Visión de la sociedad

Publicado: 15 enero, 2012 en Pensamiento

Angustia metafísica, zozobra moral y desasosiego existencial o tal vez vejación, miseria y ultraje. También podríamos decir que vivimos en el tiempo en el que el sinsentido cobra su dimensión más barroca, la opulencia el patetismo más beocio y la hipocresía su máxima desmesura. El hombre, extasiado por el destello de la contingencia manifiesta una batueca actitud causada por el olvido o ignorancia de los fundamentos por los que es lo que es y mediante los cuales puede ser lo que debe ser. Soledad ontológica, desidia moral, hastío existencial en una edad en la que el hombre, paradoja, es centro y cumbre de la realidad.

El hombre borra todo resquicio de trascendencia por una arbitraria contingencia que sin embargo, en su deseo de libertad resulta trivial y asfixiante. Dejamos de hablar de esperanza y, con ello, de felicidad para reducirlo todo a progreso, justicia social y erradicación del hambre y del dolor. Abandonamos el peregrinaje para convertirnos en afligidos supervivientes engañados por un insensato escepticismo. Heterodoxo antropocentrismo alienador el que padecemos que en lugar de liberar al hombre le conduce a la zozobra mediante el funesto peso de las ideologías que destruyen toda referencia absoluta, todo anhelo intrínseco de virtud para alcanzar la trascendencia del ser en la perfección del obrar.   

Desterrado el sentido de toda referencia humana, disipados la verdad y el bien, la única regla que se impone es la voluntad humana, medida de razón y de justicia. Borrado todo proyecto, el momento es el objeto del obrar humano; así, la virtud se ve remplazada por el pragmatismo y el utilitarismo, únicas leyes de una norma subjetiva cuyo fin es el cumplimiento de los deseos del yo sin excepción. De aquí que el dicterio, la injuria y la injusticia sean las cualidades habituales del hombre que, aunque de noble espíritu, encuentra en la propia salvaguarda el bien mayor. Sin trascendencia la existencia se torna alienación en un presente asmático y la verdad en la simple mayoría.

Se deambula como deambula el perro abandonado, entendiéndose, en el caso del intelectual, que el existir no es nada más que un amargo sufrir y, en el caso del eunuco, un ser para el mundo fugaz. En esta condición se entiende, se comprende, incluso puede justificarse el maquiavelismo social por el cual el primer de todo derecho humano, la vida, se legitima en virtud de la consideración de la mayoría. Tal relativismo es inhumano cuando la verdad, el bien  y la belleza se miden por el sentimiento y no por la razón, la ley natural y la moral. Y esto, desde luego, es el comienzo de esta tiranía invisible pero salvaje que padecemos que no absolutiza la dignidad del ser humano.   

Pero, ¿qué importa el hombre? Deshumanización cuando se evita que el hombre se pregunte por las grandes cuestiones. Se borra la trascendencia en beneficio del progreso, el bienestar en lugar de la salvación. Sin embargo, no estamos en el paraíso, más bien nos encontramos atrapados en la metrópolis de Fritz Lang donde se intenta mantenernos entretenidos cual criatura de laboratorio.  

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