Decir siempre la verdad…

Publicado: 23 diciembre, 2011 en Pensamiento

“Decir siempre la verdad, aunque duela; decir la verdad sin adornos ni excusas; llamar al pan, pan, y al vino, vino”. Estas palabras son del nuevo presidente del gobierno de España y fueron pronunciadas durante su investidura. Desde luego es otorgada a la razón humana la capacidad de ordenarse a la verdad y al bien y distinguir, en ello, la verdad del error y el bien del mal, porque el error y el mal son actos contrarios a la ontología de la persona y atentan seriamente contra el desarrollo de su naturaleza humana.

A la verdad y al bien el hombre se encuentra dispuesto de manera muy íntima. Mediante el entendimiento y la voluntad la persona posee irrestrictas, aunque finitas, posibilidades de conocer cada vez más – la verdad – y amar con mayor grado – el bien – en vistas a lo que es natural a su ser, la propia realización. Así, porque somos hombres y no leones nuestra naturaleza ontológica nos conduce a ser mediante el obrar un proyecto cuya intrínseca realidad se forja mediante la adquisición de la verdad y del bien. Alcanzar la verdad y el bien es la perfección del hombre y ello no es causa de la apetencia sino de la propia estructura del ser, aquello que se debe ser.   

Así, por su naturaleza ontológica, por su apertura a la realidad, el entendimiento y la voluntad remiten a la captación y a la realización de la verdad y del bien. Porque el hombre es y se realiza por la verdad y el bien es preciso recordar la existencia de una verdad y de un bien objetivo y absoluto. La verdad y el bien no son circunstanciales sino que son fundamento y proceden de un designio; por éste, la naturaleza ontológica del hombre está configurada a alcanzar su intrínseco desarrollo y perfección mediante la verdad y el bien.

¿Pero cómo alcanzar la verdad y el bien y no el error y el mal? La verdad y el bien no son imposición de opinión o ideología, sino que son realidades trascendentales a las cuales el hombre se halla íntimamente relacionado por su naturaleza; son, pues, propiedades elementales de su ser por las que el hombre, con palabras de Píndaro, llega a ser lo que es. Por gracia – gracia que es luz para el entendimiento – la razón humana alcanza a comprender la existencia de verdades por las cuales requiere el auxilio de la fe, verdades que por otro lado sólo son asumibles por la razón, por el hombre y no por el león. De este modo, la razón y la fe, ambas, inseparables, permiten al hombre descubrir el error y el mal como repugnantes para el ser del hombre, para aquello que debe ser de acuerdo con la razón – porque todo lo que va en contra de la razón o no se ajusta a ella ni es verdadero ni es bueno –.   

Así pues, hay que estar siempre con la verdad y el bien objetivo y absoluto más allá de las coyunturas ideológicas y de los intereses eventuales. En consecuencia, ser católico no es adoptar una estética o pertenecer a un club social, es identificarse con Cristo, modelo perfecto de lo que es – y debe ser – el hombre.

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comentarios
  1. carlos palos dice:

    Sorprende que los mismos que critican la Iglesia por mantener verdades absolutas afirmen con tanta contundencia que ellos siempre dicen la verdad.

  2. Saludos Carlos. Ciertamente es muy sorprendente ante aquellos que niegan la Verdad.

  3. Interesante artículo de Victoria Prego en ‘El Mundo’.

    http://elmundo.orbyt.es/2011/12/31/orbyt_en_elmundo/1325366040.html

    Entre tener que presentarse ante los mercados como un Gobierno asustadizo y tener que quedar como mentiroso ante los ciudadanos, han elegido la segunda opción.

    Sobre todo porque el equipo de Rajoy cree que para España habrían sido inmediatas y terribles las consecuencias de que los gobiernos de la UE, EEUU y, detrás de ellos, los mercados, sentenciaran que quien se había presentado ante Europa como riguroso y decidido gobernante se bizcochaba desde su primer Consejo y, muerto de miedo, empezaba a remolonear. «Es imprescindible volver a conseguir, como sea, una imagen de país solvente; que España vuelva a ser vista como un país serio y que recupere peso y opinión en Europa y en América» explica uno de los ministros del recién estrenado Gobierno del PP. Así que el primer recado ha sido enviado al exterior.

    Pero no es ésta la única razón, ni la más importante, de que el pasado viernes comparecieran ante la opinión pública nada menos que cuatro ministros para anunciar que el Gobierno hará lo que juró que no iba a hacer: subir los impuestos a los españoles. La razón es que su primerísimo objetivo es reducir el déficit que nos devora. «El agujero es muy grande, mucho. Y, peor que las medidas anunciadas, habría sido no hacer nada serio para reducirlo» asegura ese ministro, que insiste en que los datos del auténtico déficit -aproximado, porque aún falta cerrar el ejercicio- no los han tenido hasta que no se han sentado en sus despachos. Los miembros del nuevo Gobierno explican a quien les quiera escuchar que pidieron a los antiguos responsables la cifra y no se les dio. Se les dijo que aún no estaba cerrada, lo cual era técnicamente cierto pero políticamente falso.

