Lo que realmente importa

Publicado: 24 julio, 2011 en Pensamiento

El dinero si no redime nuestras penas al menos las suaviza. Con él todo resulta más llevadero pues libera del miedo del hombre a la indigencia. Una persona, un varón, desafortunada en amores se rescataba de su supuesta desdicha afirmándome con absoluta sinceridad que no ocurría nada, que tenía trabajo, dinero y un buen coche. Como si el trabajo, el dinero y el coche fueran las realidades que otorgan sentido y ofrecen plenitud a su existencia. Esta es si no la mayor sí una de las principales crisis de la humanidad actual, que bien podríamos denominar con el título de desorientación existencial.

Repito, el dinero en apariencia se convierte en un colchón que suaviza la caída de aquellos hombres que no son capaces de construir una personalidad propia ni de descubrir el norte en su brújula vital. El dinero permite y dispone a la persona en la acción y en el movimiento para salir del hastío causado por la falta de sentido y de finalidad. Sin embargo está disposición a la acción y al movimiento sin rumbo hace que los actos del hombre sean obrados de la misma manera que las flechas lanzadas sin descanso por el arquero en la oscuridad, cuyo destino es incierto.

¿Quién no tiene anotadas en su lista mental realidades, hacia las que en la mayoría de las ocasiones ofrecemos una desmesurada adoración, que no son más que el deseo de nuestra individualidad? ¿Cuántas veces no tomamos decisiones, conscientes o no, en ocasiones de capital importancia, guiados por el entorno?

Aquí y ahora corresponde hablar de Dios, aunque pueda molestar. Hace unos días hablaba del uso equívoco del término Ética. Algo similar acontece con el concepto de humanismo, que de cotidiano recoge y asume los valores sustanciales del cristianismo pero sin Dios. Todo hombre, aunque se considere ateo, agnóstico, escéptico, nihilista, librepensador… alcanza a comprender de alguna manera la extensión de los trascendentales, del bien, de la verdad y de la belleza, y distingue en ellos un grado de superioridad. Sin embargo, esta comprensión, tan real como maravillosa, se halla desarticulada de su fundamento. Al mismo tiempo, ocurre lo mismo con el movimiento ontológico del hombre hacia la verdad. El amor a la verdad se halla inscrito en el corazón de todos los hombres; no obstante, el camino del hombre hacia la verdad entra en un callejón sin salida cuando se aparta de la fuente de la que emana. Es aquí, entonces, cuando el dinero, el trabajo o el coche se convierten en las realidades que confieren sentido a una existencia.

Cuando vivimos la vida sin más las realidades materiales se convierten en los fines que nos empujan a la acción pensando que es por ellas por las que vale la pena vivir. Sin embargo, lamentablemente no siempre acabamos descubriendo que esos no son los auténticos blancos sobre los que deben disponerse nuestras flechas. Para vencer al hastío existencial, al sinsentido, a la idea azarosa del cosmos no basta la simple acción y el mero movimiento sino que es necesario, justo y natural situarse, del mismo modo que el tren sobre los raíles, en el camino del bien, de la verdad y de la belleza. Pero para descubrirlos es de vital importancia percatarse de que el verdadero motor del mundo, que la verdadera realidad que redime no es el dinero sino el amor, la capacidad de la persona para donarse, para descubrir en el Otro ese Yo que habita en nosotros; ese otro Cristo hacia el cual apuntamos y que se forja en nosotros a medida que crece y aumenta nuestro amor.    

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