El toro no es un mártir

Publicado: 25 septiembre, 2011 en Cultura, Derechos humanos

Psicodrama en la Monumental. Así describe Ignacio Camacho la última corrida en Cataluña, que supone, para el firmante, el fin “de la más clásica seña de identidad cultural española”. Javier Martín también tira de sentimiento e historia para señalar que La Monumental echa el cerrojo a 624 años de toros. Otros, más apurados, se pierden por veredas nacionalistas demostrando, con lo que escriben y cómo lo escriben, el universo mental e ideológico que les empuja. Es innegable que la llamada fiesta contiene, o puede contener, una determinada expresión como señala Gustavo Bueno; tampoco se duda de que sea una tradición, otra cuestión es si supone la más clásica seña de identidad cultural española.

El toreo es una tradición que se remonta a la Reconquistaen la que tanto musulmanes como cristianos picaban al toro bravo en preparación para la contienda. Este origen belicoso, perdida su función y necesidad, convierte al toro en una cuestión que algunos denominan arte bañado de estética y simbolismo. Ciertamente, insisto, el toreo puede albergar cierto simbolismo al margen de si es en realidad una manifestación artística o un acto de barbarie. Sin embargo, al menos en Cataluña, puede decirse que es una tradición venida tan a menos que su continuidad va ligada a la existencia del escaso centenar de asistentes, la mayoría de ellos turistas, que llenan La Monumental en las poco más de veinte corridas que se celebran a lo largo de la temporada.  

El toreo es una tradición y como tradición puede perderse, restar como un eco de un pasado y pervivir, a través del toro, como el símbolo que es para determinados miembros de la sociedad española. El toro para existir no requiere de ese heroísmo que se le imputa o al que se le obliga. Sin duda, por su bravura, acepta el reto en la plaza, pero a ese fin al que acude por naturaleza no es martirio sino sacrificio, dos conceptos que no necesitan explicación. Para otros, los defensores de los animales, el toreo es barbarie, en cuanto supone la aniquilación de la existencia del animal. A estos, con razón, les rogaría, como ya hice en una ocasión, que se preocupen de los animales, sí, pero aún más de fomentar y mantener un estatuto ético del hombre, en el que se preserve su dignidad, ya sea en el estado de cigoto, ya sea en la etapa de ancianidad. En este sentido suscribo con matices las palabras expresadas por Savater en su artículo publicado hace un año en El País: “el bárbaro no es quien maltrata o no se compadece de las bestias, sino quien no distingue entre el trato que debemos a los humanos y el que corresponde a los animales”.

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