La crisis de nuestro tiempo

Publicado: 1 agosto, 2011 en Ética y Moral

De constante desde el ámbito sociopolítico, económico e intelectual emanan exhortaciones que reivindican la búsqueda de valores éticos para alcanzar la vida buena en sociedad sin saber con certeza, no obstante, que supuestos valores son necesarios para tal fin. Esta necesidad de valores, si bien se desconoce con claridad cuáles deben de ser, constata que nuestra época se encuentra marcada en gran medida por la crisis vital. Es evidente que el hombre contemporáneo es un sujeto desorientado cuya existencia no se encuentra ordenada a un sólido fundamento sino a la más subjetiva arbitrariedad, aunque exista aún en él, de bien seguro por el bagaje histórico-cultural del cristianismo, una cierta noción ontológica de la moral. Ciertamente algunas concepciones éticas como el imperativo categórico kantiano, que se enraíza en la moral cristiana, persisten en el obrar colectivo si bien desligados o desnaturalizados de su fundamento.

El hombre contemporáneo vive en una profunda paradoja. Muchos poseen en sus vehículos sistemas de navegación por satélite que permiten marcar una determinada posición con el fin de establecer la ruta más correcta sin perderse; sin embargo, muchos de ellos han perdido la brújula existencial que les permite orientarse para descubrir, en su ruta, el camino al que están llamados a recorrer desde el comienzo de su vida. Estos hombres permanecen insertados en una existencia en la que la acción y el movimiento carecen de metas hacia las cuales apuntan los actos y el desarrollo de la personalidad. Son, en cierto modo, vagabundos existenciales cuyas aspiraciones, deseos y anhelos no son más que utópicas creaciones de su propia individualidad que no ayudan a edificar la arquitectura en la que se forja el sentido del hombre en relación a su fundamento. La falta de valores, mejor dicho de virtud, provoca que el paso del hombre sea vacilante ya que los indicadores morales, que operan del mismo modo que los paneles en las carreteras, se borran a medida que el hombre se aparta del correcto desarrollo de su naturaleza ontológica.  

El hombre carente de sentido es un sujeto desorientado porque no sabe a ciencia cierta hacia dónde debe ir. La cultura, la ciencia, la filosofía, la democracia, la libertad, están desalojadas de su centro de gravitación. Así, la vida del hombre resta al margen de su propósito y fundamento careciendo, en ello, de sentido. De este modo, la cultura, la ciencia… la democracia son incapaces de soportar la vida humana y su por qué y para qué, y cuando lo ansía se desmorona cual castillo de naipes porque los valores que se persiguen para alcanzar la vida buena resultan subjetivos, arbitrarios, pero no reales, fundamentales y trascendentales. En verdad, al hombre le basta religarse a su fundamento para descubrir el sentido y la finalidad del más noble de los ejercicios: el vivir. Del mismo modo que el resultado del atleta es consecuencia del esfuerzo y del desarrollo de las propias habilidades; el buen vivir es fruto del desarrollo de la virtud, y para alcanzar la virtud el hombre no puede disponer su existencia sobre el fino y vacilante piso de la arbitrariedad. Así, como ningún científico descubre una ley por azar sino como consecuencia de su riguroso y honesto trabajo; el hombre descubre el sentido de su existencia, una existencia más gozosa, interesante y plena, mediante el riguroso y honesto vivir en el mundo en el que descubre su ley: su fundamento al que se religa por el desarrollo de su intrínseca naturaleza ontológica.  

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La virtud en la cúspide de los valores.

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