que, al mismo tiempo, sea capaz de dar respuesta a sus cuestiones. Es importante que reflexionemos sobre esto, porque la Iglesia, los fieles tenemos la ingente responsabilidad de ofrecer el mensaje cristiano como signo de esperanza para el hombre contemporáneo. Si la Iglesia muchas veces está vacía, si el mensaje cristiano no es vivido la culpa, en parte, es nuestra.

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