    De todos modos, dado su perfecto conocimiento de la situación de las comunidades autónomas, que desde el mes de mayo han tenido tiempo sobrado de calibrar el catastrófico estado de sus cuentas, la pregunta obligada es: ¿el Gobierno sabía que iba a subir los impuestos mientras aseguraba en la campaña electoral que no iba a hacerlo? Porque a aquellas alturas muchos analistas avanzaban ya que lo del 6% era una quimera y que el déficit se iría al 7 o al 7,5%. Y a finales de octubre, Cristóbal Montoro -que durante estos meses le ha estado haciendo los papeles a
    Rajoy- tenía ya sobre la mesa los informes de los técnicos del Ministerio de Hacienda.

    «Pero el 8% no lo había dado nadie» se justifica este ministro «y, además, las cuentas del tercer trimestre habían quedado algo más ajustadas, no habían salido mal. Lo que sí es cierto es que cuando, una semana después de las elecciones, Carbajo (secretario de Estado de Presupuestos de Elena Salgado) presentó unos datos que dejaban claro que el superávit de la Seguridad Social se acababa, ya nos pusimos en situación de ‘prevengan’».

    Mariano Rajoy nunca olvida lo que le sucedió al inglés David Cameron, que perdió una carretada de votos porque explicó con claridad antes de las elecciones las medidas que pensaba tomar. Esa pérdida de apoyo electoral le dejó luego en posición de debilidad para actuar sobre la crisis. Desde hace varios años Rajoy repite esta idea: «Si no ganas las elecciones, es inútil tener muchos proyectos excelentes porque no los puedes aplicar. Para poder sacar al país del estado en el que está es imprescindible ganar». Y no cabe duda de que ha puesto en práctica esta idea porque es un hecho que en campaña no advirtió que quizá tuviera que subir los impuestos.

    Esto le va a acarrear un aluvión de rechazos. Pero no le puede restar votos. Es probable también que el reproche por lo que su electorado puede considerar un engaño no dure mucho tiempo. Pero otras cosas sí van a durar y pueden costarle al Gobierno el respaldo político de que ahora goza. La más importante es que, encima, fracasen en el intento.

    Los ministros de Rajoy saben bien que pueden acabar ardiendo en la pira del rechazo ciudadano pero, como los pilotos japoneses en la II Guerra Mundial, han acudido preparados para carbonizarse en el intento. «Venimos dispuestos a asumir todos los costes políticos» dicen. «No hemos venido aquí a sentarnos en el sillón y a disfrutar del cargo. Hemos venido a ejercerlo. Pase lo que pase. Y no podemos permitir que se agrande el agujero en el que estamos y que hundiría a España durante décadas. Hay que hacer lo que hay que hacer. El mayor coste para el país es no hacer nada», declara uno de ellos.

    Las primeras grandes críticas han venido por el momento del PSOE. Pero ese partido no tiene ahora mismo la menor autoridad para criticar las medidas del Gobierno. Primero, porque no es verdad que esas medidas nos lleven a la recesión, como dijo el pasado sábado Rubalcaba: en recesión ya estamos. Y a ella nos ha llevado el Gobierno socialista.

    Segundo, porque no son «las comunidades del PP» en expresión también de Rubalcaba, las que se han dedicado al despilfarro más insensato. Han sido casi todas las comunidades autónomas, algunas del PP -con honrosas excepciones como la de Madrid- y otras muchas del PSOE las que, en la anterior legislatura, han disparado alegremente con pólvora del rey y ahora son los contribuyentes los que tienen que volver a apretarse el cinturón para sacar las castañas del fuego a esos insensatos gobiernos autonómicos. Las llamadas por Rubalcaba «comunidades del PP» son las que se han encontrado las pavorosas cuentas en los cajones y las que han hecho aflorar los monumentales déficits entre los aspavientos de los anteriores gobernantes, léase por ejemplo el señor Barreda en Castilla-La Mancha.

    Tercero, porque las medidas más importantes que el viernes tomó el Gobierno son las que habría tenido que tomar el PSOE si se hubiera atrevido a hacer otra cosa más seria que gobernar a golpe de encuesta.

    Y cuarto, porque algunas medidas socialistas, como esa reiterada del impuesto sobre las grandes fortunas, son pura filfa que tienen un mínimo impacto fiscal. Lo tendrá moral, o estético. Pero no puede venir el señor Rubalcaba ahora a decir que con ese impuesto se aliviaría el comatoso estado de nuestras cuentas públicas, porque eso no es cierto.

    La oposición del PSOE va a ser implacable, ya se ha visto en los primerísimos compases. Pero lo importante es lo que opine la masa de votantes que ha puesto en manos de Rajoy el poder para sacar a España del agujero. De momento, lo decidido ha molestado a casi todos, especialmente a las clases medias, eternas paganas de los desmanes ajenos.

    Dicen en el Gobierno que van a presentar enseguida un programa de lucha contra el fraude fiscal y el laboral. «Este mismo mes anunciaremos las medidas. Y van a ser a rajatabla» adelantan fuentes gubernamentales. El impacto recaudatorio que vaya a tener de esa lucha contra el fraude no es fácil de cuantificar. Pero más le vale al Gobierno ofrecer a sus votantes alguna acción de calado que calme su irritación, no vaya a ser que se encuentre con que los mismos que le han dado el poder se junten un día para, andando calle Alcalá arriba, le monten una manifestación de protesta al responsable de Hacienda, la mano que acaba de coger por el cuello a los asalariados en nombre de Rajoy.

  4. […] hombre debe siempre reconocer un virtuoso interés por la verdad, más cuando la razón tiene la capacidad de ordenarse a ella. Una verdad que va más allá de las certezas conceptuales y que alcanza la seguridad existencial […]

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