Una joven de 19 años presuntamente violada en un botellón

Publicado: 8 octubre, 2011 en Pensamiento

Son muchas las personas que siguen el aserto de Goethe: “en el principio era la acción”. Así, anteponen a toda realidad última y a su propia existencia el acto, contingente y concupiscible. Este tipo de sujetos obvian o anulan la natural idiosincrasia de la naturaleza ontológica del ser humano, que es la de disponer de sentido al ser personal y a sus correspondientes acciones. El hombre nunca obra por obrar y menos para la acción carente de sentido; y por carente de sentido comprendemos todas aquellas acciones que se anteponen al fin del hombre, es decir, aquellas que por su esencia se encuentran despersonalizadas.

Al respecto, y mirando a Aristóteles (Física), es de gran importancia descubrir que nada obra por azar o casualidad sino que toda acción tiende a un fin, y que el fin se halla en todas las cosas que llegan a ser y son por naturaleza. Así, no debemos ni deberíamos olvidar que todo se encuentra provisto de propósito y sentido y que el obrar del hombre se dirige a un fin que no es otro que dar plenitud a su ser. No obstante, una vez aniquilada la pregunta del por qué – muchas veces reemplazada por el mero cómo –, la persona descuida que la vida, su vida, es el resultado de un plan previo que se descubre y muestra en su propia realidad antropológica.

El hombre no es pura temporalidad como sostenían los presocráticos y más recientemente Nietzsche. El hombre está en el tiempo, cierto, pero lo trasciende ya que es eternizable en coexistencia con Dios. De este modo, por estar en el mundo, el hombre no puede ni debe desentenderse de las realidades de éste, pero por el hecho de trascenderlo es preciso cobrar consciencia de que lo fundamental en el hombre no es la mera acción ni lo que se desprende de la materialidad – y del sentimiento – y que lleva a tomar posturas escépticas, relativistas, nihilistas o hedonistas, sino que el ser humano, está llamado a la eternidad directamente por Jesucristo.

Por Jesucristo y en Jesucristo los hombres podemos dar respuesta al por qué y conocer ese ‘yo’ personal que está llamado a ser, mediante la virtud, total plenitud y perfección – en la eternidad con Cristo –.    

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