El odio

Publicado: 14 septiembre, 2011 en Pensamiento

El discurso del odio se inserta de modo intrínseco en nuestro hacer diario con una pasmosa naturalidad. Bajo la supuesta libertad de expresión, o sin ella, se convierte al otro en blanco de nuestra ira, cuando no, también, de nuestra envidia. No obstante, el odio se viste no pocas veces de imperativo moral cuando, por una razón irracional, patológica, se entiende que se alcanzará el bien aniquilándose el mal que se concibe que hay en el otro; de esta manera, la inquina, la ira, la violencia hallan una aparente justificación. Todo esto acontece, desde luego, a causa de la ausencia de rigor intelectual y moral al mismo tiempo. La relatividad con la que se concibe el bien y el mal y la facilidad con la que se habla sobre valores nos aproximan a una sociedad decadente, nada virtuosa.   

El silencio ante la realidad ontológica del ser humano, su propósito y sentido trascendente, y el hecho de cohabitar en una mezcolanza de somnolencia y autismo existencial, conducen hacia una indiferencia moral donde el objeto de deseo no es el bien sino que se obra conforme a la búsqueda de la satisfacción del yo, en ocasiones a cualquier precio, incluso en detrimento del otro. De este modo, el sujeto en estado de odio obvia la búsqueda del bien mayor, el bien común, situándose en objeto de su preferencia un bien personal que pasa forzosamente por atentar, de un modo u otro, contra la dignidad de la otra persona.  

La principal fuente de odio es la envidia. En ella no se busca el bien sino emitir el mal a alguien y, sobre todo, de manera más concreta, hacia el bien que emana de esa persona que es receptora de la fruición. Si la búsqueda del bien genera felicidad en los distintos estadios al ser humano, la envidia que teje el odio provoca un estado contrario. Quien se atormenta del bien – de lo bueno, bello y verdadero – del otro yace en un estado de amargura permanente a causa del deseo desordenado de poseerlo – o, al menos, destruirlo mediante la calumnia o la violencia –, que conduce a ‘enfrentarse’ contra el otro a quien se concibe como alguien que no merece el bien ni la felicidad.

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comentarios
  1. Luis Sotelo dice:

    Aquí en Perú donde tenemos marcadas diferencias,principalmente sociales y políticas, vemos a diario en la prensa como este odio se manifiesta hacia quien piensa distinto o hacia quien habiendo obtenido logros importantes, por el único hecho de no ser afín a sus ideologías, que no pocas veces son mezquinas y tiranas. Buen artículo

  2. Saludos Luís. Ciertamente, ante el pensamiento contrario tenemos la tendencia de detener todo razomaniento en el prejuicio mostrandonos incapaces de encontrar, en ocasiones, razones en ese pensamiento al que solo queremos combatir, cuando lo primero de todo sería entrar en diálogo. Gracias por comentar.

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