Perdidos

Publicado: 29 agosto, 2011 en Pensamiento

Por la libertad y por la capacidad de elección el hombre se pierde en esa actividad que es la existencia convirtiéndose la vida en una enmarañada selva o en una embrollada ciudad con un sin fin de calles sin salida. La consecuencia de este perdimiento son el escepticismo y la congoja, que tornan amargo el privilegiado destino al que está llamada a gozar la naturaleza humana en su plenitud.

¿Cómo puede el hombre encauzarse hacia su horizonte? Por fácil que parezca y por simple que suene es evidente a la luz de la experiencia que el sentido depende y se fundamenta en su orden a una realidad última en la que todas las demás se subordinan y se hacen presentes. Es esta realidad a la que deben orientarse todos aquellos que quieran alcanzar una vida humana lograda. ¿Pero cómo sabemos cuál es esa realidad última, radical y suprema? Sin lugar a dudas hablamos de una realidad que no es un misterio inalcanzable aunque su conocimiento no sea siempre evidente ni confortable a la lógica del ser humano; esta realidad es Dios, que se manifiesta a lo largo de la historia, ya sea en la zarza ardiente, o de manera más reveladora y completa mediante la encarnación del Hijo.

El conocimiento de Dios no es absoluto, pero existe y es suficiente en cuanto que en Él cobran sentido todas las realidades. Cristo, presente entre nosotros nos revela quién es el hombre y cuál es su camino. Nosotros, podemos tomarlo o anularlo por la libertad que nos ha sido conferida. No obstante, el hombre a diferencia de los demás seres se halla con la obligación de vivir más allá de ese sobrevivir que confiere el instinto. La persona humana se encuentra ante sí misma convertida en la forzosa autora de su propia existencia y con la obligación de escoger – y de rechazar – aquellas realidades que den cumplimiento a su naturaleza ontológica. El hombre no puede restar adormecido como el gato cuando ya ha realizado todas sus actividades instintivas, sino que debe vivir, remar mar adentro, porque su existencia no viene hecha.

Sin embargo, en la época de mayor libertinaje y albedrío no aceptamos la libertad de ser autores de nuestra existencia; es más, preferimos la evasión de no tener que hacer lo que estamos llamados a hacer: dar plenitud a nuestra existencia – a nuestro ser dado –, a nuestra vocación. Y vivir es salir de uno mismo, emprender ese camino al que exhortan esa cuestiones que se resumen en quién somos y adónde vamos; cuestiones, que bien planteadas, con honestidad, conducen hacia esa realidad última en la que alcanzamos nuestra máxima radicalidad en comunión con ella. En cambio, cuando el hombre no vive, cuando no sale de sí mismo, se halla perdido, situación que bien expresa Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46). Aunque de inmediato descubre que debe salir de sí mismo, tomar posesión de ese actuar que es hacer la vida, haciéndose cargo de ella, por cruenta que sea, porque en ella está la verdad.     

 

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